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jueves, 17 de enero de 2013

Don Dagoberto. Historia de una vida.

Presente lo tengo Yo
 
Don Dagoberto Flores Calderón fue un hombre extraordinario. Baste decir que tuvo cinco esposas.
 
Todo lo demás sería añadidura. Nació el 13 de noviembre de 1913 en la casa marcada con el número 13 de la calle y plaza de Chepinque, en Zacatecas. Algo de cabalístico habría de tener ese número mágico, el 13, el de este año, pues la vida de don Dago, como le llamó siempre su familia, fue azarosa y llena de avatares.
 
Su infancia transcurrió en el fragor de las luchas revolucionarias. Supo de muertes desastradas, de hechos asombrosos, de batallas sangrientas... Mal pudo estudiar las primeras letras; pero tenía carácter decidido, y recibió de sus ancestros una muy recia voluntad. Pudo salir adelante, pues, y muy joven aún se casó con su primera esposa, una pálida doncella con todos los sellos del romanticismo decimonónico: palidez, melancolía, y una enfermedad congénita del corazón que le cortaría la vida unos meses después de su temprano matrimonio. Esa muchacha de infortunado signo se llamaba Cristina Carrasco. Fue hermana de Ada, que tanto destacó en el teatro y el cine mexicanos.
 
Luego vendría Mayola Lozano, a quien el joven Dago conoció interna en un orfanatorio de Tacubaya, Distrito Federal. La muchacha era menor de edad, pero el padre de Dagoberto se las arregló para arreglar el acta de nacimiento de aquella que creía ser huérfana y que después conocería a su padre y le reprocharía su abandono. Muchos años después Mayola sufrió la dolorosa pérdida de su hijo Rolando, acribillado a tiros por soldados guatemaltecos que lo creyeron guerrillero y dispararon al automóvil en que el muchacho, recién casado, iba con su esposa.
 
La tercera esposa de don Dago, después de un divorcio tormentoso, fue Yolanda Barberena, hermana de quien luego sería gobernador de Aguascalientes, Miguel Ángel, apodado en su juventud “El loco Barberena”. Era una caritativa dama esta señora; a su muerte dejó recuerdos de bondad.
 
Siguió un cuarto matrimonio, ahora con Tina Olvera, una de dos hermanas a quienes conoció en Guatemala. Ya para entonces era don Dagoberto un profesionista especializado en la construcción de aeropuertos, actividad que lo llevaría, bajo el patrocinio de la ONU, a varios países americanos: Guatemala, El Salvador, Haití, Chile...
 
Dos veces se atentó contra su vida, y muchas tuvo que salir apresuradamente del país en que se hallaba, por causa de conflictos sociales y políticos. Entre todo eso don Dagoberto se las arregló para cultivar sus aficiones: la aeronáutica, el automovilismo, la pesca, y —sobre todo— la fotografía, arte en que llegó a alcanzar una excelencia que le ganó premios internacionales.
 
Después de una segunda viudedad vino la quinta y última esposa, encontrada después de poner él un aviso en el periódico: “Maduro profesionista busca pareja sin compromisos familiares, que desee compañía en medio de una relación formal, inteligente, solvente y prometedora de interesantes vivencias”.
 
María Elena Valle fue la escogida entre centenares de señoras y señoritas que contestaron el anuncio.
 
Después de 20 años de un matrimonio al que nadie le auguraba duración, don Dagoberto murió a los 89 años de edad. Su vida, que tuvo luces y sombras igual que la de todos los humanos, fue una vida plena. Un año antes de morir obtuvo su licenciatura en Filosofía y Letras. Esos estudios, dijo, lo hicieron encontrar a Dios al final del camino.
 
Ésta es una de las muchas historias con que me topo a lo largo de mis viajes.
 
La encontré interesante, y quise compartirla hoy contigo.

martes, 24 de febrero de 2009

Hostia santa

Presente lo tengo Yo
 
Cuando llegó a Veracruz el primer barco que traía a México refugiados españoles, los pasajeros y tripulantes del navío se asombraron al ver en el malecón una vociferante turba de mujeres que portaban mantas y cartelones que decían: HUELGA DE TORTILLERAS.
 
Sucedió que las sufridas señoras que hacían tortillas y las vendían en el mercado decidieron ponerse en paro permanente, pues les subieron el costo de la masa sin permitirles a ellas aumentar el precio de su mercancía. Pero en España la palabra “tortillera” no servía para designar a la mujer que hace y vende tortillas —allá no hay tortillas como las de nosotros—, sino para nombrar a la mujer que gusta de tener trato sexual con otra mujer. Cuando vieron aquello de: “Huelga de tortilleras”, los españoles recién llegados se preguntaron con asombro qué motivo tenían esas mujeres para ponerse en huelga, y en qué modo o manera la iban a efectuar.
 
Un cierto amigo mío, sudamericano él, dice que lo mejor que tiene México es el taco. “El que me gusta más —añade— es el de tortilla”. La primera vez que le oí decir eso le pregunté cómo era el taco de tortilla. Jamás había oído yo hablar de él; pensé que era un invento de la nueva cocina mexicana. Me contestó: “Es una tortilla a la que le pongo sal, y luego la envuelvo igual que un taco y me la como. Pocos manjares he probado en mi vida tan sabrosos”.
 
Y vaya que las tortillas de hoy casi no son tortillas. Tortillas aquellas de mi feliz niñez, hechas con nixtamal que se llevaba al molino, y elaboradas por sapientísimas mujeres que de las palmas de sus manos sacaban aquel prodigio en forma de perfecto círculo, tan perfecto que ni siquiera Euclides habría podido trazarlo con precisión mayor.
 
Caían sobre el comal esas maravillas, y después de cocidas por un lado se inflaban mágicamente por el otro. “Como un sapito”, decíamos mientras las esperábamos, golosos, para “capearlas” —o sea recibirlas en el aire— antes de que llegaran a la canasta. Si a la tortillera se le inflaban las tortillas eso significaba, según decía la conseja, que su suegra le tenía buena voluntad. Ungidas levemente con manteca de puerco, y con añadidura de unos granitos de sal, tales tortillas tenían sabor de gloria. Comparadas con las de ahora, que se hacen en máquina con harina prefabricada de maíz, eran como maná del cielo junto a un bocado de aserrín.
 
En Sombrerete, Zacatecas, entré cierto día en una pequeña fonda. Me preguntó la muchacha que atendía a la clientela: “Sus tortillas ¿las quiere de hombre o de mujer?”. Le pregunté cuáles eran unas y cuáles otras. “Las de mujer —me explicó— son las que hacemos las mujeres. Las otras son las de tortillería”. Claro que pedí tortillas de mujer. Entiendo las exigencias de nuestro mundo actual, pero pienso que el inventor de la máquina de hacer tortillas incurrió en grave sacrilegio. Al rato se va a inventar una máquina para escribir poemas o componer canciones.
 
Un inspirado vate ramosarizpense, Fidencio Flores, le hizo una oda a la tortilla, y la llamó “hostia santa”. Cada tortilla es eso: una hostia. Con ella se ha de comulgar como con la sagrada forma. Si el pan es fruto de la tierra y del trabajo del hombre, la tortilla era algo mucho mejor: un fruto de la tierra y del trabajo de la mujer. Espero no irme de este mundo sin volver a comerme una de aquellas miríficas tortillas hechas por palmoteo de manos femeninas. Le pondré a esa tortilla un poco de mantequita de puerco, y un tenue espolvoreo de sal. La comeré como una eucaristía, y eso será una anticipación del paraíso.