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domingo, 20 de enero de 2013

Casos y cosas naturales

De politica y cosas peores
 
La noche de bodas iba a comenzar. De repente la anhelosa novia estornudó. Su maridito le dijo: “¡Salud!”. “Oye —se molestó ella—, ¿venimos a platicar o a hacer lo otro?”…
 
En Estados Unidos los investigadores hablan de una enfermedad que paraliza a muchas mujeres de la cintura para abajo. Se llama “matrimonio”…
 
Meñico Maldotado, infeliz joven a quien la naturaleza regateó sus dones en la parte varonil, fue con Pirulina, damisela con mucha ciencia de la vida, a un discreto motelito. Maldotado se mostró al natural ante su sabidora compañera. Ella le vio la correspondiente parte y luego dijo: “¡Mira qué linda! ¿Qué quiere ser cuando crezca?”…
 
Casha Lotta, actriz de teatro entrada en años, estaba algo pasada de peso, por no decir que era muy gorda. A pesar de su edad y sus arrobas seguía haciendo papeles de dama joven, entre ellos el de Margarita Gautier, la pálida heroína de Dumas. En cierta ocasión la compañía donde actuaba Casha representó “La dama de las camelias” en un villorrio del norte. Llegó la escena en que el enamorado Armando Duval, llamado con urgencia por su padre, debía ir a su pueblo. Le dice con desolado acento a Margarita: “¿Cómo puedo llevarte conmigo, amada mía?”. Se escuchó el grito de un pelado: “¡En dos viajes, cuñao!”…
 
El pirata Hook —ese que en el brazo derecho lleva un gancho en vez de mano— se hallaba en una playa de moda tomando el sol con su mujer. Frente a ellos pasó una estupenda rubia cubierta sólo por brevísimo bikini, y en cuyo cuerpo escultural se veía profusión de esparadrapos, vendoletas y curitas. La fiera esposa de Hook clavó en él una mirada inquisitiva. Y balbuce, temeroso, el pirata del gancho: “¡Te juro que ni siquiera la conozco!”…
 
Doña Macalota tomaba lecciones de canto. Iba a ofrecer su primer recital, y para eso ensayó algunas canciones , entre ellas “Ciribiribin”, “After the ball”, y aquella que dice: “Alas tener quisiera, / como las mariposas, / y volar de flor en flor, / embriagándome de amor…”. Había un problema, sin embargo: tan pronto ella empezaba sus gorjeos —especialmente en “Ciribiribin”— el perro de la casa rompía a aullar desgarradoramente. Don Chinguetas, el marido de doña Macalota, le dijo con impaciencia a su mujer: “¿Qué no sabes algunas canciones que el perro no se sepa?”…
 
La parejita llegó a registrarse en el hotel. El encargado le preguntó al muchacho: “¿Cuál va a ser su forma de pago?”. “Ninguna —responde él—. Estamos casados”…
 
Solicia Sinpitier, madura señorita soltera, vio en el escaparate de la tienda un letrero que decía: “¡Hoy! ¡Gran venta de empleados!”. Entró apresuradamente y le dijo con ansiedad a la chica que la atendió: “¡Quiero aquel morenito de bigote!”…
 
La esposa de Babalucas se sorprendió al verlo vistiendo una capa de Superman y otra de Batman, y con un bote de pintura y una brocha. Le explica el tonto roque: “Las instrucciones dicen que con dos capas se obtienen mejores resultados”…
 
Pocos días después de Navidad los papás de Pepito lo llevaron a la iglesia. El chiquillo vio una imagen del Cristo de la Misericordia y preguntó: “¿Quién es?”. Le respondió su papi: “Es Jesús”. “¡No manches! —replicó Pepito—. ¿Tan rápido creció?”…
 
Un mono de nieve le dijo a otro: “¿No percibes un olor así como a zanahoria?”…
 
Uglicia, mujer poco agraciada, viajaba en tren, y le tocó dormir en la litera de arriba. En la de abajo iba un hombre que roncaba sonoramente, tanto que Uglicia no podía conciliar el sueño. Desesperada, le habló al hombre para despertarlo: “Señor… Señor…”. “Ni lo pienses —le dijo el incivil sujeto—. Te vi cuando subimos al tren”…
 
Una ratoncita iba con su ratoncito, y vieron venir un gato blanco. “Vámonos —le dijo con prontitud la ratoncita al ratoncito—. También éstos son de mala suerte”…
 
La esposa de Avaricio Cenaoscuras, hombre ruin y cicatero, logró hacerse de un billete de 500 pesos. Temerosa de que su marido se lo encontrara tuvo la ocurrencia de ponerse el billete en la entrepierna. Le aconteció un accidente desgraciado, sin embargo: ya no se lo pudo sacar de ahí. Llena de alarma le contó a su marido lo que le había pasado, y le pidió que la llevara a una clínica. Al día siguiente Cenaoscuras fue a preguntar por su mujer. La enfermera encargada le preguntó a su vez: “¿Su esposa es la señora a la que se le fue por ahí un billete de 500 pesos?”. “Así es” —respondió don Avaricio. Le informa la enfermera: “No ha tenido ningún cambio”…
 
FIN.

sábado, 19 de enero de 2013

Contra los desastres, risa

Entrevista realizada a Catón por Ariel Ruiz Mondragón el 19 de Septiembre de 2011.

Un bálsamo para el duro trajín cotidiano, que suele rebosar de problemas, malas noticias y complicaciones de todo tipo, lo es el humor, el que muchas veces se obtiene a través de breves y jocosas historias que mueven a risa hasta desternillarnos.A éstas generalmente las llamamos chistes.
 
Quien más ha practicado en la prensa mexicana el humor en forma de chistes escritos es Armando Fuentes Aguirre (Saltillo, Coahuila, 1938), mejor conocido como Catón, quien lleva cerca de 35 años publicando diariamente y sin descanso su columna “De política y cosas peores”, en la que mezcla sus cuentos y comentarios políticos. Su espacio, difundido por el periódico Reforma y por más de 100 medios de la República, es de los más leídos del país.


Recientemente, Catón reunió parte de su trabajo en el libro Los mil mejores chistes que conozco (y otros cien más buenos aún). De Amantes a Mujeres (y sexo, sexo, sexo) (México, Diana, 2011), a propósito del cual charlamos con el autor acerca del humor, su significado, la creación de chistes, los tabúes, los héroes, políticos y literatos, así como de la ampliación de las libertades humorísticas en las décadas recientes.
 
Fuentes Aguirre es abogado por la Universidad Autónoma de Coahuila, así como maestro en Letras Españolas y Pedagogía por la Escuela Normal Superior de Coahuila.
 
Desde 1978 es cronista de Saltillo, y en 2003 recibió el doctorado Honoris causa de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Es autor de al menos una docena de libros.
 
¿Por qué publicar un libro como el suyo en esta época de violencia, de crisis?
Al principio de su trabajo dice que usted aspira a poner amor y humor en el prójimo, e incluso hay algunos chistes sobre la crisis.
Precisamente, porque estamos en este momento crítico; ésa sería la mejor razón, el mejor motivo para publicar un libro de humor. Cuando más sombrío es el tiempo, más necesidad tenemos de ese don precioso que es la risa. Y los mexicanos sabemos conjurar los malos tiempos con esa magia, que es la de reír. Ante una tragedia, los argentinos hacen un tango y nosotros los mexicanos hacemos un chiste, sea un ciclón, una inundación, un terremoto o un mal presidente. Todos esos desastres los conjuramos con la risa, que es una flor de inteligencia. Saber reír es mostrar inteligencia, y saber reír de uno mismo es demostrar más inteligencia aún.
 
¿Cuándo comenzó a manejar el humor en su columna “De política y cosas peores”?
Esta columna de humor data de 1975, más o menos. Ya hacía una década que yo escribía y publicaba la columna que acompaña a ésta y que se llama “Mirador”, que es de reflexión sobre temas del mundo y de la vida. Esa columna tenía mucho éxito.
 
Pero hice un diagnóstico y me di cuenta de que había vastos sectores de público que no me leían, a saber, las mujeres y los jóvenes. A ese conglomerado –al que los políticos han dado el nombre de “pueblo”, una palabra de la que se ha abusado tanto, y que yo prefiero llamar “gente”, la común, la que es como nosotros– sentí que yo le fallaba como comunicador, porque mi público era de adultos, masculino y con una educación, vamos a decir, de preparatoria hacia arriba, si es que cabe esa denominación en los temas de la cultura.
 
Entonces, me propuse un ejercicio de pensamiento: ¿qué es lo que puede agradar a todos? Y creo haber dado en el clavo: lo que nos gusta a todos es reír. Y empecé a publicar esta columna, que desde el mismísimo primer día de su aparición, tuvo éxito. Ahora me dicen que, de acuerdo con encuestas, es la columna más leída del país. No quiero alardear de eso, porque leo a muchos colegas cuyas columnas pienso que deberían ser más leídas que la mía.
 
Eso me demostró que el mejor vehículo para comunicarnos con nuestro prójimo es la sonrisa y ésta se obtiene a través del humor.
 
Mantener durante 36 años una columna con un sentido humorístico es una hazaña.
 
¿Cuáles son sus fuentes? ¿Cómo logra crear y recrear tantos chistes?
Entre mis fuentes principales está Fuentes, es decir, yo mismo. Muchos de los cuentos que narro son de creación propia, porque no hay libros sobre esto, y es imposible derivar de una conversación tantos cuentos como los que yo utilizo. Mi columna aparece 365 días al año, con una sola excepción: cuando es año bisiesto, cuando entonces sale 366 días; aparece los siete días de la semana, y también los martes.
 
Sería imposible que me contaran tantos cuentos o que los hallara en alguna fuente. Suelo narrar cinco o seis chistes diarios, a veces hasta una docena, por ejemplo, los domingos, que por ser día del Señor y por respetarlo no hablo de política; ese día son puros cuentos. Muchos de ellos de creación propia, aunque reconozco que los mejores son los que me cuentan.
 
Algo que me llamó la atención de su libro es que hay referencias a figuras del espectáculo, de la religión y de la vida cotidiana, y hay muy pocas al personaje del político. ¿A qué se debe?
 
No se pueden usar personas concretas, porque entonces el chiste se expone a perder actualidad. Por ejemplo, si ahora contamos un cuento sobre algún político de los años 70 u 80 no tendría ningún interés ni vigencia. Si el humor tiene alguna característica es su intemporalidad; el valor de un cuento es que pueda relatarse lo mismo hoy que dentro de diez, 20 o 30 años.
 
Voy a contar aquí rápidamente un cuento: la partera llamada a atender a una mujer que está dando a luz se sorprende al verla acostada en el suelo, sufriendo allí las penalidades del parto, y le pregunta: “¿Por qué estás en el suelo? ¿Por qué no estás en la cama?”. Y la adolorida parturienta, que sufre, gime y llora el parto, le dice: “No voy a la cama porque no quiero volver al mismo sitio donde mis males comenzaron”. Ese cuento tiene 2 mil 500 años; es, quizá, uno de los primeros cuentos picantes que se narraron, y viene de Grecia. Pero es un cuento actual, puede contarse ahora y hace reír. Si se usan personajes así de nuestro tiempo, el chiste será pronto obsoleto.
 
En algunos chistes aparecen santos, hasta Tomás Moro. ¿Usted tiene muchas referencias clásicas de chistes? También de alguna manera recordé El nombre de la rosa, en el que se busca el libro de Aristóteles sobre la comedia.
Claro, hay muchas referencias allí al humor, precisamente porque el libro habla de la maldad del hombre que no se abre al amor ni a la risa. A veces de la lectura de los libros llamados sagrados se obtienen conclusiones erróneas; por ejemplo, se dice que en ninguna parte de los Evangelios se deriva que Cristo haya reído alguna vez: sí se dice que lloró, pero nunca que rió. Es imposible pensar que alguien como él, que era todo amor, no haya reído. Yo lo imagino contando cuentos con los apóstoles –seguramente, el que contaba los mejores era san Pedro, porque era el más pícaro, el más humano; los de san Juan deben haber sido algo aburridos, pero los de Nuestro Señor también deben haber sido muy buenos, porque es imposible pensar que en todos esos años de su vida no haya sonreído, no haya reído. El nombre de la rosa se basa, precisamente, en ese concepto equivocado; allí se dice que la risa es algo malo, peligroso, y es el error más funesto que se puede cometer: lo más peligroso es precisamente no reír.
 
En el libro hay chistes históricos sobre personajes como Cristóbal Colón o Eric el Rojo. Los héroes que generalmente nos pintan son de rostro duro, como Benito Juárez, al que usted ha estudiado. Pero hay algunos de los que se dice que eran muy buenos para el chiste, como Álvaro Obregón.
Claro que sí, de un ingenio extraordinario; él (Obregón) tenía entre sus amigos o ayudantes a un gran escritor michoacano, el poeta José Rubén Romero, autor de La vida inútil de Pito Pérez, uno de los mejores libros mexicanos y de los más leídos. A Romero alguna vez le dio por cultivar el bello género poético que José Juan Tablada cultivó también, que es el haikú, que decía en unas cuantas líneas un concepto de belleza. Romero escribió uno muy lindo que dice: “Buscando huevos en el gallinero un día/ me topé con los senos de mi prima”. Y Obregón decía: “Romero tiene libros muy buenos, pero lo mejor de él son los senos de su prima”.
 
Pero es uno de los pocos políticos de quienes se sabe que han cultivado el humor; a todos les da por la solemnidad, que es una de las mayores idioteces en que puede incurrir un ser humano: no saber reír, y sobre todo, no saber reír de sí mismo.
 
Entonces, por eso se nos presentan esos héroes hieráticos, con perfiles de estatua, inconmovibles, a la manera, precisamente, del Benemérito de las Américas y de algunos de nuestros presidentes, que pensaban que sonreír era degradar su investidura, y entonces tenían la seriedad de un monolito.
 
¿Y usted cómo ve, a grandes rasgos, el humor entre los literatos mexicanos? Ya que mencionaba a Romero, me hizo recordar el poema de Juan de Dios Peza “Reír llorando”, sobre el actor Garrick.
En el caso de Peza, pienso que el humor gravitaba en él, porque cargaba un peso muy grande, que además era bien sabido: el de la infidelidad de su mujer. Y entonces a él le dio un poco más por la vena trágica, por el reír llorando, por ese tipo de cosas. Pero hay mil escritores que han cultivado muy bien la vena del humor, de la ironía...
 
A alguien que me hace recordar es a Efraín Huerta con sus poemínimos; pero, ¿quiénes son sus favoritos?
Renato Leduc, un espléndido humorista, con una gran finura y con una gracia para decir las cosas; el mismísimo don Alfonso Reyes, quien, con toda su erudición a cuestas, era capaz del humor: tiene sonetos deliciosos que hacen sonreír porque llevan esa levísima carga que es el humor.
 
Uno más venenoso: Salvador Novo.
Bueno, en Novo se daba el humor mordaz; esto quiere decir, “el humor que muerde”, y ése es otro tipo de humor, que cae muchas veces en el sarcasmo, en la sátira. Mi tipo de humor, sin desdeñar a ése por temible, es el que no hiere, que no lastima, que no agrede, sino el que une. Casi todo el humor de Novo era controversial, polémico, de agresión a veces motivada por la defensa; él tenía que defenderse y entonces lastimaba, como en sus terribles sonetos dedicados a Diego Rivera, o como en sus epigramas, capaces de destruir de por vida el prestigio y el buen nombre de una persona. Pero ese humor corrosivo, vitriólico, mordiente, que es el de Novo, no figura entre mis preferidos.
 
¿Cómo hizo la selección de chistes que aparecen en este libro? No sé cuántos tendrá usted en su colección, pero ¿cómo escogió estos cuentos?
Los hice, en parte, con un criterio liberador; por eso en la portada dice “De amantes a mujeres (y sexo, sexo, sexo)”. ¿Por qué? Porque en un país como el nuestro, de raíces religiosas muy profundas, el sexo ha sido visto tradicionalmente con recelo, con sospecha, como algo tabú, de lo que no se puede hablar, cuando la sexualidad es un don divino: gracias a la sexualidad es que perpetuamos nuestra especie.
 
El sexo es algo puesto en nosotros, para el creyente, por la divinidad, y cubrirlo de telarañas atenta contra ese regalo. La mejor manera de quitar las telarañas a algo es a través de la risa. La política se desolemniza con la risa, y la mejor manera de quitarle lo hierático a un político es hacer un chiste acerca de él: lo desarma, no tiene nada que oponer a él, porque el chiste es inteligencia, y para contestarlo, se necesita también de ésta. Los chistes son “picositos”, llevan esa sazón, pero llevan también una intención liberadora.
 
Vamos a hablar del sexo como algo natural, porque lo es; no es que inventemos, va en nosotros, es un apetito natural, está en nuestro cuerpo, sea cual sea la forma que escojamos de ejercerlo. Para hacer frente a esos tabúes, a esas prohibiciones, a esos recelos, que muchas veces por desgracia tienen una raíz religiosa, por eso van allí esos chistes.
 
Como usted dice, el sexo ha sido considerado tabú, aunque creo que ahora mucho menos que cuando usted inició su columna. En este sentido, ¿usted ha tenido problemas con sus chistes con grupos moralistas, conservadores, o con grupos políticamente correctos? Por ejemplo, muchos son chistes sobre sexo, pero tratan acerca de circunstancias de infidelidad y hay referencias a la religión, y por el otro, hay uno sobre caníbales y derechos humanos.
Antes sí, ahora ya no. Por eso inventé esos personajes que se oponen a que salga tal o cual cuento; por ejemplo, doña Tebaida Trigua, que es presidenta interina ad vitam de la Pía Sociedad de Sociedades Pías, y que cae desvanecida al leer algunos de los chistes; o el reverendo Rocko Fages, que es el pastor de la Iglesia de la Tercera Venida, y que también protesta por estos cuentos. Allí hay dos extremos: uno, el de la prohibición católica, y el otro es la prohibición protestante, calvinista, etcétera, ambos unidos por el mismo recelo hacia la sexualidad.
 
Cuando esta columna comenzó a aparecer en Hermosillo (cito concretamente la ciudad), un comité de damas se propuso levantar firmas para pedir a los editores del periódico que no la publicaran. Se les ocurrió pedir la firma del señor Obispo, porque pensaban que si él encabezaba la lista pues todos los demás firmarían, porque el prelado tenía una gran influencia moral en su comunidad. Fueron, le pidieron su firma, y el obispo –que era don Carlos Quintero Arce– les dijo: “Si yo firmara esa petición sería un gran hipócrita, porque esa es la primera columna que yo leo todos los días”. Y les hizo ver la función liberadora y la alegría del humor, y que muchas veces las telarañas no están en el cuento, sino en quien lo lee, a la manera de aquella señorita madura que llamó a la policía para quejarse de que unos estudiantes tomaban desnudos el sol en el jardín al otro lado de su casa; llegó la policía y le dijo: “Oiga, pero desde aquí no se ve el jardín de sus vecinos”; “¿Qué no?”, dice la señorita, “Mire, ponga esta mesa arriba el buró y luego una silla; súbase y verá si no se ve el jardín”.
 
Entonces, muchas veces el morbo –“morbo” quiere decir enfermedad– está no en quien cuenta sino en quien oye o lee.
 
Otro asunto que atrae de sus chistes son los nombres que usted ha creado: Nalgarina Grandchichier, Bustolina Grandnalguier, Himenea Camafría, Astatrasio Garrajarra, etcétera. ¿Cómo los ha ideado?
Al principio yo usaba nombres raros pero existentes, y nunca faltaba alguien que protestara por el uso de ese apelativo. Una vez hice un cuento de un tipo que le pregunta a otro: “Oye ¿y fulanita de tal realmente es tan ligera como dicen?”, y contesta el tipo: “Mira cómo será de ligera. ¿Cuántos tipos conoces tú que se llamen Homobono?”. Dice el otro: “Ah, caray, pues creo que alguna vez oí hablar de alguien que se llamaba así”; “Bueno, pues ella ya lleva tres Homobonos”. Pues si ya llevaba tres Homobonos, ¿cuántos Pedros, Juanes y Antonios llevaría?
 
Bueno, pues recibí tres mensajes, dos de hombres que se llamaban Homobono, y otro que decía que su padre se había llamado así, y protestaban por el uso de este nombre.
 
Usaba también Belarmino, que es un nombre raro pero existente. Y una sobrina mía, que vive en Torreón, donde fui a dar una conferencia, estaba entre el público y al final me fue a saludar. Y me dijo: “Tío, yo vine por tres razones: la primera, pues para saludarte y tener el gusto de verte; luego, pues para oír tu conferencia, y luego para pedirte un favor”; “Sí, hijita, cómo no, dime”. “No uses en tus chistes el nombre de Belarmino; así se llama mi marido, y en la oficina se lo acaban con bromas y todo eso”.
 
Eso me llevó a pensar en no usar nombres reales para no lastimar a nadie, porque uno de mis propósitos como escritor es no herir, no lastimar, no hacer daño a nadie; opté por inventar mis propios nombres, y esa acción de bien –si es que así se le puede decir– resultó fructífera, porque ahora la gente se ríe más de los nombres que del mismo cuento.
 
¿Qué otras características tiene su humor? Usted, por ejemplo, maneja un estilo elegante y culto, con referencias clásicas e históricas.
Es que escribir un chiste es considerablemente más difícil que decirlo. Al decir un cuento, quien lo hace se apoya en muchos elementos: en el matiz de la voz, el ademán, la expresión del rostro, todo eso ayuda. Escribirlo es muy difícil, porque puede caerse en el simplismo, y entonces hay que vestir el cuento; a mí me gusta adornarlo con una serie de referencias a veces ocultas que sólo un lector perceptivo puede descubrir. Aunque, la verdad, es que procuro escribir para que todo mundo pueda recibir el cuento y disfrutarlo, y de allí deriva ese ropaje que creo que enriquece y embellece el cuento. Me gustó la expresión que usó de que lo hace elegante. El humor, que es gracia, tiene que presentarse con gracia.
 
Uno de los chistes menciona justamente a Catón: ocurre un asalto, y en el recuento de de las cosas que le robaron a una víctima, dice: “Entregó una columna de Catón, que siempre llevaba consigo con una mica para que le sirviera de orientación en la existencia diaria”. Por los mensajes que usted recibe, ¿cómo ha incidido Catón con su humor en la vida diaria de sus lectores?
Yo pienso que ha tenido un efecto positivo, porque muchos me ven un poco como parte de su vida. Recibo decenas y decenas de correos diariamente, y se pueden encontrar de todo tipo; por ejemplo, personas que me hacen preguntas sobre tal o cual duda que tienen. Aquí tengo uno que dice que cuál es la forma que tengo para escribir mis cuentos, y mire la primera frase que me dice: “Un santo laico”. Me apena ver mensajes como éste, porque quizá los lectores esperan de mí más de lo que les puedo dar. Esto es algo hermoso, pero también es algo que compromete y que preocupa. Pero procuro siempre dar lo mejor.
 
Yo quiero mucho a la gente. Una de las cosas que más me gustó de este libro es lo que dice aquí y que pusieron mis editores: “El columnista más leído y querido de México”. Yo quiero corresponder a ese afecto de la gente y entregarle cada día un motivo para disipar justamente lo que usted mencionaba al principio: vivimos tiempos muy sombríos.
 
Yo tengo 73 años y no recuerdo haber vivido antes esta preocupación, esta inquietud que nos hace salir de nuestra casa con zozobra, con preocupación. Ustedes aquí, en el Distrito Federal, no lo sienten tanto porque, paradójicamente, la ciudad que los provincianos considerábamos más peligrosa y más insegura, es ahora la más segura y menos peligrosa del país. Ustedes viven sin esa preocupación que a nosotros nos da por salir a la calle o a la carretera, con miedo de posiblemente no regresar, porque a la mejor nos toca la desgracia de estar en el lugar equivocado a la hora equivocada, en que hay una balacera y una bala perdida nos puede dar en la cabeza, como le ha pasado a tanta pobre gente.
 
Entonces, muchos me agradecen el hecho de que en la mañana ya recibieron un poquito de humor, de alegría, de sonrisa que quizá les haga más llevadera la jornada, que les permitirá comunicarse con otros contándoles lo que leyeron.
 
Es un quehacer bonito del que no me canso de dar gracias a Dios –porque yo soy creyente. Esto que voy a decir ojalá no sea publicado, o si es publicado ojalá mis editores no lo lean: aunque no me pagaran yo seguiría escribiendo, porque yo escribo no para, sino escribo por; como dice la gente, “porque me nace”. Eso es algo muy bonito; cuando uno dice “porque me nace” es porque estoy respondiendo a un llamado, a una vocación. El hecho de hacer esto, y que encima de todo me paguen por hacerlo, es un milagro.
 
Yo de niño y de joven era un lector voraz, pero jamás llegué a pensar que alguna vez viviría de escribir; no hago otra cosa. Ya no doy clases, aunque, claro, doy conferencias, pero hacerlo es escribir hablando. Escribo libros de historia, de reflexión, de cuentos, y entonces vivo de escribir, lo que en México es una hazaña. Pienso que no somos muchos los que vivimos exclusivamente de esto; hay quienes escriben y dan clases, tienen una agencia de publicidad, un puesto público, son abogados, etcétera. Yo escribo y escribo.
 
Lleva más de un tercio de siglo escribiendo una columna de humor. ¿Cómo ha cambiado el humor en ese periodo?
El campo se ha abierto considerablemente. Antes era peligroso hacer un chiste sobre el Presidente. Recuerdo que una vez me entrevistaron en una estación de Estados Unidos, porque yo estaba estudiando allá. En ese tiempo, el Presidente de la República era Gustavo Díaz Ordaz, y en el panel de discusión alguien, un norteamericano, habló de que en México no había libertad de expresión. Y dijo: “Por ejemplo, aquí, en Estados Unidos, yo puedo decir que el Presidente Johnson es un idiota, y no me va a pasar absolutamente nada”. Yo dije: “Bueno, en ese caso también en México hay libertad de expresión: yo también en México puedo decir que el Presidente Johnson es un idiota y no me va a pasar absolutamente nada”.
 
Con eso yo quería decir que no podía decir algo así del Presidente mexicano, porque entonces sí me pasaba algo.
 
Ahora, el Presidente, pues, es objeto de toda suerte de expresiones; si bien la va, una expresión va a ser humorística, pero si le va como siempre le va, será una crítica feroz, a veces insultos, cosa que no debe ser. A veces se pasa un límite, que el propio escritor se debe fijar: no incurrir en calumnia, en difamación, en injuria, etcétera.
 
En ese sentido, el campo se ha abierto, aunque yo no digo que demasiado. Es preferible tolerar un poco los excesos antes que pensar en poner cualquier límite a la capacidad que tiene el ciudadano de decir.
 
En la cuestión sexual, igual. Me resulta imposible pensar que hace diez años yo no podía usar en mis columnas la palabra “condón”, ni siquiera poner “preservativo”. Y no digamos ésas que se llaman “malas palabras”, que son a veces las mejores. Ahora yo las busco, e incluso los periódicos más conservadores respetan el uso de esas palabras, porque saben que son necesarias, y que si se quitan o se cambian, pierde sentido y gracia el texto.
 
Se ha abierto el campo, somos más libres, y la prueba es que podemos reír más y mejor. La risa es una demostración de libertad; los esclavos son, generalmente, tristes; el hombre libre es alegre o debe serlo.

Separación, pero nunca el divorcio

De politica y cosas peores
 
Gente muy laboriosa es la de Las Labores, la antigua Capellanía que hoy se llama Ciudad Ramos Arizpe, en mi natal Coahuila. Quienes viven ahí, ellos y ellas, son de carácter recio.

Se cuenta una sabrosa anécdota del señor cura Morales, quien fue párroco en el templo de San Nicolás de Tolentino, patrono del lugar. En cierta ocasión unos casados mal avenidos acudieron a él para pedirle que los divorciara. “Claro que sí —contestó al punto el sacerdote—. Lo haré con mucho gusto”. “Perdone, padre —vaciló la mujer—. Yo había oído decir que la Iglesia no permite la disolución del vínculo matrimonial”. Respondió el cura: “En ciertas ocasiones es posible que se produzca esa disolución. ¿La desean ustedes?”. “Sí” –respondieron al unísono los dos. “Espérenme entonces un momento” –les pidió el Padre Morales. Salió de la sacristía y volvió al punto. Venía armado con un tremendo garrote que esgrimió ante ellos como amenaza contundente. Les preguntó: “¿A cuál de los dos me echo?”. “Oiga, Padre…” –se asustaron ambos. Sin dejar de blandir su terrible arma les explicó el cura: “Ustedes me están pidiendo que los divorcie. Y como la única causa de disolución del matrimonio que admite la Santa Madre Iglesia es la muerte de uno de los esposos, díganme a cuál de los dos mato”…

Entiendo que ante un matrimonio válido la Iglesia acepta en ciertos casos la separación de los esposos, pero nunca el divorcio. Lo mismo debería suceder en el caso de los poderes de la Unión. Entre ellos necesariamente ha de haber separación, por el sistema de frenos y contrapesos que rige en el Estado moderno, pero no puede haber divorcio, pues la colaboración de cada uno con los otros dos es indispensable para la buena marcha de los asuntos públicos. En estos últimos años se creó una viciosa situación que enfrentó hasta el punto del total rompimiento al poder Legislativo con el Ejecutivo. Las relaciones entre ellos eran tan ríspidas que habrían sido risibles de no resultar tan nocivas a la Nación. Recordemos la forma en que Calderón rindió la protesta Presidencial, o la apresurada entrega que en medio de sobresaltos y susidios hacían él y Fox de sus informes al Congreso: en una antesala, nerviosamente, con temor de ser agredidos por los levantiscos representantes de la oposición de izquierda. Parece ser que ahora los líderes parlamentarios han entendido que la cosa no es por ahí, y han iniciado una nueva relación con el Ejecutivo.

Por ello merecen reconocimiento, igual que lo merece Peña Nieto. Recordemos que el Presidente y los legisladores representan a sendos Poderes de la Unión, no de la desunión. Con eso está dicho todo…

“A woman is like a slingshot: the greater the resistance, the further you can get with her”. “Una mujer es como una resortera: cuanto mayor sea su resistencia, más lejos podrás llegar con ella”. He traducido desmañadamente. También las traducciones se parecen a algunas mujeres: si son fieles no son bellas, y si son bellas no son fieles.
 
El caso es que Afrodisio Pitongo, galán concupiscente, aplicó aquella frase de Steve Martin, y trató de amores a Donabella, una linda compañera de oficina. La muchacha era casta y honesta, de modo que resistió con entereza las lúbricas solicitaciones del labioso amador. Pero ya lo dice un grosero refrán: “La mujer y la gata, de quien la trata”. A fuerza de porfiar y porfiar el seductor fue minando poco a poco la fortaleza de aquella que parecía inexpugnable plaza. Y es que una mujer podrá perdonar a quien trató de seducirla, pero jamás perdonará a quien no la sedujo cuando ella le dio ocasión de hacerlo. Afrodisio logró por fin, tras ímprobos esfuerzos, que Donabella aceptara ir con él a un discreto motelito, el Venus Inn, que anunciaba la tarifa en su exterior: “200 pesos el rato”. Cuando se vieron en la habitación el lujurioso galán empezó a despojar a la muchacha de la ropa que la cubría. Tal es el procedimiento usual: recordemos cómo en La Celestina —“obra a mi entender divina / si encubriera más lo humano”, dijo Cervantes al hablar de esa tragicomedia— el amante declara, en el momento de desvestir a su enamorada, que para comer el ave es menester primero quitarle las plumas. Donabella, sin embargo, detuvo a su anheloso seductor. “Espera —le dijo llena de turbación y con solemne acento—. Antes de entregarme a ti quiero que me prometas una cosa: nadie jamás se va a enterar de esto”. “¡Uh, no! —rechazó el tal Afrodisio, desdeñoso—. Entonces vístete y vámonos. ¡A mí me gusta más el chisme que esta otra fregadera!”…

FIN.

jueves, 17 de enero de 2013

Señalado por la sangre

De politica y cosas peores
 
El guía del museo antropológico les mostró a los niños un diorama en el cual aparecían hombres y mujeres de la Edad de Piedra. Les dijo: “Durante millones de años el hombre de Neanderthal no anduvo erecto”. “Me lo explico -le comentó en voz baja Pepito a Juanilito-. ¿Ya viste a la mujer de Neanderthal?”...
 
Yo también me explico la actitud de quienes protestaron por la presencia de Felipe Calderón en Harvard. Algunas cosas buenas hizo el michoacano, pero quedó señalado de manera indeleble por la sangre que corrió durante su sexenio. Caso semejante es el Díaz Ordaz. Muchos lo consideran uno de los mejores Presidentes que México ha tenido en la época moderna, y sin embargo todo lo que hizo desaparece ante la mancha del 68. Igual, me temo, sucederá con Calderón. Se olvidarán sus buenas obras -ya se han olvidado-, y se le recordará como el Presidente de las muertes, de la muerte. Un observador sereno e imparcial podrá citar logros incuestionables del panista: la estabilidad económica, los programas sociales en beneficio de los pobres, etcétera. Pero en la memoria colectiva permanecerá la enorme cifra de muertos y desaparecidos que hubo durante su mandato. Se piensa que por causa de Calderón y de su desatinada guerra millones de mexicanos perdimos -y quizá ya no recobraremos nunca- la paz y la tranquilidad en que vivíamos. La inseguridad es tal que la vida se nos ha vuelto una aventura peligrosa. Así las cosas, el saldo sangriento de estos años prevalecerá sobre cualquier otra imagen, y constituye ya el juicio final sobre el ex Presidente. Fue esa sombra la que se proyectó sobre la admisión de Calderón, aun como huésped transitorio, en la Universidad de Harvard.
 
Se le recibe en forma vergonzante, como a invitado incómodo, en medio de balbuceantes explicaciones tendientes a paliar lo más posible los malos efectos que para la inmaculada imagen harvardiana pudieran derivar del paso del combatido personaje por su sagrado campus. Me pregunto cómo se las arreglarán aquellos solemnes profesores para deshacerse de esa ingrata presencia. Y otra pregunta me hago: ¿cuál es la capital de Dakota del Sur?...
 
Meñico Maldotado era un pobre joven con quien se mostró avara la naturaleza. En la región de la entrepierna tenía 5 centavos de canela, y mal despachada. Tan escaso capital poseía en esa parte que una vez estuvo con una chica del talón. Cuando ella lo vio al natural le propuso: “¿Qué te parece si nos saltamos hasta lo del cigarrito?”. Y es que Meñico le había dicho que primero disfrutarían el acto del amor y luego se fumarían un cigarro. (En otros tiempos las tres mejores cosas de la vida solían ser una copa antes y un cigarrito después. Ahora, para no acortarse la vida, muchos suprimen lo del cigarrito). Pues bien, sucedió que en cierta ocasión Meñico Maldotado entró en un bar. El cantinero y los parroquianos se sorprendieron al verlo, pues el recién llegado traía un avestruz atado a una cadenita, como si fuera un perro. Pidió Meñico una cerveza para él y unos cacahuates para su exótica ave. El hombre de la cantina le preguntó, asombrado: “¿Podría decirme, señor, por qué viene con usted un avestruz?”. “Es hembra -precisó Maldotado-. Y la razón por la cual viene conmigo es una historia en verdad triste”. “Me gustaría oírla -dijo el barman-. Los cantineros somos especialistas en historias tristes”. “Ninguna más pesarosa que la mía” -se dolió Meñico. Y relató: “Ha de saber usted, amigo, que la naturaleza me escatimó sus dones en el renglón correspondiente al atributo varonil. Desde niño era yo la burla de mis amiguitos, que hacían ludibrio de mi escasa dotación en esa parte. Luego, ya joven, fui la irrisión de mis compañeros de escuela en los vestidores del gimnasio. ¿Y qué diré de mi presencia en el baño de vapor del club? Todos al verme rompían en estruendosas carcajadas. Cuando salía de ahí, las señoras, sabedoras por sus maridos de aquella insuficiencia mía, se reían entre sí y luego figuraban con índice y pulgar una medida mínima, como de un centímetro. Y aquí viene lo del avestruz hembra. Un día, en una tienda de antigüedades, compré una misteriosa lámpara. Al frotarla salió de ella un genio que me dijo: “Te concederé un deseo”. Ni siquiera lo pensé. Le pedí: ‘¡Quiero una polla grande!’. Y aquí estoy”...
 
FIN.

miércoles, 16 de enero de 2013

Políticos y versátiles

De politica y cosas peores
 
Doña Macalota compró en un bazar una lámpara de forma extraña. Al llegar a su casa la frotó para limpiarla, y de la lámpara salió un genio de Oriente. Le ofreció a la mujer: “Te concederé un deseo”. Ella respondió: “Espera”. Tomó el teléfono y llamó a su esposo, don Chinguetas. “No me preguntes nada —le dijo—. Solamente respóndeme: ¿a quién te quieres parecer: a Leonardo di Caprio o a Brad Pitt?”…
 
Rodney Dangerfield, el comediante norteamericano que nunca obtiene respeto, dijo una vez que su perro aprendió a suplicar viéndolo a él frente a la puerta de la recámara de su mujer. Lo mismo le sucedía a don Frustracio, el lacerado esposo de doña Frigidia. Esta señora, ya se sabe, es la mujer más fría del planeta. En cierta ocasión fue a La Antigua, en Guatemala, y el Volcán de Fuego se congeló por los siglos de los siglos. Hace unas noches el infeliz señor le pidió en el lecho a su gélida consorte el cumplimiento del débito conyugal. “¿Débito? —dijo ella—. A ti no te debo nada”. Y así diciendo le volvió la espalda. “Pero, mujer —intentó don Frustracio argumentar—, la última vez que lo hicimos fue cuando se cumplió el 50 aniversario del film El Mago de Oz, y eso fue en 1989”. “¿Y ya quieres otra vez? —clamó indignada señora—. ¡Eres un erotómano, un sátiro, un verraco, un fauno, un verriondo, un maniático sexual!”. “Con un calificativo tengo —se amohinó el esposo—. Y te exijo que cumplas tu papel de esposa, pues a mis años no puedo ser lo que en Estados Unidos llaman Self-made man”. Ella, de mala gana, accedió finalmente a hacer esa dación. En el curso de las acciones doña Frigidia se dirigió de súbito a su esposo: “Y a propósito: he oído decir que muchos hombres gritan en el momento de la pasión sensual. Algunos hasta llegan a lanzar sonoros ululatos como los de Johnny Weissmuller en las películas de Tarzan. “¿Por qué tú nunca gritas?”. Contestó don Frustracio: “Porque no quiero despertarte”…
 
Decir “político camaleónico” es incurrir en datismo, batología, perisología, tautología, pleonasmo o redundancia. En efecto, el político por antonomasia es camaleónico: cambia según las circunstancias; se acomoda, como las veletas, a la mudanza de los vientos. Tomemos por ejemplo el caso prototípico de López Obrador. En la elección del 2006 su discurso fue violento, y eso asustó a las clases medias, que se le alejaron. Algunos ricos empresarios con quienes se alió en el 2012 le hicieron ver que no le convenía esa actitud violenta. Mudó entonces de talante como mudar de camiseta, e inventó —o le inventaron— aquello de la República Amorosa. Pero esa chupaleta casi nadie se la tragó, y en esa segunda ocasión su conducta desconcertó a muchos que lo habían seguido por su actitud combativa contra los hombres del dinero y en favor de los pobres. Ahora, de cara al 2018, arrumba en el cuarto de los trebejos la mansedumbre franciscana que hace apenas unos cuantos meses exhibió, y vuelve a mostrarse pugnaz y belicoso; emplea otra vez los denuestos de ayer, y lanza adjetivos a diestra y a siniestra para consumo de las mayorías. Desde luego no estamos en el terreno de la esquizofrenia, que es un terreno real. Nos movemos en el de la política. Ventaja es, sin embargo, que López Obrador insista en lo pacífico de su movimiento. Tendrá pronto mucho dinero a su disposición, y eso lo hará todavía más pacífico, pues no hay borracho que coma lumbre, si me es permitida esa expresión. AMLO puede haber mandado al diablo las instituciones, pero esas señoras todavía están aquí, y parecen más robustas cada día. Tendremos pues ahora en López Obrador un político más institucional y menos revolucionario, por encima de las diatribas con que busca el aplauso de las galerías y su lucimiento personal. Que todo esto sea para bien…
 
Sigue ahora un cuento de color rojo, casi púrpura. Quienes no gusten de esas tonalidades deben buscar otras en el disco de Newton, o saltarse hasta donde dice FIN…
 
Santa Claus regresó al Polo Norte después de repartir los regalos de la Navidad. Al llegar le dijo a Rodolfo, el Reno de la Nariz Roja: “Te voy a contar algo que me sucedió, pero prométeme que no se lo vas a decir a nadie, y menos aún a mi mujer”. “Te guardaré el secreto —prometió Rodolfo, intrigado—. Dime: ¿qué te pasó?”. Responde Santa: “Bajé por la chimenea de una casa, y encontré en la sala a una chica vestida sólo con un brevísimo baby doll que dejaba ver todos sus encantos. Me turbé tanto que salí por la puerta”. “¿Por la puerta?” –se extrañó el reno. “Sí —confirmó muy apenado Santa—. Por la chimenea ya no pude salir”… (No le entendí)…
 
FIN.

martes, 15 de enero de 2013

La estatua y la polémica

De política y cosas peores.
 
“Siempre consigo que mi mujer grite en el acto del amor”. Así le dijo Capronio a un amigo. “¿Cómo le haces? –se interesó el otro. Contesta el ruin sujeto: “Le hablo por el celular y le digo que lo estoy haciendo”…
 
Pepito le comentó a Rosilita: “Ahora sé que Santa Claus realmente existe”. “¿Cómo lo averiguaste?” –preguntó la niña. Responde el tal Pepito: “En Navidad, antes de irnos a dormir, mis papis le dejaron a Santa un vaso de leche y unas galletitas. Yo pensé que Santa ya está grande para eso, y le dejé una cerveza. Al día siguiente vi que se había tomado la mitad. Si mi papa fuera Santa Claus se la habría tomado toda, y luego habría ido a la tienda de la esquina por un six”…
 
Aquella señora hubo de pasar por una oscura calle, y ahí la asaltó un canalla que empezó a saciar en ella sus bestiales instintos de: l-. Lujuria. 2-. Libídine. 3-. Lubricidad. 4-. Lascivia y 5-. Libidinosidad. Al parecer al maldito le gustaba mucho la letra ele. Cuando se sintió atacada la mujer empezó a gritar con desesperación: “¡Estoy siendo robada! ¡Estoy siendo robada!”. “¿Robada? –se burló entre acezos su asaltante-. Querrás decir que estás siendo violada”. “No —replicó ella—. Con eso que tienes estoy siendo robada”…
 
En tiempos de la Segunda Guerra un navío de la armada mexicana encalló en una playa del Pacífico, muy cerca de Ensenada. El capitán responsable fue juzgado por una corte de tres jueces. El primero pidió para él prisión perpetua. El segundo fue más severo: demandó que se le aplicara la pena capital. El tercer juez superó a los otros en crueldad. Exigió para el culpable un castigo tan terrible que mi pluma se resiste a describirlo.

Esa sentencia fue la que finalmente se aplicó. Para cumplir su condena el capitán debía ir todos los días a la playa y sentarse en una silla frente al barco en desgracia. La gente que llegaba y miraba al navío ahí varado preguntaba invariablemente: “¿Quién sería el grandísimo pendejo que hizo encallar ese barco?”. El capitán debía ponerse en pie y contestar: “Fui yo”…
 
De nueva cuenta hay escándalo y revuelo por la estatua de Heydar Aliyev, líder político de Azerbaiyán calificado de asesino y dictador, cuya efigie se puso en el Parque de la Amistad, de la Ciudad de México. Independientemente del juicio que de la Historia merezca ese tirano —¡pobre Historia; debe juzgar a tantos!— no debemos olvidar que este lío se originó porque un grupo de notables del Distrito Federal, señoras y señores que integran una Comisión de Monumentos, o algo así, autorizó en principio la aceptación de esa estatua por el Gobierno del DF, y su colocación en la vía pública.

Es cierto que después esas mismas notabilidades, asustadas por la reacción de los activistas, dieron marcha atrás apresuradamente, y anularon su primera decisión. Pero en su origen a esos conspicuos personajes se debe el espinoso problema del cual la campana salvó a Marcelo Ebrard y que ahora enfrenta Miguel Mancera. Yo pienso que mientras se decide el destino final del monumento las ilustres damas e ínclitos caballeros que sin ver lo que hacían autorizaron originalmente el adefesio deben ser condenados, igual que el capitán de barco, a sentarse junto a la imagen de Aliyev, y cuando alguien pregunte: “¿Quiénes serían los grandísimos insensatos que por no hacer bien su trabajo autorizaron en principio este esperpento?”, tales notables tendrán también que ponerse en pie y responder al unísono: “Fuimos nosotros”. Fiat justitia et pereat mundus. Hágase justicia, aunque se acabe el mundo…
 
Dos elegantes caballeros se conocieron en una fiesta. Le pregunta uno al otro: “¿A qué te dedicas?”. Responde el otro: “Vendo Viagra femenino”. “¿Viagra femenino? —se sorprende el primero—. No sabía que hubiera Viagra para la mujer”. “Sí lo hay —responde con una sonrisa el otro—. Vendo joyas”…
 
Jock McCock, hombre de procerosa estatura, lacertoso, entró en el bar. Caminaba penosamente con muletas, traía vendada la cabeza y llevaba un brazo en cabestrillo. “¿Qué te sucedió?” –le preguntó, azorado, el cantinero. Responde con feble voz McCock: “Tuve une pelea con Tiny Tin”. “¿Tiny Tin? —se asombró el de la taberna—. ¡Pero si Tiny Tin es un hombrecito flacucho y escuchimizado que no te llega a la cintura!”. “Es cierto —replicó McCock—. Pero tenía una pala, y me golpeó con ella”. Inquiere el tabernero: “Y tú ¿no tenías nada en la mano?”. “Sí —contesta Jock—. Tenía una bubis de la esposa de Tiny Tin, pero eso no sirve mucho para defenderse”… FIN

lunes, 14 de enero de 2013

Hechos, no maquillajes

De politica y cosas peores
 
Desde la publicación, el pasado 31 de diciembre, de “Los Tres Chistes Más Pelados del Año”, esta columnejilla no había tenido ya dimes y diretes con doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías, y celadora de la pública moral. El cuento que aparece aquí hoy, cuyo exótico y peregrino nombre es “Ñandutí”, provocó de nueva cuenta la iracundia de la ilustre dama, quien exigió que en caso de que ese chascarrillo fuera publicado se le declarara ipso facto írrito, nulo ex utroque jure y sin efectos, como si nunca jamás hubiese aparecido.
 
Mis cuatro lectores saben, sin embargo, que mis artículos son un luminoso espacio de libertad en que la corrección política y la conveniencia de las formas son frecuentemente desafiadas. Lean entonces esa nefaria historia, “Ñandutí”, al final de estos renglones, y muéstrenle a doña Tebaida Tridua un insultante dedo…
 
Candidatura de imagen fue la de Peña Nieto, fincada en buena parte en la televisión. Su Gobierno, sin embargo, no puede ser de imagen, de puras apariencias. Hechos, no maquillajes, requiere este país.
 
Desde luego en las naciones subdesarrolladas es necesario siempre un aparato escenográfico. Pero con puras tramoyas México no saldrá del atraso en que se encuentra. Las reformas que se hagan deben ser a fondo, aunque no se consigan por unanimidad. Cuando hace frente a un mal no puede quedar bien con todos. Si me es permitido un inane juego de palabras diré que para cambiar la realidad se necesitan realidades. Brazos se necesitan, no abrazos. Pero advierto que he incurrido en otro inane juego de palabras. Mejor suspendo esta peroración política…
 
He aquí ahora el anunciado cuento: “Ñandutí”. Las personas a quienes asalten tiquismiquis o escrúpulos de moralina líbrense del asalto saltándose hasta donde dice FIN…
 
Aquel ejecutivo joven se mudó a un nuevo departamento en un lujoso condominio. Pocos días después fue al cuarto donde los condóminos recibían su correspondencia. No había nadie ahí, de modo que se aplicó a buscar la suya. En eso estaba cuando entró una estupenda rubia de esculturales formas cuya gloriosa plenitud se adivinaba tras la inconsútil gala de un leve negligé de ñandutí. “¿Qué es ñandutí?” –pregunta alguien, cortándole al autor la inspiración. Ñandutí es un encaje blanco y fino, tan fino que parece tela de araña.
 
Sigo el cuento. En suspenso quedó el joven ejecutivo al contemplar aquella espléndida hermosura, y más porque la bella mujer no se cuidaba de ocultarla. El generoso escote dejaba al descubierto su turgente busto; y por abajo la vaporosa tela hacía adivinar que ninguna otra prenda llevaba la preciosa fémina a más del negligé de ñandutí. “¿Qué es ñandutí?” –pregunta otro que llegó tarde al relato.
 
“¡Uta! –masculla para sí el autor. Y procede otra vez a dar la explicación: “Ñandutí es un encaje blanco y fino, tan fino que parece tela de araña”.
 
Prosigo con la narración. La mujer no pudo menos que advertir el efecto que su belleza había tenido en el nuevo inquilino. Le dijo: “Veo que te ha llamado la atención mi cuerpo. Dime: ¿qué parte de él consideras la mejor? ¿Mis senos, volcanes níveos con rosada cumbre? ¿Mi cimbreante cintura de palmera? ¿Mi enhiesta y firme grupa como de potra arábiga? ¿Mis bien torneadas piernas y mis ebúrneos muslos, hospitalario umbral del Paraíso? ¿Mi bajo vientre, dorada mies, jardín de las delicias?”.
 
El joven ejecutivo oía con agitada respiración la lúbrica descripción que de sí misma hacía aquella ardiente dama. Se interrumpió ella de pronto. “Espera —le dijo al muchacho—. Oigo que alguien está llegando. Vamos mejor a mi departamento”. Condujo al joven, en efecto, a su cálida habitación.
 
Ahí le dijo: “No respondiste a mi pregunta. Dime ahora: ¿qué parte de mi cuerpo te parece la mejor?”. Contestó él: “Tus oídos”. “¿Mis oídos? —se asombró la mujer—. ¿Cómo puede ser eso? Te mostré mis senos, volcanes níveos con rosada cumbre; mi cimbreante cintura de palmera; mi enhiesta y firme grupa, etcétera, ¿y me dices que lo mejor de mí son mis oídos?”.
 
“Sí —confirmó el joven con cansada voz—. Recuerda que dijiste: ‘Oigo que alguien está llegando’. ¡Qué oído tienes! ¡Era yo!”… (No le entendí)…
 
FIN.

domingo, 13 de enero de 2013

Poca suerte

De Política y Cosas Peores

¿Por qué la hembra de la especie Mantis Religiosa le corta la cabeza al macho tras realizar el acto del amor? Porque es la única manera de evitar que inmediatamente después de terminar el acto se dé la vuelta y se ponga a roncar…
 
Ovonio Brandbolier, ya lo sabemos, es el hombre más perezoso del condado. Una mañana su esposa le preguntó: “¿Qué vas a hacer hoy?”. “Nada” —respondió lisa y llanamente el haragán. Le indica con acrimonia la señora: “Lo mismo hiciste ayer, y antier, y anteayer”. “Sí —reconoce Ovonio—. Pero no he terminado”. (El grandísimo poltrón no completaba en toda su vida un turno de 8 horas de trabajo)…
 
Himenia Camafría, madura señorita soltera, iba por un oscuro callejón, y le salió al paso un individuo que la amenazó con una navaja. “No se alarme —le dijo el asaltante—. Lo único que quiero de usted es su dinero”. “Dinero, dinero —repitió, mortificada, la señorita Himenia-. Todos los hombres son iguales. Lo único que les importa es el dinero”…
 
El director de publicidad de una empresa cigarrera quiso contrarrestar los efectos de la campaña de salud en que se advierte a los fumadores que el vicio de fumar puede ser causa de muerte. Para eso se propuso hallar a alguien que después de ser fumador toda su vida gozara de buena salud. Luego de mucho buscar encontró a un hombre de 80 años que tenía aspecto saludable a pesar de que se fumaba dos cajetillas de cigarros cada día. Le preguntó: “¿Quiere participar en un comercial de televisión? Le pagaremos bien”. “Sí —respondió el tipo—. Pero el comercial tendrán que filmarlo por la noche”. “¿Por qué?” —se extrañó el otro. Explica el individuo: “Porque hasta las 7 de la tarde dejo de toser”…
 
Casandro Malsinado tenía poca suerte. Un hado adverso lo perseguía de continuo. Cierta noche contrató los servicios de una mujer de la calle, daifa, zorra, buscona, ramera, perendeca o maturranga. En el motel ella le dijo: “Por favor, no en nuestra primera cita”…
 
La nietecita le preguntó a su abuela: “¿Cuántos años tienes, abue?”. Respondió la señora: “60”. “¿60? —exclamó la niñita con asombro—. ¡Caramba! ¿Y empezaste desde uno?”…
 
Le dijo un niño a otro: “Mi papá le gana a tu papá”. “¡Uh, qué chiste! —se burló el chiquillo—. ¡Mi mamá también le gana!”…
 
La esposa de don Languidio, senescente caballero, le comentó a una amiga: “Mi marido está tomando fósforo. Pero de nada le sirve: nunca prende”…
 
Otro señor se quejaba: “En el aspecto sexual mi matrimonio es un fracaso. Yo tomo Viagra. Mi mujer toma hierro. Y cuando yo estoy listo ella está oxidada”…
 
Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, fue con su esposa y su suegra a Nueva York. “Yerno —le dijo la señora al tal Capronio—, me gustaría subir al Empire State”. “No lo haga, suegra –le aconsejó el majadero—. Podría ser atacada por aviones biplanos”. (¡Como el gorila King Kong en la película, le quería decir el desgraciado!)…
 
Babalucas, por su parte, viajó a Roma con su mujer. Al regresar un amigo le preguntó: “¿Vieron al Papa?”. “Claro que no —respondió el tontiloco—. El Papa es invisible”. “Baba —le apunta su señora—: la palabra es ‘infalible’”…
 
Dos políticos de pueblo fueron al cementerio a buscar nombres de muertos para ponerlos en el padrón electoral y simular en la próxima elección que habían votado por su partido. Llegaron a una lápida que decía: “Aquí yace Iñaki Arregorrigobarretecheurrindinagagorricochea”. Al ver lo largo de ese vascuence nombre uno de los políticos le dijo al otro: “Vamos a saltarnos a éste”. “¡Ah no! —protestó con vehemencia el compañero—. ¡Tiene tanto derecho a votar como los otros!”…
 
Los recién casados iban a pasar su primera noche en casa de los papás de ella, para tomar el avión al día siguiente. El cuarto de la chica estaba junto a la recámara de sus papás. Y sucedió que cuando quisieron hacer ciertas cositas la cama empezó a rechinar sonoramente. Apenada, la muchacha le propuso en voz baja a su flamante maridito que mejor fueran a un hotel cercano. Tomaron, pues, una valija para poner en ella algunos efectos personales. Al cerrarla se dieron cuenta de que la maleta no cerraba bien. En su cuarto los papás oyeron que su hija decía: “Déjame sentarme en ella”. Eso los incomodó, claro. Pero luego escucharon al novio decir: “Déjame sentarme en ella ahora yo”. Al oír tal cosa el señor se levantó apresuradamente de la cama y le dijo a su mujer: “¡Eso yo tengo qué verlo!”…
 
FIN.

sábado, 12 de enero de 2013

¿Honestidad o reflectores?

De Política y Cosas Peores
 
Silly Kohn, vedette de moda y mujer sexualmente hiperactiva, hace este comentario: “En cuestión de atributo varonil los hombres vienen en tres tamaños: Grande, mediano, y ‘El tamaño no importa, lo que importa es la técnica’”…
 
Jactancio, individuo pagado de sí mismo, fatuo, vanidoso, elato y engreído, llegó sin invitación al departamento de Rosibel, linda muchacha. Se repanchigó en un sillón de la sala e hizo que la chica le sirviera una bebida alcohólica. Luego le dijo, presuntuoso: “Puedo hacerte la mujer más feliz del mundo”. Le preguntó Rosibel al tiempo que se ponía en pie: “¿Qué ya te vas?”…
 
Susiflor les contó a sus amigas que su novio se había comprado un coche convertible pensando en ella. Preguntó una: “¿Por qué pensando en ti?”. Explicó Susiflor: “Para que en el asiento de atrás pueda yo estirar las piernas”. (No le entendí)…
 
“Busca tu luz, muchacho. Busca tu luz”. Ese consejo le daba doña Sara García a un muy joven Eulalio González, “El Piporro”. Con eso le quería decir que al actuar en un escenario debía procurar ponerse lo más cerca posible de los reflectores, a fin de que su figura destacara. En muchos casos la política es teatro. Pero no debe serlo en todos. Pienso que la aprobación de la Ley General de Víctimas, y la ceremonia de grande lucimiento que enmarcó su presentación, fueron cosa de reflectores más que sólida y razonada propuesta para atender con justicia las reclamaciones de quienes han sufrido los efectos de la violencia criminal. Esa ley, para decirlo en voz de pueblo, tiene muchos asegunes. Juristas y líderes sociales por igual han expresado su preocupación ante los diversos puntos poco claros que advierten en ella. Sobre todo el tema de la reparación económica a las víctimas o a sus allegados tiene muchas aristas. Hay quienes se preguntan, por ejemplo, si el poeta Javier Sicilia, principal promotor de la ley, aceptaría una compensación en dinero por la pérdida dolorosa que sufrió y, en su caso, a cuánto ascendería la cantidad, y qué impuestos causaría. Quizás en este asunto la actitud de Calderón fue más prudente, y más de hombre de Estado, que la de Peña Nieto. Quizá no tendrán muchos efectos, aparte del de teatro, los reflectores que con dicha ley consiguió el nuevo Presidente, lo mismo que el oficial abrazo —ya no cristiano beso— que en escena le dio el señor del chaleco y el sombrero…
 
La maestra de Pepito le pidió al chiquillo que deletreara el nombre de Hirohito, el emperador de Japón en tiempos de la Segunda Guerra. Deletreó Pepito: “Hache como en ‘huevo’; i como en ‘idea’; ere como en ‘rosa’; o como en ‘oro’; hache como en el otro huevo…”…
 
Don Chinguetas se hartó de su esposa, doña Macalota, y se mudó a la cochera. Ahí puso su cama y sus efectos personales. Siguió, sin embargo, haciendo las pequeñas tareas que hacía antes: cortaba el césped, arreglaba los desperfectos de la casa, etcétera. Ella, a su vez, le llevaba de comer a la cochera, le tenía su ropa en orden y demás. Un amigo le preguntó a Chinguetas por qué no se iba de la casa para librarse definitivamente de su mujer. “A decir verdad —respondió él—, antes éramos muy malos esposos, pero ahora somos muy buenos vecinos”…
 
La señorita Peripalda, catequista, era muy púdica. En un restorán argentino le preguntó al mesero: “Dígame, señor: la ubre y el pecho de ternera ¿vienen con brassiére?”…
 
Los recién casados llegaron al departamento donde iban a vivir. La novia tomó de la mano a su flamante maridito y lo condujo a la sala, luego a la cocina, y finalmente a la recámara. En seguida le informó con una sonrisa: “Sólo puedo ser buena en uno de esos tres cuartos. Escoge en cuál”…
 
Aquel señor estaba en el lecho de su última agonía, víctima de un mal que los médicos no pudieron identificar. “Antes de morir—le dijo con feble voz a su mujer— debo confesarte algo”. “No hables —lo interrumpió la señora—. Tranquilízate”. Insistió el agonizante: “Tengo que hacerte esa confesión para morir en paz”. “No quiero saber nada —manifestó ella—. Cierra los ojos y duerme”. “¡Déjame hablar! —porfió el desdichado—. ¡Si no te confieso mi culpa no podré irme tranquilo de este mundo!”. “Está bien —cedió la esposa—. Dime lo que me tengas qué decir”. Habló el pobre señor: “Quiero que sepas que te estaba engañando con tu mejor amiga”. “Ya lo sabía —le dice la mujer—. ¿Por qué crees que te envenené?”…
 
FIN.

viernes, 11 de enero de 2013

Trabajar día a día por México

De Política y Cosas Peores
 
“¿Tiene usted Viagra oftálmico?” -le preguntó Babalucas al encargado de la farmacia.
 
“¿Viagra oftálmico? -se desconcertó el hombre-. No creo que exista.
 
¿Por qué quiere usted Viagra oftálmico?”.
 
Responde el badulaque: “Es que voy a hacer el papel de gangster en una obra teatral, y el director me pide que tenga la mirada dura”.
 
Hoy se festeja el 95 aniversario de la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo. Importante organismo es éste. Reúne a más de 250 Cámaras, 650 delegaciones, y tiene presencia en casi mil centros de población en la República. Los sectores representados por el organismo aportan el 53 por ciento del Producto Interno Bruto (dicho sea sin ofender a ese producto), y proporcionan más de la mitad de los empleos formales del país. La Confederación es actualmente dirigida por un saltillense: Jorge Dávila Flores. Lo conozco desde su juventud. Fue alumno del Ateneo Fuente en los tiempos en que yo era director de ese glorioso Colegio. Estudiante que obtenía las mejores calificaciones, era también magnífico jugador de futbol americano, lo mismo que su hermano José Luis. Para cualquier maestro es un orgullo ver que sus alumnos destacan en los varios caminos de la vida. Bajo la conducción de Jorge Dávila la Concanaco Servytur ha realizado promociones de tanto éxito como El Buen Fin, programa que este año favoreció a innumerables mexicanos, con ventas por casi 150 mil millones de pesos, 40 por ciento más que el año anterior, lo cual da idea de su éxito. Otro logro importante fue la campaña “Hablemos y Actuemos Bien por México”, gracias a la cual se ha conseguido atraer importantes inversiones extranjeras. En las actuales circunstancias nuestro país requiere la activa participación de todos los ciudadanos en la común tarea de hacer de México un lugar mejor para vivir. Ciertamente están cumpliendo esa misión los mexicanos que, por encima de todos los problemas y adversidades, trabajan día a día en el campo de la iniciativa privada. Celebro este aniversario de la Concanaco Servitur, y envío un cordial abrazo a mi ayer alumno y hoy amigo Jorge Dávila Flores.
 
Dice un moderno clásico: “La edad no protege contra el amor, pero el amor sí protege contra la edad”. Un proverbio de pueblo, sin embargo, contradice tan optimista afirmación. Propone ese aforismo: “Casamiento a edad madura, cornamenta o sepultura”.
 
Don Languidio, añoso caballero, pensó que aún había sol en sus tapias, y casó con Pirulina, frondosa mujer en flor de edad y dueña de magníficos atributos corporales. La noche de las bodas ella se le presentó ataviada con un vaporoso y blanco negligé. El maduro novio exclamó al verla: “¡Amada mía! ¡Tan pura y casta te ves que mi apetito varonil se frena ante tu virginal belleza!”. Y no la tocó ni con el pétalo de una cosa. La segunda noche ella vistió un negligé azul celeste. “¡Ángel del paraíso! -se extasió don Languidio-. ¡Ese color de cielo refleja tu virtud! ¡Ante ella retroceden mis impulsos de másculo en libídine!”. Y así diciendo se puso su piyama y su gorro de dormir y se entregó al sueño. Conducta poco airosa fue ésa, a juicio mío, pues Morfeo no debe estar donde Himeneo está. La siguiente noche Pirulina lució un negligé color de rosa. Prorrumpió con arrobo el senescente galán: “¡Mi vida! ¡Pareces una niña con ese atavío de infantil color! ¡Tu inocencia hace que se detengan, respetuosos, mis rijos de lubricidad!”. Y de nueva cuenta el provecto desposado no hizo obra de varón. Pirulina, que estaba ansiosa de gozar los deliquios del connubio, quiso suprimir los estorbos que imponían las ideas de virtud, inocencia virginal, candor de niña, etcétera, y esa noche se puso un negligé de encendido color rojo, con sensual liguero, brassiére de encaje transparente, medias de malla, pantie crotchless y zapatos de tacón aguja. “¡Ah! -se azaró don Languidio cuando la vio luciendo esa atrevida conmixtión-. ¡La natural inexperiencia de tu juventud te lleva a hacer renuncia de tu pudicicia! ¡Suplo esa falta con mi caballerosidad, y no me aprovecho de tu candidez!”. Y así diciendo la dejó otra vez medio vestida y totalmente alborotada. Esa noche Pirulina apareció cubierta con un negligé de color negro: “¿Por qué escogiste hoy tan severo color?” -le preguntó, inquieto, don Languidio. Respondió Pirulina: “Estoy de luto. Según he visto en las pasadas noches, hay algo por aquí que ya murió”.
 
FIN.

jueves, 10 de enero de 2013

Teoría Pura del Derecho

Vamos a echarnos un rapidito” –le dijo Impericio a su mujer. Respondió ella con reconcomio: “¿Acaso te sabes otros?”…
 
En una granja criadora de pavos dos de ellos estaban conversando al final de la temporada navideña. Le dice uno al otro, preocupado: “Creo que en el 2013 debemos comer menos, Pípilo. No sé si lo notaste, pero los más gordos fueron los que en estos días desaparecieron”…
 
La atractiva rubia de bien torneadas piernas iba a comparecer en juicio. Inquieta, le preguntó a su abogado defensor: “¿Debo revelar todo ante el jurado?”. “No —le indicó el jurisperito—. Nada más levántese un poco más la falda”…
 
En la cena de Año Nuevo el papá de Pepito comentó: “Dulcilí, mi secretaria, es una muñequita”. Preguntó el chiquillo desde su lugar: “¿Y cierra los ojos cuando la acuestas?”…
 
Un gay de edad madura charlaba con un amigo suyo. Le contó: “Fui a Londres, y me llevé una tremenda decepción”. “¿Por qué?” –pregunta el otro. Responde, mohíno, el primero: “El Big Ben es un reloj”…
 
Con gemebundo acento Dulcilí le informó a su papá: “Perdí mi virginidad”. El señor, profundamente concentrado en su iPad, le contesta: “¿Ya buscaste abajo de la cama?”…
 
Guardo con afecto y gratitud el recuerdo de uno de mis más sabios y queridos maestros: don Luis Recasens Siches. Él me contó que en cierta ocasión, hablando con Hans Kelsen, le dijo con franqueza al célebre jurista: “Soy un crítico de su obra”. Respondió Kelsen sonriendo: “Yo también”. Hans Kelsen es el creador de la famosa Teoría Pura del Derecho, según la cual —hablo grosso modo— las leyes valen por sí mismas, independientemente de los factores reales que incidieron en su creación y de cualquier concepto relacionado con criterios éticos, como la justicia, por ejemplo. Kelsen mismo fue víctima de la teoría que propuso: judío, su tesis confería validez a las leyes antisemitas dictadas por el régimen de Hitler. Hubo de salir apresuradamente de Austria para sustraerse a ellas, y se exilió en los Estados Unidos. Kelsen hacía énfasis en la necesidad de una “ciencia del Derecho” que sustituyera a una “política del Derecho”. Digo todo esto porque en México los políticos se sustraen con frecuencia al imperio de la ley, pero la ley no puede nunca sustraerse al imperio de los políticos. Prueba de lo que digo es la torpe acción de los asambleístas del Distrito Federal que reformaron la ley expresamente para favorecer a los culpables de actos vandálicos y de pandillerismo cometidos el pasado primero de diciembre. ¿Asamblea Legislativa? Quienes aprobaron esa sucia reforma, hecha para un caso especial y con dedicatoria, no merecen el nombre de legisladores: son politicastros que usaron burdamente su poder —en mala hora adquirido— y torcieron la ley con fines puramente partidistas, de política. Como castigo a su indigno proceder envío a los tales asambleístas una sonora trompetilla alejada de toda teoría pura. He aquí esa grandísona pedorreta, altitonante cuesco o fragorosa ventosidad bucal: “¡Ptrrrrrrrrrrrrr!”…
 
Dijo el conferencista especializado en temas de sexualidad: “Hay cinco tipos de orgasmo en la mujer. Son el gozoso; el lamentoso, el que llamo ‘asertoso’; el religioso, y, finalmente, el mentiroso”. Levantó la mano uno de los asistentes: “¿Podría usted decirnos en qué consiste cada uno de ellos?”. “Desde luego —respondió el conferenciante—. El orgasmo gozoso es cuando en el momento del éxtasis la mujer grita con fruición: ‘¡Ah! ¡Oh! ¡Qué rico! ¡Qué sabroso! ¡Tenías qué ser de Saltillo, papacito!’. El orgasmo lamentoso es cuando la mujer grita cerrando los ojos con gesto parecido al del dolor: ‘¡Ay! ¡Ay!’. El orgasmo que llamo ‘asertoso’ es cuando la mujer grita: ‘¡Sí! ¡Sí!’, o ‘¡Yes! ¡Yes!’ y ‘¡Yea, yea’, si ha estado sujeta a la poderosa influencia del país del norte. El religioso es cuando al llegar al culmen de la unión coital la mujer grita: ‘¡Dios mío! ¡Dios mío!’, o también: “¡Valedme, ángeles y arcángeles; serafines y querubines; tronos, virtudes, principados, potestades y dominaciones! ¡Acudid en mi auxilio, apóstoles, vírgenes, mártires y confesores! ¡Interceded por mí, santas ánimas del Purgatorio!’. Vuelve a preguntar el hombre del público: “¿Y cuál es el orgasmo mentiroso?”. Inquiere a su vez el conferenciante: “¿Cómo se llama usted, señor?”. Responde el tipo: “Mi nombre es Carmelino”. “Muy bien —le informa el disertador—. En su caso un orgasmo mentiroso será cuando su esposa grite: ‘¡Carmelino! ¡Oh, Carmelino!’”…
 
FIN.

domingo, 24 de mayo de 2009

Blatelas

De politica y cosas peores
 
Aquel señor era partidario del método “hágalo usted mismo”. (“Menos en lo relativo al sexo” —solía precisar). Con sus propias manos hacía los pequeños arreglos de la casa; reparaba los aparatos que se descomponían; cuidaba del jardín, etcétera. Un día le dio por barnizar todas las cosas de madera que en la casa había. Entre ellas barnizó la tabla del sanitario. Sucedió, por desgracia, que su esposa tuvo necesidad de usar el dicho mueble. Sentose en él sin darse cuenta de que el barniz estaba fresco, y quedó pegada a la tabla. Con ímprobos esfuerzos trató de despegarse: inútiles fueron sus afanes. Llamó con grandes gritos a su esposo, y éste acudió, alarmado. Trató también de liberar a su mujer de aquel inopinado pegamiento, y sus empeños resultaron igualmente vanos. Entonces trajo pinzas y desarmador —estaba bien surtido de herramienta—, y procedió a quitar la susodicha tabla. De la cintura abajo envolvió en una sábana a su esposa y la llevó con un doctor pues pensó que solamente un cirujano de mano diestra y pulso firme podría con algún fino bisturí hacer aquel trabajo de despegue. Llegaron los dos con el facultativo. El señor hizo que la señora se pusiera de espaldas al galeno, y le quitó la sábana. “¿Qué le parece esto, doctor?” —le preguntó señalando las pompas de su esposa y la tabla del sanitario que llevaba pegada al tafanario. Respondió el médico después de breve observación: “Están bastante bien, pero no tanto como para ponerles marco”...
 
En “Las Certidumbres de Hamlet”, conocido restorán en el aeropuerto de la Ciudad de México, el cliente pidió que le retiraran el plato cuando no había probado ni la mitad de lo que en él le habían servido. El mesero le dice con tono de reproche: “No debería usted desperdiciar en esa forma la comida, caballero. La gente se está muriendo de hambre en los aviones”. (Es cierto. Ya puros cacahuates dan, y a veces ni eso)...
 
Don Homobono era un buen hombre. Una gélida mañana hiemal (invernal, en lengua mamuca) vio a un menesteroso que tiritaba de frío en una esquina. Lleno de compasión se quitó el rico abrigo que llevaba y se lo dio al mendigo. Al día siguiente don Homobono pasó otra vez por ahí, y de nuevo vio al pordiosero en mangas de camisa, tiritando. “¡Oiga! —lo reprendió con enojo—. ¡Ayer le regalé mi abrigo para que no tuviera frío! ¿Qué hizo de él?”. “Lo vendí, señor —responde el pedigüeño—. En mi profesión no puede darse uno el lujo de andar bien vestido”...
 
Master Peppie, el equivalente inglés de Pepito, fue a una casa de mala reputación y le pidió a la madama que le trajera una muchacha. “Eres menor de edad —le dijo la mujer—. No puedo hacer tal cosa”. Master Peppie sacó del bolsillo un grueso fajo de billetes. “Sin embargo —añadió prontamente la mujer— todo se puede hacer cuando hay buena voluntad. ¿Qué clase de muchacha quieres?”. Respondió master Peppie. “Una que tenga blatelas” (Nota-. Blatela: insecto anopluro que vive parásito en las partes vellosas del cuerpo humano, y cuyas molestas picaduras son causa de rasquiña o comezón). La dueña de la casa se asombró. “¿Por qué quieres una mujer así?” —le preguntó al chiquillo. Pregunta master Peppie a su vez: “Si estoy con esa mujer me pasará las blatelas ¿no es así?”. “En efecto” —responde la madama. “Muy bien —dice entonces master Peppie—. Después yo iré a mi casa, estaré con la mucama y le pasaré las blatelas. La mucama estará con mi papá y le pasará las blatelas. Mi papá estará con mi mamá y le pasará las blatelas. Mi mamá estará con el chofer y le pasará las blatelas. El chofer estará con la mujer del jardinero y le pasará las blatelas. Finalmente la mujer del jardinero estará con su marido, y le pasará las blatelas. ¡Y fue el jardinero el que mató a mi tortuga!”...
 
FIN.