Mostrando entradas con la etiqueta Simpliciano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Simpliciano. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de marzo de 2009

Gracias

De politica y cosas peores
 
Simpliciano, joven romántico y soñador, le dijo a Pirulina: “Te invito a disfrutar el véspero”. “A verlo” —pidió ella. El muchacho le explicó que el véspero era el atardecer, del cual gozarían en un paseo por el parque. A Pirulina le gustaban otros placeres de más sustancia y entidad, pero por no poner tristeza en el ánimo de su idealista amigo aceptó la inocente caminata. Iban, pues, por el parque cuando pasó un automóvil lleno de burlones jovenzuelos. Uno de ellos sacó la cabeza por la ventanilla y le gritó a Simpliciano: “¡Fóllatela!”. Al pobre muchacho le apenó tanto aquella procaz majadería que tomó por el brazo a Pirulina y de inmediato la llevó a su casa. “Siento mucho lo que sucedió —le dijo acongojado—. ¿Podré verte mañana?”. Contundente y lacónica respondió Pirulina: “No”. “¿Por qué no?” —se atribuló Simpliciano. Replica Pirulina: “Porque eres muy soberbio. No sabes admitir una buena sugerencia”...

Al final de esta columnejilla viene “La Triste Historia del Indejo que se Echó él Mismo de Cabeza”. En ella aprenderemos que a veces conviene pensar un poco antes de hablar...

“Señor Catón: Saludos, y quiero decirle que gracias a usted he tenido muchas mañanas felices en mi cama”. Al leer eso traje a la mente recuerdos olvidados y pensé: “¿Quién será ella?”. Pero seguí leyendo: “Mi esposo me lee su columna al empezar el día, y eso me alegra toda la mañana”. Díganme mis cuatro lectores si un recado así, que me fue entregado en propia mano por una gentilísima señora en la Feria del Libro del Palacio de Minería, no es para llenar de dicha el alma de cualquier escribidor. Presenté ahí mi más reciente obra: “La Otra Historia de México. Hidalgo e Iturbide. La gloria y el olvido”. ¿Cómo podré dar las gracias al público que abarrotó el hermoso Salón de Actos? Cuando salí a escena el auditorio me recibió con un aplauso que parecía eterno. Tuve dificultades para empezar a hablar, pues me emocionó el afecto de la gente. Y de otra generosidad supe también. Al día siguiente mis amigos del Grupo Editorial Planeta me invitaron a visitar sus oficinas, y me mostraron la puerta de cristal de la sala de consejo. Ahí, grabados con caracteres indelebles, se leen varios nombres. “Son —me dijeron— los de nuestros autores más leídos y más queridos”. Ahí García Márquez. Ahí Juan José Arreola. Ahí Ángeles Mastreta. Ahí Jorge Ibargüengoitia. Y ahí —¡oh sorpresa!— mi nombre, junto al de aquellos grandes. Abajito, claro, como debe ser, pero en su compañía. Con algunos hombres la vida es muy injusta, porque les da menos de lo que merecen. También conmigo la vida ha sido injusta, pues siempre me ha dado mucho más de lo que podría yo llegar a merecer. Le agradezco a la vida su injusticia...

Viene ahora “La Triste Historia del Indejo que se Echó él Mismo de Cabeza”. Aquel señor llegó a su casa en horas de la madrugada, tras de correrse con sus amigos una parranda homérica. Al llegar sintió un amago de hambre, y se guisó un par de huevos revueltos (scrambled eggs, para mis lectores del Hemisferio Norte). Luego se fue a la cama a dormir el intranquilo sueño de la borrachera. De él lo sacó su esposa horas después.

Tras de moverlo para que despertara le gritó con acento destemplado al tiempo que blandía ante él, amenazante, una tremenda cacerola: “¿Qué hiciste anoche, desdichado?”. Lleno de susto, aún medio dormido y alzando las dos manos para protegerse del cacerolazo que ya veía venir, el infeliz acertó a contestar: “¡Te juro que yo nomás bailé!”. “¡Ah! ¿También eso, cabrísimo grandón? —replica furiosa la mujer—. ¡Ya lo veremos luego! ¡Pero mira cómo dejaste la cacerola! ¡Le raspaste toda la capa de teflón!”...

FIN.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Dictadura democrática

De politica y cosas peores
 
Una chica de origen mexicano que vivía en Los Ángeles conoció a un muchacho en un bar, y le contó que en homenaje a México se había hecho tatuar en un muslo la frase “5 de mayo”, y en el otro, para recordar a su madrecita, la frase “10 de mayo”. Dice el galán: “Ya veo. ¿Podría visitarte entre las fiestas?”...
 
La odalisca no quería aceptar la proposición matrimonial que le hacía el sultán. “Anda —le dice éste para convencerla—. Donde comemos 50 pueden comer 51”...
 
Las dictaduras tienen tendencias homicidas. La democracia, en cambio, tiene tendencias suicidas. No sé si esa frase sea para la posteridad, o simplemente para la parte posterior, pero tiene a la Historia como prueba. Todos los dictadores que en el mundo han sido han fincado su predominio en el terror. La tortura y el asesinato han sido sus instrumentos favoritos. Sólo por esa violencia pueden pervivir. La democracia, en cambio, lleva en sí misma el germen de su propia destrucción. Mal empleada, la democracia puede llevar a la antidemocracia. Lo estamos viendo en México: los partidos políticos, principales beneficiarios de la transición democrática que alcanzamos con tanto sacrificio, atentan contra el ejercicio democrático, y lo vuelven una partidocracia perniciosa. En Venezuela el triunfo incuestionable alcanzado por Chávez en la consulta popular a la que convocó le permitirá perpetuarse indefinidamente en el poder. Y eso, que es antidemocrático, lo consiguió por un medio democrático, pues democrático es el procedimiento del plebiscito o referéndum.
 
Se llega así al absurdo de una dictadura democrática, o una democracia dictatorial, según se vea. Y cobra otra vez vigencia el cuentecillo según el cual una balsa llena de venezolanos llegó a playas cubanas. “Venimos huyendo de la dictadura” —dijeron a los asombrados cubanos que los recogieron—. Exclamó uno, estupefacto: “¡Pero si aquí vivimos también en una dictadura!”. “Sí —replicó uno de los venezolanos—. Pero ustedes ya van saliendo, y nosotros apenas estamos comenzando”...
 
Viene ahora el tremebundo cuento que anuncié ayer: “La línea del amor”. Las personas que no gusten de leer cuentos tremebundos deben saltarse en la lectura hasta donde dice: FIN...
 
Simpliciano, muchacho candoroso, iba a casarse. Ingenuo como un niño, cándido igual que una doncella, ignoraba todas las cosas de la vida. Su padre se preocupó bastante: pensó que su retoño no sabría qué hacer la noche de sus nupcias. Si el señor hubiese leído “Dafnis y Cloe”, bucólica novelita escrita por el griego Longo, se habría ahorrado la preocupación. Esa obra enseña que la naturaleza se las arregla siempre para salirse con la suya por encima de toda ineptitud humana. Lo que Salamanca no da, Natura presta. El padre de Simpliciano, sin confiar ni en la naturaleza ni en su hijo, dispuso un artificio tendiente a suplir la falta de conocimientos del muchacho. Se consiguió un par de walkie-talkies, aparatos portátiles de comunicación; le dio uno a Simpliciano y le dijo que lo encendiera al empezar el trance del connubio y lo pusiera abajo de la almohada, de modo que su novia no lo viera. A través del radio él le iría diciendo desde la habitación vecina lo que debía hacer. Comenzó, en efecto, la noche de las bodas. “Abraza a la muchacha, y bésala” —le dijo el señor a Simpliciano—. Gustosamente obedeció el muchacho. “Desvístela, y desvístete tú” —siguió instruyendo el genitor—. El desposado acató la orden, con mayor gusto aún. “Ahora —le dice el padre—, dale lo que tú y yo tenemos”. Obediente, Simpliciano le dio a su mujercita el walkie-talkie...
 
FIN.