domingo, 24 de febrero de 2013

Recuerdos y costumbres

De politica y cosas peores

Día muy especial es el domingo. Algunos cristianos lo utilizan para pedirle a Dios que les ayude a ya no cometer los pecados que cometieron el sábado y que volverán a cometer el lunes. Antiguamente el domingo era llamado “el día del Señor”. Todos lo respetaban, con excepción de los golfistas. Ese respeto llegaba en ocasiones al extremo. En los últimos años del siglo diecinueve se le ocurrió al dueño de una fuente de sodas en Estados Unidos —la ciudad no ha sido bien determinada— poner sobre una porción de nieve de vainilla un poco de crema, mermelada de fresa y nuez molida, y coronarlo todo con una cereza. A tal ricura le dio el nombre de “Sunday”. Después, por presión de los ministros religiosos, que opinaron que tal nombre era una falta de respeto al día consagrado a Dios, le cambió una letra a la palabra, y así nació el famoso “sundae”. Nadie, ni en Estados Unidos ni en el resto del mundo, hacía sundaes tan espléndidos como los que en Saltillo preparaba la querida familia Nakasima en la nevería de su nombre. Esa delicia es uno de los mejores recuerdos de mi infancia. Me gustaría ser niño otra vez, primero para volver a ver a mis papás, y luego para volver a disfrutar un sundae de la Nevería Nakasima. Todo esto viene a colación porque los domingos no se deben profanar hablando de política. Narraré entonces algunos cuentecillos de humor lene, y luego me quedaré en casita, pues si todos los coches del mundo se pusieran en fila, uno tras otro, eso sería el tráfico de un domingo por la tarde…

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, llegó a su departamento después de medianoche. Ya en la cama se acercó a su esposa con intención erótica evidente. (El erotismo, dice Vargas Llosa, es el sexo desanimalizado). Le dijo la señora: “Hoy no. Me duele la cabeza”. “Qué raro —manifestó Afrodisio, pensativo—. Debe andar algún virus por aquí. Las vecinas del 12 y del 14 me acaban de decir exactamente lo mismo”…

A un argentino de Buenos Aires le aconsejó alguien: “Obedece siempre a tus superiores”. “¡Pero che pibe! —protestó el porteño—. ¿Dónde voy a encontrar uno?”…

Declaró Babalucas con tristeza: “Soy hijo póstumo”. Nací 10 años después de la muerte de papá”…

Doña Frigidia pidió en la farmacia una buena cantidad de vaselina. “La necesito para propósitos sexuales” —le informó al asombrado farmacéutico. “¿Para propósitos sexuales?” —repitió el hombre sin saber qué decir. “Sí —confirmó doña Frigidia—. Todas las noches unto con vaselina la perilla de la puerta de mi cuarto, y así mi marido no puede entrar a demandarme sexo”…

Don Languidio ordenó en la fonda un plato de menudo sonorense. Cuando se lo sirvieron hizo un movimiento brusco, y el plato entero le cayó en el regazo. “¡Qué bueno que te cayó ahí! —se alegró su esposa—. ¡Siempre he oído decir que el menudo de Sonora es capaz de resucitar a un muerto!”. (Evoquemos la cuarteta inicial del inmortal soneto que en homenaje de ese egregio condumio escribió don Francisco Bernal: 

“¡Oh menudo sabroso, te saludo / en esta alegre y refrescante aurora / en que reclamo alientos, pues es hora / en que tú estás cocido y yo estoy crudo!...”)…

El director del internado instruyó a los estudiantes de nuevo ingreso. Les dijo: “Se prohíbe a los alumnos varones entrar en el dormitorio de las chicas después de las 9 de la noche. El que sea sorprendido ahí después de esa hora será multado con 100 pesos la primera vez, 300 la segunda y 500 la tercera”. Se oyó la voz de un estudiante: “¿Cuánto por toda la temporada?”…

El padre Arsilio solía entrar rápidamente en la pequeña cantina del pueblo; pedía un tequila doble, se lo tomaba y luego se iba a su casa a comer. Cierto día llegó, como de costumbre, y se encontró con la novedad de que estaba ahí una mujer de amplísimos hemisferios posteriores. La guapa fémina pidió una cerveza, la bebió, pagó y se fue. Le preguntó el cantinero al padre Arsilio: “¿Qué le pareció esa muchachona, padre?”. “Ni siquiera la vi —declaró el amable sacerdote—. Jamás pongo mis ojos en cosas terrenales”. El tabernero, apenado, se disculpó, y luego le dijo: “¿Qué le voy a servir, señor cura?”. “Lo de siempre —respondió el padre Arsilio—. Un teculo doble”…

FIN.

Señora. Así se llama una canción. O varias.

Presente lo tengo Yo

Esta señora viene una vez por semana a visitar a su hijo. Los domingos llega siempre al colegio, al mediodía, y está con él toda la tarde. Lo lleva a la Alameda y le compra un rehilete y un manzaní. Después lo lleva de nueva cuenta al internado, y con un beso se despide de él.

Esta señora es elegante. Viene en carro de sitio. Las placas de ese automóvil son de Nuevo León. Viste con elegancia la señora, elegancia quizás un poco llamativa, al menos para los usos de Saltillo. Además es alta y rubia. Su peinado es de los que se llaman “permanente”. Parece artista. Le da un cierto aire a Emilia Guiú, la que salió con Pedro Infante en “Angelitos negros”.

Pero es muy reservada la señora, apenas cruza palabra con el Hermano que la recibe cuando llega y le entrega al niño. En el colegio hay internos y medios internos. Éstos nada más comen ahí; los otros también duermen. Les está terminantemente prohibido, bajo pena de pecado, decir cómo es su vida en el colegio. Los demás murmuramos. Alguien oyó decir que los internos se bañan con una especie de camisón que les llega hasta los pies.

También se dice que los internos rezan todas las noches un rosario, de rodillas, antes de ir a la cama. Quién sabe. Se ven tristes, eso sí. ¿Por qué? No lo podemos explicar. ¿Tristes, y todas las tardes, cuando nos hemos ido los externos, y los domingos además, tienen para ellos solos el gran patio de juegos, y los balones?

Algunos compañeros que viven por cerca del colegio han visto a la señora, y han visto también el automóvil en que llega. Es un De Soto azul. Un día yo también lo vi, por pura casualidad. Iba con mi mamá a visitar a la hermana de Héctor González Morales, una señorita que se llamaba Gudelia y vivía por la calle de Hidalgo al sur. Vi aquel enorme coche azul estacionado ante la puerta del colegio. En el preciso instante en que pasábamos salió mi compañero con la señora. Así supe que era su mamá. Al día siguiente revelé el dato, y eso me dio una popularidad que duró 5 minutos. ¿Acaso duran más las otras popularidades?

Pude ver bien a la señora. Recuerdo que me llamó mucho la atención una prenda de piel que le colgaba de los hombros. Hacía un poco de frío, y la señora lucía aquella piel que terminaba en una pequeña cabeza de animal, el hocico afilado, los ojillos negros de cuentas de cristal. Yo nunca había visto una prenda igual, pero mi mamá me dijo que las artistas usaban mucho tales prendas.

Demos ahora un salto en el tiempo. ¡Tantos saltos da el tiempo en nosotros! Ahora soy un jovenzuelo que va de ocultas a Monterrey y tiene amigos mayores que él. Estos amigos conocen ya las cosas de la vida. 

—Vamos allá —dicen un día.

Yo no sé dónde es “allá”, pero igual voy. Allá vamos todos. Estamos en la calzada Madero, y es de noche. Hay una puerta que tiene un foco rojo. Entramos por ahí a un salón oscuro. Hay mesas en donde beben hombres, algunos solos, otros acompañados por una mujer, solitarios todos. Algunas parejas bailan la torpe  música que sale de una murga. Junto a la puerta hay un mostrador. Aburrida ante una caja registradora, el rostro apoyado en una mano, perdida la mirada en el vacío, está la dueña del negocio, una mujer rubia, ya de años, que tiene una cierta semejanza con Emilia Guiú.

Historias de la creación del mundo

Aquella mañana el Creador estaba más atareado que de costumbre.
Parecía que iba a hacer su obra maestra.
Llegó el Espíritu y le preguntó:
—¿Qué haces?
Sin dejar de trabajar respondió el Padre:
—Estoy haciendo al salvador del mundo.
El Espíritu se sorprendió. Le dijo:
—¿Ya estás haciendo a tu Hijo?
Y contestó el Creador:
—No. Estoy haciendo al árbol.

¡Hasta mañana!...

Vuelve a subir el precio de los huevos

“… Vuelve a subir el precio de los huevos…”

Esa carestía es tanta
que toda la población
—lo digo sin intención—
ya los trae en la garganta.

sábado, 23 de febrero de 2013

Ahora sí hay Presidente

De politica y cosas peores

Esta columnejilla empieza hoy con un cuento subido de color. Las personas a quienes no les gusten los colores subidos deben omitir su lectura, y empezarla en la parte donde dice: “La buena noticia es que ahora sí hay Presidente. La mala noticia es que ahora sí hay Presidente”…

Un inglés, un irlandés y un escocés fueron a jugar golf con sus esposas. Los escoceses, ya se sabe, tienen fama de ser demasiadamente ahorrativos. Sucedió que una súbita ráfaga de viento le levantó la falda a la esposa del inglés, y se vio que la señora no traía nada abajo. “Es que no me das para que me compre ropa interior” –le explicó la mujer a su marido. El británico sacó la cartera y le dio dinero a su esposa para que la comprara. Sopló otra vez el viento, y le levantó el vestido a la irlandesa. También ella iba absolutamente ventilada en la región de la entrepierna. Le dijo lo mismo a su marido: no llevaba ropa íntima porque él no le daba con qué adquirirla. El irlandés se llevó la mano al bolsillo, sacó unos billetes y se los entregó a su cónyuge para que se comprara ropa y no fuera a sufrir algún accidente de hiperventilación. Una nueva ráfaga le alzó la falda a la esposa del escocés. “Begorrah! –exclamó el hombre-. ¿Por qué no traes calzones, woman?”. Respondió ella: “Porque tú no me das para comprarlos”. El escocés se llevó la mano al bolsillo y sacó un peine. Le dijo a su mujer: “Por lo menos ponte presentable”…

La buena noticia es que ahora sí hay Presidente. La mala noticia es que ahora sí hay Presidente. No incurrirá en falso testimonio quien diga que Felipe Calderón no gobernó. Si al paso de los años preguntara alguno: “¿Cuándo fue Presidente Calderón?”, la respuesta obligada sería: “Nunca”. En el curso del sexenio calderonista los gobernadores actuaron como se les pegó la gana. Se instauró un “feuderalismo” por el cual cada gobernador hizo de su estado un feudo o coto particular donde sólo su voluntad privaba. Calderón, encerrado en sí mismo y rodeado de incondicionales, dejó hacer y dejó pasar. El resultado fue un absoluto desmadre, si me es permitida esa ática expresión. Con el regreso del PRI ha vuelto el sistema presidencialista, y otra vez la autoridad se ejerce desde el centro. Ya se ha notado el ejercicio de ese control central. El último caso en que lo vimos fue con motivo del zipizape habido entre Beltrones y el guerrerense Aguirre. Fue suficiente una vaga alusión presidencial para que los dos belicosos personajes acallaran sus gritos pugnaces y se avinieran a la conciliación. Eso es bueno, pues en esta república de chómpiras es necesario que alguien ponga siquiera un viso de orden. El restablecimiento de ese control presidencialista, sin embargo, entraña el riesgo del autoritarismo si de él deriva el surgimiento de una sola voluntad omnímoda que todo lo determine y lo decida todo en el país. Eso no sólo sería retroceder: también sería volver hacia atrás…

En la antesala del laboratorio de exámenes clínicos el pequeño Juanilito lloraba desconsoladamente. Le preguntó Pepito: “¿Por qué lloras?”. Respondió Juanilito entre sus lágrimas: “Me hicieron un examen de sangre, y con una aguja me picaron el dedito”. Al oír eso Pepito rompió en gemidos desgarrados. Le preguntó, asustado, Juanilito: “¿Por qué lloras así?”. Y contestó Pepito sollozando: “¡A mí me van a hacer un examen de orina!”…

Aquella línea aérea se enorgullecía de la puntualidad de sus vuelos. Su lema era: “La Northern Arrow siempre sale a tiempo”. Cierto día un niñito que viajaba con su mamá le preguntó a la señora: “Mami: si los gatos tienen gatitos, y los perros tienen perritos ¿por qué los aviones no tienen avioncitos?”. La señora no supo qué contestar. El chamaquito repitió con tanta  insistencia la pregunta que hizo que la madre se desesperara y lo reprendiera levantando la voz. Acudió una de las azafatas a ver qué sucedía, y la señora le explicó: “Es que mi hijo me preguntó por qué, si los gatos tienen gatitos y los perros tienen perritos, los aviones no tienen avioncitos. No supe qué contestar. Insistió él, y me desesperé yo. ¿Acaso usted podría responder a esa pregunta?”. “Pienso que sí –replicó la muchacha-. En nuestro caso los aviones no tienen avioncitos porque la Northern Arrow siempre sale a tiempo”…  (No le entendí)…

FIN.

Escenas de baile

Presente lo tengo Yo

Es la noche del Sábado de Gloria. Esa noche hay baile en todos los ejidos, congregaciones y pequeños pueblos campesinos. ¿Dónde estamos? En cualquier parte del noreste de México. Puede ser en Coahuila; puede ser en Tamaulipas; puede ser en Nuevo León. El baile se lleva a cabo en un galpón, una como bodega grande que se usa para seleccionar manzanas. O naranjas. Toca un conjunto de acordeón, bajosexto y tololoche. Los músicos han tocado ya “La Cacahuata”, “El Circo” y “Evangelina”. Ahora interpreta “Los jacalitos”.

Un joven ranchero vestido con pantalón de mezclilla, camisa a cuadros, sombrero texano y botas vaqueras “nombra” a una muchacha del lugar. El ranchero es alto y es fornido. 

Cuando habla con sus amigos luce arrogante y decidido, pero ahora se nota tímido, y su voz casi es un murmullo cuando dice:

-¿Bailamos, señorita?

Ella levanta hacia él la mirada de sus grandes ojos cafés y responde:

-Ahorita no, gracias.

Pero él insiste:

-Aunque sea la del cumplimiento.

Ella se levanta a bailar. Es por cumplir, nada más, por no hacerle desaire a aquél que la ha invitado.

Termina la pieza y él la lleva a su lugar. Le da las gracias tocándose el ala del sombrero, pero antes de retirarse hace otra petición:

-¿Le parece si bailamos terciadas?

Le está pidiendo bailar con él una pieza sí y otra no. Eso sucede cuando los bailadores han estado a gusto con su pareja. Ella ha sentido el fuerte brazo del muchacho en su cintura, el cálido muro de su pecho y la ruda caricia de su mano, callosa mano de hombre trabajador. Responde entonces mirándolo con una nueva mirada:

-Bueno.

Ya no baila con nadie ninguno de los dos. Ambos esperan a que acabe la pieza de no bailar y llegue la de bailar. Y él la nombra de nuevo.

A la tercera él propone:

-¿Bailamos seguido?

Eso significa que ya bailarán todas las piezas el uno con el otro. Según las costumbres y usos lugareños eso es manifestación de un compromiso entre la pareja. Pero él no ha dicho nada. Y ella tampoco habla: cuando esperas no hablas. Entre una pieza y otra los dos quedan de frente, sin mirarse. Se acomoda él su paliacate, que trae en el cuello a modo de corbata; ella, con un pañuelito de encaje, diminuto, se enjuga las gotas de sudor en la frente. Ambos pierden la mirada en el vacío; parece que lo ven todo, pero no miran nada. 

Los ojos de uno quisieran posarse en los del otro, pero eso no se vería bien. Estamos en Coahuila -o en Nuevo León, o Tamaulipas- pero igual pasa por el aire la copla que recogió don Ricardo Palma en el Perú:

No me mires, que miran que nos miramos.
Miremos la manera de no mirarnos.
No nos miremos,
Y cuando no nos miren
nos miraremos.

Termina el baile. Son ya las dos de la mañana. Ha concluído la última pieza. Fue un chotis que se llama “Amor de Madre”. Lo pidieron las señoras de edad, ya como despedida. El ranchero conduce a la muchacha a su lugar. Ahí la esperan su madre, sus hermanas y amigas. Ella sonríe, pero se angustia en su interior: bailó toda la noche con aquel muchacho, y él no le dijo nada. ¿Cuáles serán sus intenciones? Sí no se le declara ella va a quedar mal ante el pueblo, y será objeto de irrisión. Ya llegan a donde están los otros. De pronto él la detiene por el brazo, la mira con mirada que es al mismo tiempo suplicante e imperiosa y le dice:

-¿Qué no comprende?

Ella comprende. ¿Qué mujer no comprende a su hombre? ¿Qué mujer no comprende la vida? Responde solamente:

-Sí.

Un año después se casan.

Fantasma

Este hombre no duerme nunca.

No puede dormir porque en la soledad de la noche un espectro se le aparece. El oscuro fantasma llega frente a él y lo mira; lo mira fijamente. Nada le dice. Lo ve en silencio con ojos de reproche.

El hombre se preguntaba quién era esa sombra que lo acusaba sin hablar. ¿Era acaso el espectro de su padre? Todo hombre lleva consigo, igual que Hamlet, el fantasma de su padre.

Cierta noche un vislumbre de luna atravesó el cristal de la ventana. El hombre pudo entonces mirar el rostro del espectro. Era él mismo. Él mismo era su fantasma.

No conozco el final de la historia. Quizá ni siquiera es historia. Quizá es solamente recuerdo.

¡Hasta mañana!...

El Chómpiras entregó las instalaciones del CCH

“… El Chómpiras entregó las instalaciones del Colegio de Ciencias y Humanidades. No habrá castigo para él…”


Se arregló el problema ya,
pero, con tal lenidad,
pronto, con seguridad,
otro Chómpiras vendrá.

viernes, 22 de febrero de 2013

100 años de la muerte de Madero

De politica y cosas peores

Pitorro fue en su juventud un tarambana. Todos los goces y deleites conoció, incluso algunos muy poco conocidos. Le llegó el momento, sin embargo, de sentar cabeza, para lo cual contrajo matrimonio. Un par de meses después de haber ingresado en ese claustro un amigo le preguntó cómo se sentía en su nuevo estado, después de su bien disfrutada soltería. “Estoy muy a gusto —declaró él—. Eso sí: continuamente debo recordarme a mí mismo algunas cosas, para no meter la pata”. “¿Cómo cuáles?” –quiso saber el amigo. “Bueno —explicó Pitorro—, cada vez que hago el amor con mi mujer, al final tengo que repetirme varias veces: ‘No le vayas a pagar. No le vayas a pagar’”…

Don Cornulio, cuya esposa era complaciente con todos, menos con él, despertó a su señora a medias de la noche. “¿Qué sucede?” –le preguntó ella, sobresaltada. Le dijo don Cornulio: “Voy a levantarme a hacer pipí”. La mujer se indignó: “¿Y para decirme eso me despiertas?”. “No —replicó mansamente don Cornulio—. Te despierto para que me cuides el lugar”…

El gato le dijo a la gatita: “Sería capaz de morir por ti”. “¿De veras? —ronroneó la gatita—. ¿Cuántas veces?”…

El jefe de personal le preguntó al aspirante a empleado de oficina: “¿Es usted productivo, joven?”. “Bastante, señor —aseguró el tipejo—. Tengo ocho hijos”. “Lo que le pregunto —aclaró el funcionario— es si es usted productivo en la oficina”. Contesta el otro: “Todos los hice en la oficina”…

Un sujeto visitó al doctor Pipino, reconocido urólogo. Le dijo: “Tengo un problema en mi ambulacro, doctor; quiero decir en mi parte de varón”. Pidió el facultativo: “Déjeme verla”. “Muy bien –respondió el hombre-. Pero una cosa tendrá que prometerme: no se reirá cuando la vea”. “Señor mío –se ofendió el doctor Pipino-. Soy un profesional de la ciencia médica, y tomo muy en serio mi labor. Cuando reviso a un paciente lo hago con tal seriedad que, comparado con el mío, el rostro de Buster Keaton es la máscara viva de la hilaridad. Permítame entonces examinar la dicha parte”. El tipo puso al descubierto su atributo varonil. Al verlo el doctor Pipino soltó una estentórea carcajada, y estuvo a punto de venir al suelo por causa de la risa. “¿Lo ve? –le dijo el hombre con dolorido sentimiento-. Le dije que se iba a reír”. “Perdóneme, amigo –se disculpó el galeno, apenado-. Lo que sucede es que en todos mis años de ejercicio no había visto a un hombre con un atributo tan ridículamente pequeño. ¡Es milimétrico, diminuto, mínimo! ¡Casi no se puede ver! Pero en fin, dígame qué problema tiene en esa parte”. Contesta el individuo: “La traigo muy inflamada”…

Durante muchos años —siete décadas— la noble figura de don Francisco I. Madero constituyó un molesto recuerdo para la clase gobernante. La democracia fue el ideal por el que dio su vida el coahuilense, y la creación de un partido oficial al término de las luchas llamadas revolucionarias instauró una era en la cual el sufragio efectivo no existió, y todas las prácticas democráticas fueron anuladas. El aniversario del sacrificio del Apóstol ha de ser ocasión para considerar si la democracia está ya asentada entre nosotros, o si, conculcada ayer por un solo partido, es hoy objeto de conculcación por varios. Igualmente debemos reconocer que la pobreza y la falta de educación del pueblo son males que permiten a los grandes poderes fácticos de la nación –los del dinero; los de la comunicación- influir decisivamente sobre los procesos de elección, en tal manera que si en tiempos de la dominación del PRI se nos decía que vivíamos en una “democracia sui géneris”, ahora nuestro ejercicio democráticos es aún más sui géneris. Desde luego no existe una democracia químicamente pura. Ni los griegos, sus inventores, la tuvieron. Sucede, sin embargo, que la democracia es ejercicio de ciudadanos libres, y la pobreza y la ignorancia impiden el goce pleno de la libertad. La democracia, entonces, en vez de ser ejercida por todos es administrada por algunos. A 100 años de la muerte de Madero no podemos decir que su ideal está cumplido. Tampoco están cumplidas las aspiraciones de justicia social que alentaron el movimiento revolucionario. Así las cosas, ese aniversario debe ser ante todo un remordimiento de conciencia…

FIN

Profetas y proxenetas (II)

Presente lo tengo Yo

Aquí se habla de hombres y de nombres

¿Qué grave asunto tratan Maximiliano de Habsburgo, futuro Emperador de México, y don Jesús Terán, ilustre mexicano nacido en Aguascalientes, abogado y liberal? Dejemos que nos lo cuente, en verso, don Juan de Dios Peza, que conoció de labios de sus contemporáneos la historia de esta insólita entrevista. Habla don Jesús Terán:

“... No aceptéis, señor, un trono
que tiene cimientos falsos,
ni os ciñáis una corona
que Napoleón ha labrado.
No quiere México reyes,
el pueblo es republicano
y si llegáis a mi patria
y os riegan palmas y lauros,
sabed que tras esas pompas
y esos mentidos halagos,
pueden estar escondidos
el deshonor y el cadalso”.

Oyendo aquestas palabras
dichas por aquel anciano,
a tiempo que por los aires
cruzó veloz un relámpago
tiñendo en color de sangre
la inmensidad del espacio,
sin dar respuesta ninguna
quedóse Maximiliano
rígido, lívido, mudo,
como una estatua de mármol.

Corrió inexorable el tiempo,
huyeron breves los años
y en una noche de junio,
triste, solo, ensimismado,
en vísperas de la muerte
el Archiduque germano,
en su celda de Querétaro
y en sus desgracias pensando,
así dijo conmovido
a uno de los abogados
que fueron a despedirse
en momentos tan aciagos:

 “Todo lo que hoy me sucede
a tiempo me lo anunciaron.

Un profeta he conocido
que sin doblez, sin engaño,
me auguró que en esta tierra
a donde vine cegado,
el pueblo no quiere reyes
ni gobernantes extraños,
y que si lauros y palmas
se me regaban al paso,
tras ellas encontraría
el deshonor y el cadalso”.

 “¿Quién ha sido ese profeta”
-al príncipe preguntaron-.
 “Era un ministro de Juárez,
sincero, patriota, honrado:
don JESÚS TERÁN que ha muerto
en su hacienda hará dos años.

¡Ah! ¡Si yo le hubiera oído!
¡Si yo le hubiera hecho caso!

Hoy estuviera en mi alcázar
con los seres más amados,
y no contara las horas
para subir al cadalso”.

Ahora bien: ¿por qué puse a este relato el extraño título de “Profetas y proxenetas”?

Porque en Saltillo el barrio pecaminoso, zona roja —rojísima— de mujeres de la vida, chulos y proxenetas, estuvo durante muchos años en las calles de Terán, bautizadas así en honor de don Jesús. He aquí como este gran profeta tuvo entre nosotros la desdicha de dar su nombre a cosas innombrables.