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domingo, 24 de febrero de 2013

Recuerdos y costumbres

De politica y cosas peores

Día muy especial es el domingo. Algunos cristianos lo utilizan para pedirle a Dios que les ayude a ya no cometer los pecados que cometieron el sábado y que volverán a cometer el lunes. Antiguamente el domingo era llamado “el día del Señor”. Todos lo respetaban, con excepción de los golfistas. Ese respeto llegaba en ocasiones al extremo. En los últimos años del siglo diecinueve se le ocurrió al dueño de una fuente de sodas en Estados Unidos —la ciudad no ha sido bien determinada— poner sobre una porción de nieve de vainilla un poco de crema, mermelada de fresa y nuez molida, y coronarlo todo con una cereza. A tal ricura le dio el nombre de “Sunday”. Después, por presión de los ministros religiosos, que opinaron que tal nombre era una falta de respeto al día consagrado a Dios, le cambió una letra a la palabra, y así nació el famoso “sundae”. Nadie, ni en Estados Unidos ni en el resto del mundo, hacía sundaes tan espléndidos como los que en Saltillo preparaba la querida familia Nakasima en la nevería de su nombre. Esa delicia es uno de los mejores recuerdos de mi infancia. Me gustaría ser niño otra vez, primero para volver a ver a mis papás, y luego para volver a disfrutar un sundae de la Nevería Nakasima. Todo esto viene a colación porque los domingos no se deben profanar hablando de política. Narraré entonces algunos cuentecillos de humor lene, y luego me quedaré en casita, pues si todos los coches del mundo se pusieran en fila, uno tras otro, eso sería el tráfico de un domingo por la tarde…

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, llegó a su departamento después de medianoche. Ya en la cama se acercó a su esposa con intención erótica evidente. (El erotismo, dice Vargas Llosa, es el sexo desanimalizado). Le dijo la señora: “Hoy no. Me duele la cabeza”. “Qué raro —manifestó Afrodisio, pensativo—. Debe andar algún virus por aquí. Las vecinas del 12 y del 14 me acaban de decir exactamente lo mismo”…

A un argentino de Buenos Aires le aconsejó alguien: “Obedece siempre a tus superiores”. “¡Pero che pibe! —protestó el porteño—. ¿Dónde voy a encontrar uno?”…

Declaró Babalucas con tristeza: “Soy hijo póstumo”. Nací 10 años después de la muerte de papá”…

Doña Frigidia pidió en la farmacia una buena cantidad de vaselina. “La necesito para propósitos sexuales” —le informó al asombrado farmacéutico. “¿Para propósitos sexuales?” —repitió el hombre sin saber qué decir. “Sí —confirmó doña Frigidia—. Todas las noches unto con vaselina la perilla de la puerta de mi cuarto, y así mi marido no puede entrar a demandarme sexo”…

Don Languidio ordenó en la fonda un plato de menudo sonorense. Cuando se lo sirvieron hizo un movimiento brusco, y el plato entero le cayó en el regazo. “¡Qué bueno que te cayó ahí! —se alegró su esposa—. ¡Siempre he oído decir que el menudo de Sonora es capaz de resucitar a un muerto!”. (Evoquemos la cuarteta inicial del inmortal soneto que en homenaje de ese egregio condumio escribió don Francisco Bernal: 

“¡Oh menudo sabroso, te saludo / en esta alegre y refrescante aurora / en que reclamo alientos, pues es hora / en que tú estás cocido y yo estoy crudo!...”)…

El director del internado instruyó a los estudiantes de nuevo ingreso. Les dijo: “Se prohíbe a los alumnos varones entrar en el dormitorio de las chicas después de las 9 de la noche. El que sea sorprendido ahí después de esa hora será multado con 100 pesos la primera vez, 300 la segunda y 500 la tercera”. Se oyó la voz de un estudiante: “¿Cuánto por toda la temporada?”…

El padre Arsilio solía entrar rápidamente en la pequeña cantina del pueblo; pedía un tequila doble, se lo tomaba y luego se iba a su casa a comer. Cierto día llegó, como de costumbre, y se encontró con la novedad de que estaba ahí una mujer de amplísimos hemisferios posteriores. La guapa fémina pidió una cerveza, la bebió, pagó y se fue. Le preguntó el cantinero al padre Arsilio: “¿Qué le pareció esa muchachona, padre?”. “Ni siquiera la vi —declaró el amable sacerdote—. Jamás pongo mis ojos en cosas terrenales”. El tabernero, apenado, se disculpó, y luego le dijo: “¿Qué le voy a servir, señor cura?”. “Lo de siempre —respondió el padre Arsilio—. Un teculo doble”…

FIN.

jueves, 14 de febrero de 2013

Manifestaciones: daños a terceros

De politica y cosas peores 

Don Frustracio, el esposo de doña Frigidia, fue a la consulta de un conocido médico a fin de que le recetara algo para fortalecer la libido. El facultativo le dijo luego de escribir la prescripción: “Recuerde usted, señor, que esta pastilla tarda media hora en hacer efecto”. “Entonces no me sirve —se entristeció don Frustracio—. En ese tiempo mi mujer ya se habrá desatado”. ¡Desdichado marido! Tenía que amarrar en la cama a su consorte para poder llegar a ella. Átala con cadenas, lacerado, de las que sirven para anclar los barcos trasatlánticos, pues no es justo ni debido que tu mujer te niegue por sistema el cumplimiento del débito conyugal que determinan tanto el Código Civil como el de Derecho Canónico…

Le pregunté a mi amigo: “¿Cómo pudiste llegar tan puntualmente a nuestra cita frente al Palacio Nacional?”. Me respondió: “Fue muy sencillo. Tomé primero la manifestación Eje Central-Hemiciclo a Juárez. Me bajé en Madero, y ahí tomé la manifestación Monumento a la Revolución-Zócalo”. Miguel Mancera hizo un anuncio de extraordinaria trascendencia: la Secretaría de Transporte se va a llamar ahora Secretaría de Movilidad. Pero sucede que cambiar un nombre por otro es cambiar nada. “La rosa con otro nombre…” etcétera. La Ciudad de México, a pesar de ser la enorme urbe que es, tiene algunas costumbres y usos tan anacrónicos como los de algún vilorrio. Las manifestaciones callejeras constituyen uno de esos desdichados hábitos que no toman en cuenta la legalidad ni el derecho de los demás. He aquí que un grupo de personas, a veces no más de unas cincuentena, puede trastornar la vida de cientos de miles de ciudadanos al impedirles el libre paso por la vía pública. Esas acciones son una forma de violencia que se disfraza de derecho a la manifestación de las ideas, y que es en verdad un atentado contra la vida comunitaria, atentado cuya gravedad no se reconoce, y contra el cual no se hace nada. Todo mundo, es cierto, es libre de protestar, de exigir, de denunciar. Nadie debe hacerlo, sin embargo, conculcando la libertad de los demás. En ese sentido los gobernantes del Distrito Federal han sido siempre omisos. Por temor a ser calificados de represivos permiten que un día sí y el otro también sea trastornada la vida cotidiana de los habitantes de la Capital. ¡Libertad, cuántos desmadres se cometen en tu nombre! Si el actual Jefe de Gobierno del DF pretende que ese cambio de nombre, de secretaría de Transporte a secretaría de Movilidad, sirva para designar algo efectivo, lo primero que debe hacer es desafiar a unos cuantos demagogos —ésos que cambian la ley para sacar libres a los facinerosos—, y conseguir que la movilidad sea efectiva, y que las manifestaciones se lleven a cabo en tal manera que, sin mengua del derecho a la protesta, se eviten daños a la gente común. Los verdaderos políticos son los que preservan la vida civil a través de la recta implantación del orden y la legalidad. Los que por temor no hacen eso son simples politiqueros. (¡Caón, qué finalazo! Lo voy a inscribir, si no en bronce eterno o mármol duradero, si al 7menos en plastilina de buena calidad)…

Decía un individuo: “No entiendo eso de los masajes. Una mujer te frota todas las partes de tu cuerpo, menos aquélla que te gustaría que te frotara”…

Aquel golfista fue interrogado por la policía acerca de la muerte de su esposa en el campo de golf. “Ella iba un poco adelante de mí —relató el sujeto—. Hice el tiro, y la pelota la golpeó en la nuca con tal fuerza que le quitó la vida”. Razona el interrogador: “Eso explica el golpe en la cabeza, pero ¿qué me dice de la pelota que su señora traía incrustada entre los hemisferios glúteos?”. “Ah —contesta el golfista—. Ése fue mi tiro de prueba”…

Don Prematurio le dijo a su mujer: “Me gustaría morirme haciendo el sexo”. “Va a estar difícil—replicó ella—. Con lo rápido que lo haces la muerte no tendrá tiempo de llegar”…

Don Languidio y don Feblicio, caballeros de edad más que madura, estaban conversando en la banca del parque donde todas las tarde se reunían a charlar. Dice de pronto don Languidio: “Tengo una fantasía sexual. Me gustaría hacer el amor con dos mujeres”. Le pregunta don Feblicio: “¿El mismo año?”…

FIN

miércoles, 13 de febrero de 2013

Sí, pero no

De politica y cosas peores

Vehementino y su novia Dulcibel fueron a un día de campo. En las semanas anteriores habían estado practicando intensamente eso que en inglés se conoce como “necking” (dijo Groucho Marx: “Quien lo llamó así no sabe nada de anatomía”), y que en el español de México recibe el nombre de cachondeo, pichoneo o guacamoleo. Quiero decir que se habían acariciado mutuamente con encendido ardor, aunque sin llegar al último deliquio.

Aquel día, el de la jira campestre, ambos sintieron el urente llamado de la naturaleza. Le dijo Vehementino a Dulcibel: “Vayamos a aquel bosquecillo, y en la umbría soledad del soto consumemos nuestro amor”. “Tengo miedo —opuso ella—. La gente podría vernos, y además soy virgen, doncella, señorita. Me han dicho mis hermanas, mis primas, mis amigas, mis vecinas (de cuadra, de calle y de colonia), mis condiscípulas del colegio, mis colegas de profesión, mis compañeras de oficina, mis conocidas del gimnasio, mis correligionarias de partido y mis contemporáneas de generación que la primera vez duele un poco”. Prometió él: “Trataré de ser cuidadoso, delicado, caballeroso y tierno”. “Tampoco es para tanto —acotó Dulcibel—. Tú aviéntate”. Sugirió el galán: “Si experimentas algo de dolor haz como vaca: ‘Muuu’, y yo entenderé que debo sofrenar mis ímpetus.

En cambio si sientes placer, deleite, satisfacción o gusto, entona una canción. Así nadie se percatará de lo que estamos haciendo, y yo sabré cómo debo actuar, y qué tempo debo dar a mi interpretación: adagio, andante, moderato, allegro, vivace, presto o prestissimo”.

Porque es de saberse que Vehementino era músico: tocaba la ocarina. Fueron, pues, los dos al sitio convenido, y recostados sobre el de grama césped no desnudo —la frase es gongorina— dieron libre curso a su amor y a sus sentidos, los cinco, y algunos más de los muchos que en esos éxtasis suelen sobrevenir. En el momento culminante Dulcibel empezó a hacer: “Muuu… Muuu”. Ya iba Vehementino a disminuir la intensidad de su pasión, pero Dulcibel lo retuvo sobre sí al tiempo que hacía: ‘Muuu… Muuu… ¡Muuujer, si puedes tú con Dios hablar…!”. ¡Qué barbaridad, del leve dolor pasajero había pasado al intenso goce placentero! Por eso empezó a cantar esa canción. Se trata de “Perfidia”, del chiapaneco Alberto Domínguez Borras, autor de otra canción que igualmente dio la vuelta al mundo: “Frenesí”. El cuento que has narrado, columnista, debe entonces datarse por los años de la Segunda Guerra, pues “Perfidia” se estrenó en 1939, y en el 42 la popularizó Xavier Cugat.

¿Podremos nosotros ponerle fecha a la realización de las buenas, bonísimas intenciones que se plasmaron en el Pacto por México, o quedarán esos loables propósitos en letra si no muerta, por lo menos bastante desmayada? Y es que los dos principales partidos de la oposición, el PAN y el PRD, dan indicios de que la cordial aquiescencia que mostraron al principio ha empezado a dar paso a reticencias del tipo de: “Sí pero no”. Eso amenaza la integridad de dicho acuerdo, y su consumación. Ojalá los partidos digan mejor: “No pero sí”, y se pongan a trabajar en coordinación con el Gobierno y la ciudadanía para sacar adelante los importantes temas que se propusieron en bien de la nación…

Capronio, sujeto ruin y desalmado, fue de compras con su esposa. Le dice la señora: “Mañana es el cumpleaños de mamá.

Me gustaría que le regaláramos algún artículo eléctrico”. “¿Una silla?” –sugirió aviesamente el canalla…

Aquel escocés que se declaraba ateo estaba pescando en el hermoso lago cuando de pronto salió de entre las aguas un gigantesco monstruo marino que hizo volcar el bote. El hombre no sabía nadar, y para colmo la terrible bestia alargó el pescuezo y lo iba a tomar entre sus horribles fauces. Clamó con desesperación el infeliz: “¡Dios mío, sálvame!”. De lo alto se oyó una majestuosa voz: “¿No has dicho siempre que no crees en Mí?”. “¡No la jodas, Señor! —replicó el escocés—. ¡Hace un minuto tampoco creía en el monstruo de Loch Ness!”…

Don Frustracio, el esposo de doña Frigidia, le confió a un amigo: “Sospecho que finalmente anoche mi mujer sintió algo en el curso del acto del amor”. “¿Por qué lo crees?” –preguntó el otro. Contesta don Frustracio: “Dejó caer la lima de las uñas”…

FIN.

viernes, 18 de enero de 2013

Declaraciones de bienes

De politica y cosas peores
 
Silly Kohn, vedette de moda, suele hacer una curiosa distinción entre un telón de teatro y el atributo varonil. Dice: “El telón nunca se baja sino hasta que el acto termina”. (No le entendí)…
 
Himenia Camafría, madura señorita soltera, llamó a por teléfono a la estación de bomberos. “Vivo en un tercer piso—dijo—, y un individuo está tratando de trepar por la pared para entrar por mi ventana”. Le indica el que contestó: “Se equivocó usted de número. Aquí es la estación de bomberos, no la de policía”. Replica la señorita Himenia: “¿Qué no son ustedes los que tienen esas escaleras largas?”…
 
Se casó el hijo de don Frustracio, el esposo de doña Frigidia. Unas semanas después el señor le preguntó al muchacho cómo le estaba yendo en el renglón de la intimidad matrimonial. “No muy bien —respondió con mohína el recién matrimoniado—. A ella no le gusta el sexo; parece monja”. “Ni me digas nada, hijo —suspiró don Frustracio—. Yo estoy casado con la Madre Superiora”…
 
He aquí una pregunta: ¿Cómo se puede dejar caer un huevo sobre un piso de concreto sin romperlo? Y he aquí la respuesta: En cualquier forma. Es imposible que un huevo pueda romper un piso de concreto. En relación con eso evoco los caballos de lechero de mi lejana infancia, tan cercana. A fuerza de recorrer cada día la misma ruta aquellos mansos y cansinos jamelgos se la aprendían de memoria, y la seguían sin que su dueño tuviera que guiarlos. Ya podía el cochero dormirse en su pescante. El caballo seguía a paso lento; llegaba a donde debía llegar y se detenía donde debía detenerse. Así es la mente humana, pienso yo: como caballo de lechero. La rutina hace que siga siempre el camino conocido; muy raras veces buscará un atajo o ruta alternativa. Por eso ante la pregunta: ¿cómo se puede dejar caer un huevo sobre un piso de concreto sin romperlo?, pensamos en el huevo, no en el piso. Y es que esa pregunta contiene una pequeña trampa anfibológica por la cual se le puede interpretar en dos sentidos. Igual sucede con la famosa declaración de bienes que hacen los funcionarios públicos. La verdad monda y lironda es que la tal declaración no sirve para nada. Es agua de borrajas, pura anfibología, ambigüedad. Cada caduno —así dice la gente del Potrero— puede tener muchos bienes y no figurar como dueño de ninguno en los registros públicos. Basta inscribir esas propiedades a nombre del cónyuge, los hijos, algún pariente o amigo de confianza, o una persona moral, cualquiera de las muchas sociedades que para tal efecto pueden ser de utilidad. Merced a esa simulación un opulento Creso puede pasar como pobre de solemnidad. No hagamos mucho caso, pues, de esas declaraciones de bienes. Mejor: no hagamos ningún caso de ellas. No todo lo que reluce es oro, ciertamente, pero el oro muchas veces no reluce. (¡Caón, qué finalazo!)…
 
En la cama el granjero puso la mano en el opimo busto de su esposa y le dijo: “¿Sabes qué? Si éstas dieran leche podríamos prescindir de las vacas”. La mujer puso la mano en otra parte de su burlón marido. “¿Y sabes qué? —le dijo—. Si esto funcionara podríamos prescindir de los vaqueros”…
 
Un individuo llegó corriendo a la farmacia y le reclamó al encargado: “¡Mi suegra acaba de morir! ¡Vino a surtir su receta, y en vez de darle usted quinina le dio estricnina!”. “Ah, —dice con toda calma el farmacéutico—. Entonces son 500 pesos más”…
 
Babalucas se inscribió en un taller de literatura. Le contó a su amigo: “Estamos leyendo una obra de Shakespeare”. “¿Cuál?” –preguntó el amigo. Respondió el badulaque: “William”…
 
Le dijo un individuo al siquiatra: “En mis sueños veo a cinco hermosas mujeres: una de pelo negro, una rubia, una pelirroja, un trigueña y la última pelona, pero no importa porque también está muy buena. Las cinco vienen hacia mí ofreciéndome lascivamente sus desnudos cuerpos. Yo las rechazo con las manos, pero ellas siguen viniendo cada noche. ¡Ayúdeme, doctor!”. Inquiere, desconcertado, el facultativo: “¿Cómo puedo ayudarlo?”. Responde con desesperación el tipo: “¡Haga que en mis sueños tenga yo las manos amarradas!”…
 
Don Inepcio estaba tomando lecciones de golf, y llegó muy molesto a su casa. “¿Por qué vienes así?” –le preguntó su esposa. Contesta el hombre: “Les pegué a dos bolas”. “¿Y por qué te enojas? —le dice la señora—. Ayer no le pudiste pegar a ninguna”. “Sí —replica don Inpecio—. Pero a éstas les pegué porque pisé un rastrillo de jardinero”…
 
FIN.

miércoles, 16 de enero de 2013

Políticos y versátiles

De politica y cosas peores
 
Doña Macalota compró en un bazar una lámpara de forma extraña. Al llegar a su casa la frotó para limpiarla, y de la lámpara salió un genio de Oriente. Le ofreció a la mujer: “Te concederé un deseo”. Ella respondió: “Espera”. Tomó el teléfono y llamó a su esposo, don Chinguetas. “No me preguntes nada —le dijo—. Solamente respóndeme: ¿a quién te quieres parecer: a Leonardo di Caprio o a Brad Pitt?”…
 
Rodney Dangerfield, el comediante norteamericano que nunca obtiene respeto, dijo una vez que su perro aprendió a suplicar viéndolo a él frente a la puerta de la recámara de su mujer. Lo mismo le sucedía a don Frustracio, el lacerado esposo de doña Frigidia. Esta señora, ya se sabe, es la mujer más fría del planeta. En cierta ocasión fue a La Antigua, en Guatemala, y el Volcán de Fuego se congeló por los siglos de los siglos. Hace unas noches el infeliz señor le pidió en el lecho a su gélida consorte el cumplimiento del débito conyugal. “¿Débito? —dijo ella—. A ti no te debo nada”. Y así diciendo le volvió la espalda. “Pero, mujer —intentó don Frustracio argumentar—, la última vez que lo hicimos fue cuando se cumplió el 50 aniversario del film El Mago de Oz, y eso fue en 1989”. “¿Y ya quieres otra vez? —clamó indignada señora—. ¡Eres un erotómano, un sátiro, un verraco, un fauno, un verriondo, un maniático sexual!”. “Con un calificativo tengo —se amohinó el esposo—. Y te exijo que cumplas tu papel de esposa, pues a mis años no puedo ser lo que en Estados Unidos llaman Self-made man”. Ella, de mala gana, accedió finalmente a hacer esa dación. En el curso de las acciones doña Frigidia se dirigió de súbito a su esposo: “Y a propósito: he oído decir que muchos hombres gritan en el momento de la pasión sensual. Algunos hasta llegan a lanzar sonoros ululatos como los de Johnny Weissmuller en las películas de Tarzan. “¿Por qué tú nunca gritas?”. Contestó don Frustracio: “Porque no quiero despertarte”…
 
Decir “político camaleónico” es incurrir en datismo, batología, perisología, tautología, pleonasmo o redundancia. En efecto, el político por antonomasia es camaleónico: cambia según las circunstancias; se acomoda, como las veletas, a la mudanza de los vientos. Tomemos por ejemplo el caso prototípico de López Obrador. En la elección del 2006 su discurso fue violento, y eso asustó a las clases medias, que se le alejaron. Algunos ricos empresarios con quienes se alió en el 2012 le hicieron ver que no le convenía esa actitud violenta. Mudó entonces de talante como mudar de camiseta, e inventó —o le inventaron— aquello de la República Amorosa. Pero esa chupaleta casi nadie se la tragó, y en esa segunda ocasión su conducta desconcertó a muchos que lo habían seguido por su actitud combativa contra los hombres del dinero y en favor de los pobres. Ahora, de cara al 2018, arrumba en el cuarto de los trebejos la mansedumbre franciscana que hace apenas unos cuantos meses exhibió, y vuelve a mostrarse pugnaz y belicoso; emplea otra vez los denuestos de ayer, y lanza adjetivos a diestra y a siniestra para consumo de las mayorías. Desde luego no estamos en el terreno de la esquizofrenia, que es un terreno real. Nos movemos en el de la política. Ventaja es, sin embargo, que López Obrador insista en lo pacífico de su movimiento. Tendrá pronto mucho dinero a su disposición, y eso lo hará todavía más pacífico, pues no hay borracho que coma lumbre, si me es permitida esa expresión. AMLO puede haber mandado al diablo las instituciones, pero esas señoras todavía están aquí, y parecen más robustas cada día. Tendremos pues ahora en López Obrador un político más institucional y menos revolucionario, por encima de las diatribas con que busca el aplauso de las galerías y su lucimiento personal. Que todo esto sea para bien…
 
Sigue ahora un cuento de color rojo, casi púrpura. Quienes no gusten de esas tonalidades deben buscar otras en el disco de Newton, o saltarse hasta donde dice FIN…
 
Santa Claus regresó al Polo Norte después de repartir los regalos de la Navidad. Al llegar le dijo a Rodolfo, el Reno de la Nariz Roja: “Te voy a contar algo que me sucedió, pero prométeme que no se lo vas a decir a nadie, y menos aún a mi mujer”. “Te guardaré el secreto —prometió Rodolfo, intrigado—. Dime: ¿qué te pasó?”. Responde Santa: “Bajé por la chimenea de una casa, y encontré en la sala a una chica vestida sólo con un brevísimo baby doll que dejaba ver todos sus encantos. Me turbé tanto que salí por la puerta”. “¿Por la puerta?” –se extrañó el reno. “Sí —confirmó muy apenado Santa—. Por la chimenea ya no pude salir”… (No le entendí)…
 
FIN.