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sábado, 23 de febrero de 2013

Ahora sí hay Presidente

De politica y cosas peores

Esta columnejilla empieza hoy con un cuento subido de color. Las personas a quienes no les gusten los colores subidos deben omitir su lectura, y empezarla en la parte donde dice: “La buena noticia es que ahora sí hay Presidente. La mala noticia es que ahora sí hay Presidente”…

Un inglés, un irlandés y un escocés fueron a jugar golf con sus esposas. Los escoceses, ya se sabe, tienen fama de ser demasiadamente ahorrativos. Sucedió que una súbita ráfaga de viento le levantó la falda a la esposa del inglés, y se vio que la señora no traía nada abajo. “Es que no me das para que me compre ropa interior” –le explicó la mujer a su marido. El británico sacó la cartera y le dio dinero a su esposa para que la comprara. Sopló otra vez el viento, y le levantó el vestido a la irlandesa. También ella iba absolutamente ventilada en la región de la entrepierna. Le dijo lo mismo a su marido: no llevaba ropa íntima porque él no le daba con qué adquirirla. El irlandés se llevó la mano al bolsillo, sacó unos billetes y se los entregó a su cónyuge para que se comprara ropa y no fuera a sufrir algún accidente de hiperventilación. Una nueva ráfaga le alzó la falda a la esposa del escocés. “Begorrah! –exclamó el hombre-. ¿Por qué no traes calzones, woman?”. Respondió ella: “Porque tú no me das para comprarlos”. El escocés se llevó la mano al bolsillo y sacó un peine. Le dijo a su mujer: “Por lo menos ponte presentable”…

La buena noticia es que ahora sí hay Presidente. La mala noticia es que ahora sí hay Presidente. No incurrirá en falso testimonio quien diga que Felipe Calderón no gobernó. Si al paso de los años preguntara alguno: “¿Cuándo fue Presidente Calderón?”, la respuesta obligada sería: “Nunca”. En el curso del sexenio calderonista los gobernadores actuaron como se les pegó la gana. Se instauró un “feuderalismo” por el cual cada gobernador hizo de su estado un feudo o coto particular donde sólo su voluntad privaba. Calderón, encerrado en sí mismo y rodeado de incondicionales, dejó hacer y dejó pasar. El resultado fue un absoluto desmadre, si me es permitida esa ática expresión. Con el regreso del PRI ha vuelto el sistema presidencialista, y otra vez la autoridad se ejerce desde el centro. Ya se ha notado el ejercicio de ese control central. El último caso en que lo vimos fue con motivo del zipizape habido entre Beltrones y el guerrerense Aguirre. Fue suficiente una vaga alusión presidencial para que los dos belicosos personajes acallaran sus gritos pugnaces y se avinieran a la conciliación. Eso es bueno, pues en esta república de chómpiras es necesario que alguien ponga siquiera un viso de orden. El restablecimiento de ese control presidencialista, sin embargo, entraña el riesgo del autoritarismo si de él deriva el surgimiento de una sola voluntad omnímoda que todo lo determine y lo decida todo en el país. Eso no sólo sería retroceder: también sería volver hacia atrás…

En la antesala del laboratorio de exámenes clínicos el pequeño Juanilito lloraba desconsoladamente. Le preguntó Pepito: “¿Por qué lloras?”. Respondió Juanilito entre sus lágrimas: “Me hicieron un examen de sangre, y con una aguja me picaron el dedito”. Al oír eso Pepito rompió en gemidos desgarrados. Le preguntó, asustado, Juanilito: “¿Por qué lloras así?”. Y contestó Pepito sollozando: “¡A mí me van a hacer un examen de orina!”…

Aquella línea aérea se enorgullecía de la puntualidad de sus vuelos. Su lema era: “La Northern Arrow siempre sale a tiempo”. Cierto día un niñito que viajaba con su mamá le preguntó a la señora: “Mami: si los gatos tienen gatitos, y los perros tienen perritos ¿por qué los aviones no tienen avioncitos?”. La señora no supo qué contestar. El chamaquito repitió con tanta  insistencia la pregunta que hizo que la madre se desesperara y lo reprendiera levantando la voz. Acudió una de las azafatas a ver qué sucedía, y la señora le explicó: “Es que mi hijo me preguntó por qué, si los gatos tienen gatitos y los perros tienen perritos, los aviones no tienen avioncitos. No supe qué contestar. Insistió él, y me desesperé yo. ¿Acaso usted podría responder a esa pregunta?”. “Pienso que sí –replicó la muchacha-. En nuestro caso los aviones no tienen avioncitos porque la Northern Arrow siempre sale a tiempo”…  (No le entendí)…

FIN.

martes, 12 de febrero de 2013

La renuncia de Ratzinger

De politica y cosas peores

Don Languidio padecía debilidad crónica de la entrepierna. ¡Desdichado señor! ¡Un centilitro de las miríficas aguas de Saltillo habría bastado para hacer de él un poderoso másculo capaz de dar cumplida cuenta, en una misma noche, de todo un serrallo, gineceo o harén! Su esposa lo hizo ir a la consulta de un reconocido médico especialista en males de varón. Le dijo el facultativo: “Puedo practicarle una sencilla intervención quirúrgica que lo dejará convertido permanentemente en un poderoso garañón. La operación cuesta 5 mil dólares, pero doy una garantía. Lo que no doy son recibos”. “Hablaré acerca de esto con mi esposa” –dijo don Languidio. Al día siguiente llamó por teléfono al doctor: “Dice mi señora que con ese dinero mejor se va a ir una semana con sus amigas a Las Vegas”…

Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, vio a su suegra muy atareada buscando algo. “¿Qué busca, suegrita?” –le preguntó con melifluo tono más falso que busto de vedette. “Busco la escoba—respondió la suegra—. No la puedo hallar”. “Ya no busque —le dice, obsequioso, el tal Capronio—. Llévese mi coche”…

Benedicto XVI es un Papa extraordinario. Teólogo eminente, escritor notable, es una de las más altas voces de nuestro tiempo y nuestro mundo. Su labor trasciende el ámbito de lo meramente religioso.

Desde el momento mismo de su asunción al trono de San Pedro hubo de cargar una mortificadora cruz: la continua comparación que se hacía de él con su carismático predecesor, Juan Pablo, personaje brillantísimo, dueño de excepcionales prendas físicas y de maravillosas dotes para la comunicación. Ratzinger, en cambio, es un hombre más de estudio que de acción; no convoca multitudes; tiende más bien a la reflexión, y va por caminos de ortodoxia. Sus posturas conservadoras le han atraído ásperas críticas; se le ha juzgado retrógrado, inquisitorial. Sin embargo mantuvo intacto el depósito de la fe, y sus obras han enriquecido grandemente el acervo doctrinario de la Iglesia. Su mayor aportación, sin embargo, es la renuncia que en forma inesperada anunció ayer. Graves, gravísimos motivos debe haber tenido para hacer esa renunciación que lo pone en la lista de los muy pocos Papas que en el curso de la historia de la Iglesia han abdicado de su cargo. De inmediato se oyeron voces de reproche; se le comparó –otra vez- con Juan Pablo, quien pese a terribles quebrantos de salud, y a los achaques de la ancianidad, se mantuvo en su puesto hasta el final.

Recordamos con tristeza la figura de Karol Wojtyla en los últimos tiempos de su vida, doblegado por el peso de los años y de los sufrimientos físicos. Tuvo una penosa ancianidad, y fue difícil su paso hacia la muerte.

No sabemos los males, presentes o futuros, del cuerpo o de la mente, que llevaron a Benedicto a que en conciencia se preguntara si podía seguir conduciendo con eficacia y tino la nave de la Iglesia. Su postura, entonces, es de humildad. Por encima de su persona pone el bien de la milenaria institución que tiene a su cuidado. Numerosos católicos hemos estado en desacuerdo con algunas de las posturas asumidas por Joseph Ratzinger. Todos, sin embargo, habremos de reconocer la grandeza que hay en este rasgo de desprendimiento. Por diversos motivos he admirado al Papa Benedicto. Ahora lo admiro mucho más…

Pepito le propuso a Rosilita: “Juguemos al marido y la mujer”. “Ahora no —respondió la pequeña—. Me duele la cabeza”.

“¡Oye! —protestó Pepito—. ¡No le pongas tanto realismo al juego!”…

Astatrasio Garrajarra llegó al bar donde solía hacer sus libaciones y le pidió al cantinero un whisky doble. Le dijo que se lo sirviera aprisa, pues había dejado a su esposa en el auto, y la noche era tremendamente fría. El tabernero le sirvió la copa, y Garrajarra la bebió. Pero en seguida pidió otra, y otra, y otra, y otra más. El hombre de la cantina se preocupó, pues recordó que Astatrasio había dicho que su mujer estaba en el automóvil, y la temperatura era de bajo cero. Fue al estacionamiento y ¿qué vio? ¡A la mujer de Garrajarra en el asiento de atrás del coche, en ilícito consorcio adulterino con Afrodisio Pitongo, amigo cercano de Astatrasio! Regresó el cantinero y le dijo a éste: “Creo que deberías ir a ver lo que está sucediendo en tu automóvil”: Intrigado, Garrajarra fue al estacionamiento. Volvió poco después con una gran sonrisa. “¡Ah, ese Afrodisio! —dijo en tono de bula—. ¡Está tan borracho que cree que soy yo!”…

FIN.

sábado, 9 de febrero de 2013

La ley del talión

De politica y cosas peores

El director de cine Michael Winner le comentó a Charles Bronson, aquel actor con rostro de fierro corrugado: “Acabo de leer un libro que podría servir para hacer un film extraordinario. Trata de un ciudadano común y corriente que, harto de la ineficiencia de la policía, se dedica a matar delincuentes”. “Me gustaría hacerlo” –dijo Bronson. Preguntó el cineasta: “¿Te gustaría hacer el film?”. “No —respondió el actor—. Me gustaría matar delincuentes”. Esa película —“Death wish”— se hizo, y fue un rotundo éxito: el público se sintió identificado con el hombre ordinario, víctima indefensa de los criminales, que tomaba las armas contra ellos y se hacía justicia por su propia mano. Ciertamente todos llevamos en nosotros el oculto deseo de dañar a quienes nos han hecho daño. La ley del talión tiene en el mundo de los hombres la misma fuerza que en el mundo de la física tiene la ley de la gravitación universal. Han surgido en Guerrero grupos armados cuyos integrantes se constituyen al mismo tiempo en fiscales, jueces, jurados y verdugos. La autoridad negocia con ellos sin considerar que esos ciudadanos, aparentemente justicieros, pueden incurrir en delitos semejantes a los de aquéllos a quienes persiguen. La Teoría Política prescribe que el Estado tiene el monopolio de la fuerza legítima. No puede abdicar de ella, o ceder su uso a los particulares, so riesgo de introducir en las relaciones sociales graves gérmenes de violencia e inseguridad.

Dejemos los vengadores solitarios para el cine, y contribuyamos todos, con nuestra participación de ciudadanos responsables, a que la fuerza del Estado se ejercite en forma legal, eficiente y oportuna, de manera que nadie quiera tomar en sus manos la ley y la justicia…

Con lo dicho anteriormente he cumplido mi deber de orientar a la República. Puedo entonces dedicar sin contrición alguna el resto de mi espacio a narrar unas cuantas historietas de humor lene que permitan a mis cuatro lectores aliviar la pesadumbre de aquel ciceroniano apóstrofe…

Doña Macalota llegó a su casa y encontró a su casquivano esposo, don Chinguetas, en el lecho conyugal con dos estupendas muchachonas, una morena y una rubia. “¡Chinguetas! —rebufó la señora en paroxismo de iracundia—. ¿Qué haces?”. Calmoso replicó el cínico marido: “Al pie del altar te prometí que estaría contigo en las buenas y en las malas. Éstas son las buenas”…

Doña Jodoncia, la fiera cónyuge de don Martiriano, le contó a su vecina: “Le di 200 pesos a un pobre hombre que me los pidió de caridad”. Opinó la vecina: “200 pesos es mucho dinero para darlo de limosna. ¿Qué dijo tu marido?”. Responde la anfisbena: “Dijo con voz humilde: ‘Gracias’”…

Pepito le informó a su papá que la maestra lo había sacado del salón. “¿Por qué?” –quiso saber el señor. Explica el niño: “Me preguntó cuántas son 3 por 5, y yo le dije: ‘15’. Luego me preguntó cuántas son 5 por 3”. “¡Joder! —se encrespó el padre—. ¿Y dónde está la chingá diferencia?”. “Yo le dije exactamente lo mismo —explica Pepito—. Por eso me sacó del salón”...

Era una noche fría, y el señor y su esposa estaban acurrucados en la cama viendo un programa de televisión. De pronto el hombre le dio a su mujer un apretoncito en el pie.

“¡Ah! —exclamó ella—. ¡Eso se sintió sabroso!”. “Qué bueno —dice el marido—. Pero la verdad es que creí que era el control de la tele”…

Tres niñitas, una inglesa, la otra norteamericana y la tercera francesa, estaban de vacaciones con sus padres en una playa del Caribe. Pasaron frente a un bungalow que tenía la ventana abierta, y vieron a una pareja de casados en pleno trance erótico. “¿Qué hacen?” –preguntó muy intrigada la inglesita. Dice la pequeña norteamericana: “Están haciendo el amor”. Añade la niña francesa: “Y muy mal”…

Doña Crasa era muy robusta, por no decir que gorda. Una de sus amigas, preocupada, le recomendó: “Deberías hacer alguna dieta”. Contesta la regordeta dama: “Estoy haciendo la del abecedario”. Preguntó con interés la amiga: “¿Cómo es la dieta del abecedario?”. Responde doña Crasa. “Solamente como los alimentos cuyo nombre empieza con cualquiera de las letras del abecedario”…

Le dice un tipo a otro: “Mi proctólogo se enojó conmigo, y ya no quiere atenderme”. “¿Por qué?” –pregunta el amigo. Responde el individuo: “El otro día me estaba examinando, y sin querer se me escapó el nombre de otro proctólogo”…

FIN.

miércoles, 6 de febrero de 2013

‘A un panal de rica miel…’

De politica y cosas peores
 
Viagra y suplemento vitamínico de hierro. Don Chinguetas, señor de edad madura, cometió el error de tomar esas dos sustancias al mismo tiempo, y ahora anda con la ésta apuntando continuamente hacia el Norte…
 
El padre de Pepito quiso darle a su desfachatado crío una lección moral. Le dijo: “George Washington, siendo niño, cortó con un hacha un árbol de cerezo que había plantado su papá, y de inmediato confesó su falta. ¿Sabes, entonces, por qué no lo castigó su padre?”. “Sí —responde el chiquillo sin dudar—.

Porque todavía tenía el hacha en la mano”…
 
Don Añilio, el señor que discretamente cortejaba a Himenia Camafría, madura señorita soltera, le preguntó una tarde, mientras los dos bebían en la casa de ella un té de yerbadulce u orozuz con galletas Marías (la señorita Himenia las llamaba “pastas”): “Si alguna vez usted y yo nos casáramos, amiga mía, ¿qué fecha del calendario le gustaría para llevar a cabo nuestros desposorios?”. Contestó de inmediato la señorita Himenia: “El 21 de diciembre”. “¿Por qué?” –inquirió el senescente caballero. Explicó la señorita Camafría: “Porque es la noche más larga del año”…
 
“A un panal de rica miel dos mil moscas acudieron…”. ¿Saben mis cuatro lectores cuántas notificaciones para el registro de nuevos partidos se presentaron ante el Instituto Federal Electoral? ¡Cincuenta! Risum teneatis, amici? ¿Podéis contener la risa, amigos? Ese crecido número se explica si se consideran las jugosas prerrogativas que ofrece a los concesionarios del poder político una legislación electoral hecha por los partidos para los partidos.

Quien logra el registro de unas siglas partidistas se convierte automáticamente en millonario. No necesita haber trabajado un solo día, y ya no tendrá que trabajar el resto de su vida. De ahí el marcado interés que muchos muestran en la política. Por lo menos en 48 de esos 50 casos no se trata de civismo: se trata de pancismo. Lo dicho: “A un panal de rica miel dos mil moscas acudieron…”. Y ya no digo más, porque estoy muy encaboronado…
 
El galán con quien esa noche salió la pizpireta Pirulina se sorprendió al ver que la muchacha llevaba un cinto en los tobillos. “¿Por qué lo traes ahí?” –le preguntó asombrado. Explica ella con una sonrisa: “Es que mi mami me hizo prometerle que no dejaría que me tocaras más abajo del cinto”…
 
Un lugareño fue a la oficina de Correos de su pueblo y preguntó por el código postal de Kote, Florida.

El encargado buscó en vano ese nombre en los registros y el mapa de ese estado. Después de mucho batallar cayó en la cuenta de que la ciudad a que se refería el individuo era Tampa. (No le entendí)…
 
Un cazador iba por lo más espeso de la jungla africana, ahí donde la mano del hombre no ha puesto nunca el pie. En eso le salieron al paso dos feroces leones de melena negra. El cazador alzó su rifle y accionó el gatillo. ¡Horror, el arma estaba encasquillada, y no disparó! El hombre, entonces, echó a correr a toda su velocidad. Le dice uno de los leones al otro: “Permíteme un momentito, por favor. Nunca puedo resistir la comida rápida”…
 
Aquella muchacha tenía unas piernas cipresinas, largas y finas como las de Cyd Charisse, la actriz y bailarina a la que Cabrera Infante llamaba “la Cyd Campeadora”. Las golosas miradas masculinas iban siempre hacia las bien torneadas piernas de la chica. Y comentaba ella, perpleja: “No sé por qué los hombres nos miran tanto las piernas a las mujeres, si luego es lo primero que hacen a un lado”…
 
Una jirafa entró en un bar, se sentó en uno de los banquillos de la barra y pidió un tequila doble.

El cantinero y los parroquianos se le quedaron viendo, estupefactos. “¿Por qué me miran así? —preguntó desconcertada la jirafa—. Ya cumplí los 21 años”…
 
Babalucas fue a cobrar un cheque. Le pide la cajera: “¿Tiene usted alguna identificación?”. “Sí —contesta el badulaque—. Un lunar en la nalga izquierda”…
 
Don Astasio entró en la recámara y sorprendió a su esposa en los brazos de un desconocido.

Antes de que el mitrado marido pudiera pronunciar palabra le dijo la señora con tono de reproche: “Tú tienes la culpa. Me dejas sola demasiado tiempo”. Replica don Astasio, gemebundo: “¡Pero si sólo fui a la cocina a traer un vaso de agua!”…
 
FIN.

martes, 5 de febrero de 2013

Lo mejor del Super Bowl

De politica y cosas peores

Una mujer de prominentes atributos posteriores llegó al Nacional Monte de Piedad, y ante el asombro del encargado de valuar las prendas puso las unánimes pompas en la ventanilla. “No vengo a empeñarlas –le dijo con naturalidad al valuador-. Sólo quiero que me las valúe, para saber su posible precio en el mercado”…

Pepito y su amigo Juanilito estaban en el parque. Frente a ellos pasaron dos muchachonas de exuberante anatomía y sinuosos movimientos serpentinos. Le dice Pepito a Juanilito: “¿Sabes qué? Estoy empezando a sospechar que en la vida hay algo más que tabletas, play station y futbol”…

Había una chica de esas que, dice la conocida frase, tienen cuerpo de tentación y cara de arrepentimiento. Le decían La Camarona, porque quitándole la cabeza todo lo demás estaba buenísimo.

Tiempo después le cambiaron el apodo por La Beisbolista. Cometió un error, y se le llenó la casa…

En el campo nudista charlaban dos hermosas féminas cuyos espléndidos encantos atraían la atención de todos los másculos presentes. Le dice con disgusto una a la otra: “¡Odio a los hombres que te visten con la mirada!”…

Nalgarina y Pomponona tenían mucho en qué sentarse. Y sin embargo en el bar le dijo Pomponona a Nalgarina: “Tomemos nuestras copas en la barra, y de pie. Si nos sentamos ocultaremos la mercancía”…

Rosibel, la guapa secretaria de don Algón, era dueña de una extraordinaria pechonalidad. A su lado Jayne Mansfield, la más prominente pechugona del cine americano, podía considerarse despechada, y Dolly Parton una tábula rasa. Don Algón llevó a la oficina a su hijo recién salido de la universidad, y mostrándole de lejecitos a Rosibel le anunció poniéndole una mano sobre el hombro: “Hijo mío: ahora que yo me retire todo eso será tuyo”. (Y es fama que el muchacho ni siquiera preguntó: “¿Y la Cheyenne, ’apá?”)…

Me he dado cuenta, columnista, de que los chascarrillos que has contado son variaciones sobre el mismo tema. Todos versan sobre las atractivas prendas corporales de la mejor mitad del género humano: la mujer. ¿A qué se debe ese denominador común? Voy a decirlo. Disfruté mucho el Super Bowl. El juego final entre San Francisco y Baltimore estuvo tan lleno de rasgos únicos, de extraordinarios incidentes, que es muy probable que ese partido sea el más raro e interesante de todos los que se han jugado en la historia del Súper Tazón. Un dramático final; los insólitos errores cometidos; el sensacional regreso de 108 yardas; el hecho de que dos hermanos fueran los head coaches de los equipos rivales; incluso el extrañísimo suceso del apagón en el estadio, que causó la suspensión más larga —33 minutos— en un juego; todo eso hizo de este partido un hito en la gran crónica del futbol americano.

Habrán de disculparme los aficionados, sin embargo, si digo que lo mejor del Super Bowl fue Beyoncé.

Antes de razonar mi dicho haré una digresión de carácter estrictamente filológico. Las palabras están ya tan gastadas por el uso que para expresar el cabal sentido de algo hay que decir dos veces el vocablo que lo nombra. “Quiero café café” –repetimos para significar nuestro deseo de beber un auténtico café (como el de La Parroquia, en Veracruz), y no un sucedáneo de café. En el mágico pueblo de Santiago, Nuevo León, había un lugareño a quien la gente llamaba la Perolona, porque vendía grandes bolsas de las cuales decía: “Son de lona”. Y enfatizaba en seguida: “Pero lona”. Pues bien: Beyoncé Knowles es una mujer mujer. Lo es no porque tenga una munificente carnadura que me hizo recordar a las espléndidas divas de mi primera juventud: Ninón Sevilla, Meche Barba, Rosa Carmina, María Antonieta Pons. ¡Ah, aquellas grupas mayestáticas! ¡Oh, aquellos basilicales muslos! ¡Y aquellos tetámenes ubérrimos, y aquellas cinturas de palmera, y aquellos ojos que al mirar le decían al varón: “Date por muerto”! Todo eso tiene aquella magnífica señora, Beyoncé. Pero es “mujer mujer” principalmente porque posee talento, inteligencia, gracia, y sentido de la propia libertad. Cuerpo y espíritu, en resumen.

¿Puede haber combinación mejor? Ni carne sin alma ni alma sin de dónde agarrarse uno. “Barro para mi barro y azul para mi cielo”, decía Ramón López Velarde hablando de su mujer ideal. Que me perdonen, pues, los aficionados al deporte de las tacleadas, pero lo mejor del Super Bowl 47 —mucho mejor que el regreso de 108 yardas— fue Beyoncé. ¡Viva la vida!...

FIN.

domingo, 3 de febrero de 2013

La vida pone en aprietos

De politica y cosas peores

El señor Verdines era ecologista. Se preocupaba por el medio ambiente, y más aún por el ambiente entero. Cierto día vio que su mujer estaba poniéndose en las axilas un desodorante de aerosol. Con acento de severidad le dijo: “¿Y el ozono?”. Respondió la señora: “También ahí me voy a poner”…

“¡Feliz año nuevo!” —gritó en la cantina Empédocles Etílez, beodo profesional. “¿Feliz año nuevo? —le dijo el de la taberna—. Amigo: ya estamos en febrero”. “¡Febrero! —se asombró el tal Etílez—. ¡Uta, la que me va a poner mi mujer cuando llegue a la casa!”…

El cancionero entonó en el restorán aquella sentida canción yucateca que dice: “Tengo un pájaro azul…”. La señorita Himenia Camafría le dijo al oído a su amiguita Solicia Sinpitier: “Pobre hombre. Ha de ser por falta de circulación”…

El juez de los divorcios le preguntó a la mujer: “¿Qué edad tiene usted?”. “35 años” —respondió ella. El juzgador clavó en la demandante una mirada severa y la reconvino luego: “Señora: acabo de ver su acta de nacimiento, y el documento muestra que tiene usted 50 años de vida”. Contesta ella: “Señor juez: a los 15 años que pasé con mi marido ¿los llama usted vida?”…

En la Ciudad de México una dama de la noche deambulaba por la avenida Insurgentes, y se topó con una compañera de oficio. “¿Qué haces? —le preguntó la amiga con sorpresa—. Nunca te había visto por aquí”. Explica la sexoservidora: “Se casó mi hija, y de regalo de bodas le di el Paseo de la Reforma”…

Dos socios financieros veían en la pantalla cómo sus acciones en la Bolsa se iban desplomando. Uno de ellos estaba nerviosísimo; sudaba y se mesaba los cabellos con desesperación. El otro, en cambio, mantenía las manos en los bolsillos. “¡Eres un inconsciente! —le reclama el primero al segundo—. ¡Yo aquí, arrancándome los pelos, y tú con las manos en los bolsillos!”. Replica el otro: “Estoy haciendo lo mismo”…

Jactancio, sujeto elato, presumido, le dijo a la linda chica: “¿Crees en el amor a primera vista, o debo pasar otra vez?”…

Afrodisio Pitongo, galán proclive a la carnalidad, comentó a propósito de una de sus antiguas novias: “Tenía una sonrisa encantadora. Sonreír era la segunda cosa mejor que con la boca podía hacer”…

En la fiesta la elegante dama le dijo a uno de los invitados: “Al verlo me parece estar viendo a mi tercer marido”. Inquirió el otro: “¿Cuántas veces se ha casado usted?”. Responde ella: “Dos”…

El jefe de personal entrevistaba a la curvilínea chica que pedía el puesto de secretaria. Le preguntó: “¿Tiene usted alguna habilidad especial?”. “Sí —respondió ella—. Soy muy buena para el sexo”. “Ejem… —vaciló el hombre—. Quiero decir, alguna habilidad especial en la oficina”. “Precisamente —confirmó la chica—. Casi siempre lo hago en la oficina”…

El famoso escritor recibió por mensajería un boleto para la comedia musical de moda. La tarjeta que acompañaba al obsequio decía escuetamente: “De parte de una admiradora”. “Tendré que ir” —le dijo el literato a su mujer. Ella se molestó: “¿Vas a ir solo?”. Arguyó el hombre: “Viene un boleto nada más, y he leído que las localidades para la función de hoy están totalmente agotadas”. Se fue, pues, el escritor a disfrutar el espectáculo. Apenas había salido cuando sonó el teléfono en su casa. Contestó la señora, y una voz de hombre le preguntó: “¿Cómo están las cosas?”. “Puedes venir —respondió ella—. Cayó”…

La maestra le dijo a Pepito: “A cualquier cosa que yo te pregunte deberás contestar de inmediato. A ver, dime: ¿cuántas son 33 por 33?”. Responde Pepito: “¡De inmediato!”…

Tres parejas de casados pasaron a mejor vida el mismo día, y llegaron al mismo tiempo al Cielo. Le preguntó San Pedro al hombre de la primera pareja: “¿Cómo te llamas?”. “Edelvino” —respondió el señor. “Lo siento —dijo el portero celestial—. No puedo dejar que entre en el Cielo alguien cuyo nombre hace pensar en bebidas alcohólicas. Tendrás que irte de aquí junto con tu esposa”. Llamó San Pedro a la segunda pareja y le preguntó su nombre al esposo. “Me llamo Eudoro” —contestó él. “Lo siento —dijo otra vez el apóstol de las llaves—. No puedo permitir que entre en la morada de la eterna bienaventuranza alguien cuyo nombre hace pensar en el oro. Deberás marcharte de aquí junto con tu mujer”. La esposa del tercer individuo se vuelve hacia su marido y le dice preocupada: “Creo que estamos en dificultades, Próculo”…

FIN.

domingo, 20 de enero de 2013

Casos y cosas naturales

De politica y cosas peores
 
La noche de bodas iba a comenzar. De repente la anhelosa novia estornudó. Su maridito le dijo: “¡Salud!”. “Oye —se molestó ella—, ¿venimos a platicar o a hacer lo otro?”…
 
En Estados Unidos los investigadores hablan de una enfermedad que paraliza a muchas mujeres de la cintura para abajo. Se llama “matrimonio”…
 
Meñico Maldotado, infeliz joven a quien la naturaleza regateó sus dones en la parte varonil, fue con Pirulina, damisela con mucha ciencia de la vida, a un discreto motelito. Maldotado se mostró al natural ante su sabidora compañera. Ella le vio la correspondiente parte y luego dijo: “¡Mira qué linda! ¿Qué quiere ser cuando crezca?”…
 
Casha Lotta, actriz de teatro entrada en años, estaba algo pasada de peso, por no decir que era muy gorda. A pesar de su edad y sus arrobas seguía haciendo papeles de dama joven, entre ellos el de Margarita Gautier, la pálida heroína de Dumas. En cierta ocasión la compañía donde actuaba Casha representó “La dama de las camelias” en un villorrio del norte. Llegó la escena en que el enamorado Armando Duval, llamado con urgencia por su padre, debía ir a su pueblo. Le dice con desolado acento a Margarita: “¿Cómo puedo llevarte conmigo, amada mía?”. Se escuchó el grito de un pelado: “¡En dos viajes, cuñao!”…
 
El pirata Hook —ese que en el brazo derecho lleva un gancho en vez de mano— se hallaba en una playa de moda tomando el sol con su mujer. Frente a ellos pasó una estupenda rubia cubierta sólo por brevísimo bikini, y en cuyo cuerpo escultural se veía profusión de esparadrapos, vendoletas y curitas. La fiera esposa de Hook clavó en él una mirada inquisitiva. Y balbuce, temeroso, el pirata del gancho: “¡Te juro que ni siquiera la conozco!”…
 
Doña Macalota tomaba lecciones de canto. Iba a ofrecer su primer recital, y para eso ensayó algunas canciones , entre ellas “Ciribiribin”, “After the ball”, y aquella que dice: “Alas tener quisiera, / como las mariposas, / y volar de flor en flor, / embriagándome de amor…”. Había un problema, sin embargo: tan pronto ella empezaba sus gorjeos —especialmente en “Ciribiribin”— el perro de la casa rompía a aullar desgarradoramente. Don Chinguetas, el marido de doña Macalota, le dijo con impaciencia a su mujer: “¿Qué no sabes algunas canciones que el perro no se sepa?”…
 
La parejita llegó a registrarse en el hotel. El encargado le preguntó al muchacho: “¿Cuál va a ser su forma de pago?”. “Ninguna —responde él—. Estamos casados”…
 
Solicia Sinpitier, madura señorita soltera, vio en el escaparate de la tienda un letrero que decía: “¡Hoy! ¡Gran venta de empleados!”. Entró apresuradamente y le dijo con ansiedad a la chica que la atendió: “¡Quiero aquel morenito de bigote!”…
 
La esposa de Babalucas se sorprendió al verlo vistiendo una capa de Superman y otra de Batman, y con un bote de pintura y una brocha. Le explica el tonto roque: “Las instrucciones dicen que con dos capas se obtienen mejores resultados”…
 
Pocos días después de Navidad los papás de Pepito lo llevaron a la iglesia. El chiquillo vio una imagen del Cristo de la Misericordia y preguntó: “¿Quién es?”. Le respondió su papi: “Es Jesús”. “¡No manches! —replicó Pepito—. ¿Tan rápido creció?”…
 
Un mono de nieve le dijo a otro: “¿No percibes un olor así como a zanahoria?”…
 
Uglicia, mujer poco agraciada, viajaba en tren, y le tocó dormir en la litera de arriba. En la de abajo iba un hombre que roncaba sonoramente, tanto que Uglicia no podía conciliar el sueño. Desesperada, le habló al hombre para despertarlo: “Señor… Señor…”. “Ni lo pienses —le dijo el incivil sujeto—. Te vi cuando subimos al tren”…
 
Una ratoncita iba con su ratoncito, y vieron venir un gato blanco. “Vámonos —le dijo con prontitud la ratoncita al ratoncito—. También éstos son de mala suerte”…
 
La esposa de Avaricio Cenaoscuras, hombre ruin y cicatero, logró hacerse de un billete de 500 pesos. Temerosa de que su marido se lo encontrara tuvo la ocurrencia de ponerse el billete en la entrepierna. Le aconteció un accidente desgraciado, sin embargo: ya no se lo pudo sacar de ahí. Llena de alarma le contó a su marido lo que le había pasado, y le pidió que la llevara a una clínica. Al día siguiente Cenaoscuras fue a preguntar por su mujer. La enfermera encargada le preguntó a su vez: “¿Su esposa es la señora a la que se le fue por ahí un billete de 500 pesos?”. “Así es” —respondió don Avaricio. Le informa la enfermera: “No ha tenido ningún cambio”…
 
FIN.

sábado, 19 de enero de 2013

jueves, 17 de enero de 2013

Señalado por la sangre

De politica y cosas peores
 
El guía del museo antropológico les mostró a los niños un diorama en el cual aparecían hombres y mujeres de la Edad de Piedra. Les dijo: “Durante millones de años el hombre de Neanderthal no anduvo erecto”. “Me lo explico -le comentó en voz baja Pepito a Juanilito-. ¿Ya viste a la mujer de Neanderthal?”...
 
Yo también me explico la actitud de quienes protestaron por la presencia de Felipe Calderón en Harvard. Algunas cosas buenas hizo el michoacano, pero quedó señalado de manera indeleble por la sangre que corrió durante su sexenio. Caso semejante es el Díaz Ordaz. Muchos lo consideran uno de los mejores Presidentes que México ha tenido en la época moderna, y sin embargo todo lo que hizo desaparece ante la mancha del 68. Igual, me temo, sucederá con Calderón. Se olvidarán sus buenas obras -ya se han olvidado-, y se le recordará como el Presidente de las muertes, de la muerte. Un observador sereno e imparcial podrá citar logros incuestionables del panista: la estabilidad económica, los programas sociales en beneficio de los pobres, etcétera. Pero en la memoria colectiva permanecerá la enorme cifra de muertos y desaparecidos que hubo durante su mandato. Se piensa que por causa de Calderón y de su desatinada guerra millones de mexicanos perdimos -y quizá ya no recobraremos nunca- la paz y la tranquilidad en que vivíamos. La inseguridad es tal que la vida se nos ha vuelto una aventura peligrosa. Así las cosas, el saldo sangriento de estos años prevalecerá sobre cualquier otra imagen, y constituye ya el juicio final sobre el ex Presidente. Fue esa sombra la que se proyectó sobre la admisión de Calderón, aun como huésped transitorio, en la Universidad de Harvard.
 
Se le recibe en forma vergonzante, como a invitado incómodo, en medio de balbuceantes explicaciones tendientes a paliar lo más posible los malos efectos que para la inmaculada imagen harvardiana pudieran derivar del paso del combatido personaje por su sagrado campus. Me pregunto cómo se las arreglarán aquellos solemnes profesores para deshacerse de esa ingrata presencia. Y otra pregunta me hago: ¿cuál es la capital de Dakota del Sur?...
 
Meñico Maldotado era un pobre joven con quien se mostró avara la naturaleza. En la región de la entrepierna tenía 5 centavos de canela, y mal despachada. Tan escaso capital poseía en esa parte que una vez estuvo con una chica del talón. Cuando ella lo vio al natural le propuso: “¿Qué te parece si nos saltamos hasta lo del cigarrito?”. Y es que Meñico le había dicho que primero disfrutarían el acto del amor y luego se fumarían un cigarro. (En otros tiempos las tres mejores cosas de la vida solían ser una copa antes y un cigarrito después. Ahora, para no acortarse la vida, muchos suprimen lo del cigarrito). Pues bien, sucedió que en cierta ocasión Meñico Maldotado entró en un bar. El cantinero y los parroquianos se sorprendieron al verlo, pues el recién llegado traía un avestruz atado a una cadenita, como si fuera un perro. Pidió Meñico una cerveza para él y unos cacahuates para su exótica ave. El hombre de la cantina le preguntó, asombrado: “¿Podría decirme, señor, por qué viene con usted un avestruz?”. “Es hembra -precisó Maldotado-. Y la razón por la cual viene conmigo es una historia en verdad triste”. “Me gustaría oírla -dijo el barman-. Los cantineros somos especialistas en historias tristes”. “Ninguna más pesarosa que la mía” -se dolió Meñico. Y relató: “Ha de saber usted, amigo, que la naturaleza me escatimó sus dones en el renglón correspondiente al atributo varonil. Desde niño era yo la burla de mis amiguitos, que hacían ludibrio de mi escasa dotación en esa parte. Luego, ya joven, fui la irrisión de mis compañeros de escuela en los vestidores del gimnasio. ¿Y qué diré de mi presencia en el baño de vapor del club? Todos al verme rompían en estruendosas carcajadas. Cuando salía de ahí, las señoras, sabedoras por sus maridos de aquella insuficiencia mía, se reían entre sí y luego figuraban con índice y pulgar una medida mínima, como de un centímetro. Y aquí viene lo del avestruz hembra. Un día, en una tienda de antigüedades, compré una misteriosa lámpara. Al frotarla salió de ella un genio que me dijo: “Te concederé un deseo”. Ni siquiera lo pensé. Le pedí: ‘¡Quiero una polla grande!’. Y aquí estoy”...
 
FIN.

martes, 15 de enero de 2013

La estatua y la polémica

De política y cosas peores.
 
“Siempre consigo que mi mujer grite en el acto del amor”. Así le dijo Capronio a un amigo. “¿Cómo le haces? –se interesó el otro. Contesta el ruin sujeto: “Le hablo por el celular y le digo que lo estoy haciendo”…
 
Pepito le comentó a Rosilita: “Ahora sé que Santa Claus realmente existe”. “¿Cómo lo averiguaste?” –preguntó la niña. Responde el tal Pepito: “En Navidad, antes de irnos a dormir, mis papis le dejaron a Santa un vaso de leche y unas galletitas. Yo pensé que Santa ya está grande para eso, y le dejé una cerveza. Al día siguiente vi que se había tomado la mitad. Si mi papa fuera Santa Claus se la habría tomado toda, y luego habría ido a la tienda de la esquina por un six”…
 
Aquella señora hubo de pasar por una oscura calle, y ahí la asaltó un canalla que empezó a saciar en ella sus bestiales instintos de: l-. Lujuria. 2-. Libídine. 3-. Lubricidad. 4-. Lascivia y 5-. Libidinosidad. Al parecer al maldito le gustaba mucho la letra ele. Cuando se sintió atacada la mujer empezó a gritar con desesperación: “¡Estoy siendo robada! ¡Estoy siendo robada!”. “¿Robada? –se burló entre acezos su asaltante-. Querrás decir que estás siendo violada”. “No —replicó ella—. Con eso que tienes estoy siendo robada”…
 
En tiempos de la Segunda Guerra un navío de la armada mexicana encalló en una playa del Pacífico, muy cerca de Ensenada. El capitán responsable fue juzgado por una corte de tres jueces. El primero pidió para él prisión perpetua. El segundo fue más severo: demandó que se le aplicara la pena capital. El tercer juez superó a los otros en crueldad. Exigió para el culpable un castigo tan terrible que mi pluma se resiste a describirlo.

Esa sentencia fue la que finalmente se aplicó. Para cumplir su condena el capitán debía ir todos los días a la playa y sentarse en una silla frente al barco en desgracia. La gente que llegaba y miraba al navío ahí varado preguntaba invariablemente: “¿Quién sería el grandísimo pendejo que hizo encallar ese barco?”. El capitán debía ponerse en pie y contestar: “Fui yo”…
 
De nueva cuenta hay escándalo y revuelo por la estatua de Heydar Aliyev, líder político de Azerbaiyán calificado de asesino y dictador, cuya efigie se puso en el Parque de la Amistad, de la Ciudad de México. Independientemente del juicio que de la Historia merezca ese tirano —¡pobre Historia; debe juzgar a tantos!— no debemos olvidar que este lío se originó porque un grupo de notables del Distrito Federal, señoras y señores que integran una Comisión de Monumentos, o algo así, autorizó en principio la aceptación de esa estatua por el Gobierno del DF, y su colocación en la vía pública.

Es cierto que después esas mismas notabilidades, asustadas por la reacción de los activistas, dieron marcha atrás apresuradamente, y anularon su primera decisión. Pero en su origen a esos conspicuos personajes se debe el espinoso problema del cual la campana salvó a Marcelo Ebrard y que ahora enfrenta Miguel Mancera. Yo pienso que mientras se decide el destino final del monumento las ilustres damas e ínclitos caballeros que sin ver lo que hacían autorizaron originalmente el adefesio deben ser condenados, igual que el capitán de barco, a sentarse junto a la imagen de Aliyev, y cuando alguien pregunte: “¿Quiénes serían los grandísimos insensatos que por no hacer bien su trabajo autorizaron en principio este esperpento?”, tales notables tendrán también que ponerse en pie y responder al unísono: “Fuimos nosotros”. Fiat justitia et pereat mundus. Hágase justicia, aunque se acabe el mundo…
 
Dos elegantes caballeros se conocieron en una fiesta. Le pregunta uno al otro: “¿A qué te dedicas?”. Responde el otro: “Vendo Viagra femenino”. “¿Viagra femenino? —se sorprende el primero—. No sabía que hubiera Viagra para la mujer”. “Sí lo hay —responde con una sonrisa el otro—. Vendo joyas”…
 
Jock McCock, hombre de procerosa estatura, lacertoso, entró en el bar. Caminaba penosamente con muletas, traía vendada la cabeza y llevaba un brazo en cabestrillo. “¿Qué te sucedió?” –le preguntó, azorado, el cantinero. Responde con feble voz McCock: “Tuve une pelea con Tiny Tin”. “¿Tiny Tin? —se asombró el de la taberna—. ¡Pero si Tiny Tin es un hombrecito flacucho y escuchimizado que no te llega a la cintura!”. “Es cierto —replicó McCock—. Pero tenía una pala, y me golpeó con ella”. Inquiere el tabernero: “Y tú ¿no tenías nada en la mano?”. “Sí —contesta Jock—. Tenía una bubis de la esposa de Tiny Tin, pero eso no sirve mucho para defenderse”… FIN

sábado, 12 de enero de 2013

Doña Eñe. Linda letra es ésa, y utilísima

Presente lo tengo Yo

Bill Gates viajó a España en el 2000, último año del pasado siglo según unos, primero de éste según otros, y en Madrid visitó la Real Academia de la Lengua. Este señor, ya lo sabemos es el hombre más rico del mundo, si se toma en cuenta únicamente el dinero para hacer la calificación. A su lado Carlos Slim es un pobre. Bill Gates es dueño de la empresa Microsoft. Alguien me ha asegurado que ese consorcio recibe la octava parte de un centavo de dólar por cada teclazo que doy a mi computadora. Y doy muchos teclazos cada día, de modo que parte de su riqueza la debe Gates a mi trabajo de escritor. Nadie sabe para quién trabaja.
 
En la Academia Española hizo el ilustre visitante una profecía y un ofrecimiento. El vaticinio consistió en decir que los ordenadores —así se llaman en España las computadoras— harán desaparecer los libros, e incluso provocarán que el papel no se use ya, al menos para propósitos editoriales, por ejemplo en los periódicos. El ofrecimiento de Gates a los académicos de España fue que nos hará el favor, a los 400 millones de personas que hablamos castellano, de conservar la letra eñe en los teclados.
 
Humilde letra es ésa, que los extranjeros tienen problema para pronunciar, y aún algunos nacionales. Los andaluces y los yucatecos, por ejemplo, no dicen “niño”, sino “ninio”.
-¡Arrímate, ninio! – le gritaba insistente un capitalino, con fingido acento de Andalucía, a don Lorenzo Garza en el curso de una faena a un toro difícil.
 
-Lo haré —le respondió el Ave de las Tempestades, harto ya— si tu vieja se me acerca a mí.
 
La letra eñe no llena ni siquiera una página del diccionario. Empieza esa página con la propia letra “ñ” (cuyo nombre, “eñe”, ni siquiera se consigna ahí; hay que buscarlo en la letra e), y termina con “ñuzco”, nombre que en Honduras recibe el diablo. Casi todas las palabras comenzadas en eñe son americanismos; apenas si hay algunas de raíz o prosapia castellanas: ñoño, ñonez, ñoñería, ñudo, ñaque, y unas cuantas más. Otras palabras con eñe se conservan, también de abolengo peninsular: “Ñiquiñaque”, sujeto o cosa despreciable; “Ñoclo”, panecito del tamaño de una nuez hecho de harina, manteca, azúcar, huevos, vino y anís.
 
Con Bill Gates o sin él la letra eñe sirve mucho. Recordemos el viejo cuento de Pepito, infante diestro en picardías. La profesora les pidió a los niños que dijeran palabras comenzadas con tal o cual letra. En cada una Pepito les decía en voz baja a sus compañeritos palabras de dudoso gusto para que las repitieran.
 
La maestra:
 
-A ver, Juanito: di una palabra comenzada con ce.
 
-¡Culo, culo! -le sugería Pepito al niño, por lo bajo.
 
-A ver, Rosilita: di una palabra que comience con pe.
 
-¡Di “pendejo”, Rosilita, di “pendejo”! –le soplaba el desfachatado infante.
 
Cuando le llegó el turno a Pepito la maestra pensó en una letra difícil, para hacerlo quedar mal.
 
-A ver, Pepito: di una palabra comenzada en “eñe”.
 
Vaciló el precoz chiquillo. ¿Cómo iba él a saber que existen las palabras “ñandú”, “ñandapay”, “ñame”, y las ya dichas “ñoño”, “ñiquiñaque”, etcétera? Pero salió del apuro el gran Pepito inventando un sabroso neologismo que ya todos usamos. Hizo la seña conocida ahora como “roqueseñal”, al tiempo que decía con voz de triunfo:
 
-¡Ñácatelas!

¿Honestidad o reflectores?

De Política y Cosas Peores
 
Silly Kohn, vedette de moda y mujer sexualmente hiperactiva, hace este comentario: “En cuestión de atributo varonil los hombres vienen en tres tamaños: Grande, mediano, y ‘El tamaño no importa, lo que importa es la técnica’”…
 
Jactancio, individuo pagado de sí mismo, fatuo, vanidoso, elato y engreído, llegó sin invitación al departamento de Rosibel, linda muchacha. Se repanchigó en un sillón de la sala e hizo que la chica le sirviera una bebida alcohólica. Luego le dijo, presuntuoso: “Puedo hacerte la mujer más feliz del mundo”. Le preguntó Rosibel al tiempo que se ponía en pie: “¿Qué ya te vas?”…
 
Susiflor les contó a sus amigas que su novio se había comprado un coche convertible pensando en ella. Preguntó una: “¿Por qué pensando en ti?”. Explicó Susiflor: “Para que en el asiento de atrás pueda yo estirar las piernas”. (No le entendí)…
 
“Busca tu luz, muchacho. Busca tu luz”. Ese consejo le daba doña Sara García a un muy joven Eulalio González, “El Piporro”. Con eso le quería decir que al actuar en un escenario debía procurar ponerse lo más cerca posible de los reflectores, a fin de que su figura destacara. En muchos casos la política es teatro. Pero no debe serlo en todos. Pienso que la aprobación de la Ley General de Víctimas, y la ceremonia de grande lucimiento que enmarcó su presentación, fueron cosa de reflectores más que sólida y razonada propuesta para atender con justicia las reclamaciones de quienes han sufrido los efectos de la violencia criminal. Esa ley, para decirlo en voz de pueblo, tiene muchos asegunes. Juristas y líderes sociales por igual han expresado su preocupación ante los diversos puntos poco claros que advierten en ella. Sobre todo el tema de la reparación económica a las víctimas o a sus allegados tiene muchas aristas. Hay quienes se preguntan, por ejemplo, si el poeta Javier Sicilia, principal promotor de la ley, aceptaría una compensación en dinero por la pérdida dolorosa que sufrió y, en su caso, a cuánto ascendería la cantidad, y qué impuestos causaría. Quizás en este asunto la actitud de Calderón fue más prudente, y más de hombre de Estado, que la de Peña Nieto. Quizá no tendrán muchos efectos, aparte del de teatro, los reflectores que con dicha ley consiguió el nuevo Presidente, lo mismo que el oficial abrazo —ya no cristiano beso— que en escena le dio el señor del chaleco y el sombrero…
 
La maestra de Pepito le pidió al chiquillo que deletreara el nombre de Hirohito, el emperador de Japón en tiempos de la Segunda Guerra. Deletreó Pepito: “Hache como en ‘huevo’; i como en ‘idea’; ere como en ‘rosa’; o como en ‘oro’; hache como en el otro huevo…”…
 
Don Chinguetas se hartó de su esposa, doña Macalota, y se mudó a la cochera. Ahí puso su cama y sus efectos personales. Siguió, sin embargo, haciendo las pequeñas tareas que hacía antes: cortaba el césped, arreglaba los desperfectos de la casa, etcétera. Ella, a su vez, le llevaba de comer a la cochera, le tenía su ropa en orden y demás. Un amigo le preguntó a Chinguetas por qué no se iba de la casa para librarse definitivamente de su mujer. “A decir verdad —respondió él—, antes éramos muy malos esposos, pero ahora somos muy buenos vecinos”…
 
La señorita Peripalda, catequista, era muy púdica. En un restorán argentino le preguntó al mesero: “Dígame, señor: la ubre y el pecho de ternera ¿vienen con brassiére?”…
 
Los recién casados llegaron al departamento donde iban a vivir. La novia tomó de la mano a su flamante maridito y lo condujo a la sala, luego a la cocina, y finalmente a la recámara. En seguida le informó con una sonrisa: “Sólo puedo ser buena en uno de esos tres cuartos. Escoge en cuál”…
 
Aquel señor estaba en el lecho de su última agonía, víctima de un mal que los médicos no pudieron identificar. “Antes de morir—le dijo con feble voz a su mujer— debo confesarte algo”. “No hables —lo interrumpió la señora—. Tranquilízate”. Insistió el agonizante: “Tengo que hacerte esa confesión para morir en paz”. “No quiero saber nada —manifestó ella—. Cierra los ojos y duerme”. “¡Déjame hablar! —porfió el desdichado—. ¡Si no te confieso mi culpa no podré irme tranquilo de este mundo!”. “Está bien —cedió la esposa—. Dime lo que me tengas qué decir”. Habló el pobre señor: “Quiero que sepas que te estaba engañando con tu mejor amiga”. “Ya lo sabía —le dice la mujer—. ¿Por qué crees que te envenené?”…
 
FIN.

domingo, 24 de mayo de 2009

Blatelas

De politica y cosas peores
 
Aquel señor era partidario del método “hágalo usted mismo”. (“Menos en lo relativo al sexo” —solía precisar). Con sus propias manos hacía los pequeños arreglos de la casa; reparaba los aparatos que se descomponían; cuidaba del jardín, etcétera. Un día le dio por barnizar todas las cosas de madera que en la casa había. Entre ellas barnizó la tabla del sanitario. Sucedió, por desgracia, que su esposa tuvo necesidad de usar el dicho mueble. Sentose en él sin darse cuenta de que el barniz estaba fresco, y quedó pegada a la tabla. Con ímprobos esfuerzos trató de despegarse: inútiles fueron sus afanes. Llamó con grandes gritos a su esposo, y éste acudió, alarmado. Trató también de liberar a su mujer de aquel inopinado pegamiento, y sus empeños resultaron igualmente vanos. Entonces trajo pinzas y desarmador —estaba bien surtido de herramienta—, y procedió a quitar la susodicha tabla. De la cintura abajo envolvió en una sábana a su esposa y la llevó con un doctor pues pensó que solamente un cirujano de mano diestra y pulso firme podría con algún fino bisturí hacer aquel trabajo de despegue. Llegaron los dos con el facultativo. El señor hizo que la señora se pusiera de espaldas al galeno, y le quitó la sábana. “¿Qué le parece esto, doctor?” —le preguntó señalando las pompas de su esposa y la tabla del sanitario que llevaba pegada al tafanario. Respondió el médico después de breve observación: “Están bastante bien, pero no tanto como para ponerles marco”...
 
En “Las Certidumbres de Hamlet”, conocido restorán en el aeropuerto de la Ciudad de México, el cliente pidió que le retiraran el plato cuando no había probado ni la mitad de lo que en él le habían servido. El mesero le dice con tono de reproche: “No debería usted desperdiciar en esa forma la comida, caballero. La gente se está muriendo de hambre en los aviones”. (Es cierto. Ya puros cacahuates dan, y a veces ni eso)...
 
Don Homobono era un buen hombre. Una gélida mañana hiemal (invernal, en lengua mamuca) vio a un menesteroso que tiritaba de frío en una esquina. Lleno de compasión se quitó el rico abrigo que llevaba y se lo dio al mendigo. Al día siguiente don Homobono pasó otra vez por ahí, y de nuevo vio al pordiosero en mangas de camisa, tiritando. “¡Oiga! —lo reprendió con enojo—. ¡Ayer le regalé mi abrigo para que no tuviera frío! ¿Qué hizo de él?”. “Lo vendí, señor —responde el pedigüeño—. En mi profesión no puede darse uno el lujo de andar bien vestido”...
 
Master Peppie, el equivalente inglés de Pepito, fue a una casa de mala reputación y le pidió a la madama que le trajera una muchacha. “Eres menor de edad —le dijo la mujer—. No puedo hacer tal cosa”. Master Peppie sacó del bolsillo un grueso fajo de billetes. “Sin embargo —añadió prontamente la mujer— todo se puede hacer cuando hay buena voluntad. ¿Qué clase de muchacha quieres?”. Respondió master Peppie. “Una que tenga blatelas” (Nota-. Blatela: insecto anopluro que vive parásito en las partes vellosas del cuerpo humano, y cuyas molestas picaduras son causa de rasquiña o comezón). La dueña de la casa se asombró. “¿Por qué quieres una mujer así?” —le preguntó al chiquillo. Pregunta master Peppie a su vez: “Si estoy con esa mujer me pasará las blatelas ¿no es así?”. “En efecto” —responde la madama. “Muy bien —dice entonces master Peppie—. Después yo iré a mi casa, estaré con la mucama y le pasaré las blatelas. La mucama estará con mi papá y le pasará las blatelas. Mi papá estará con mi mamá y le pasará las blatelas. Mi mamá estará con el chofer y le pasará las blatelas. El chofer estará con la mujer del jardinero y le pasará las blatelas. Finalmente la mujer del jardinero estará con su marido, y le pasará las blatelas. ¡Y fue el jardinero el que mató a mi tortuga!”...
 
FIN.

viernes, 6 de marzo de 2009

Armas en EU, de lo más común

De politica y cosas peores

Doña Clorilia presentó una demanda contra su vecino Don Chinguetas. La había llamado con la palabra de las cuatro letras. El juez sentenció al acusado: “Por esa injuria deberá usted pagar una multa de 500 pesos”. “¿Significa eso -preguntó con enojo don Chinguetas- que no puedo decirle ‘p...’ a doña Clorilia?”. “En efecto —confirmó el juzgador—. No puede usted decirle eso”. Inquiere don Chinguetas: “Y ¿puedo decirle ‘doña Clorilia’ a una p...?”. El juez duda, pero responde luego: “No creo que sea delito llamar ‘doña Clorilia’ a una mujer de ésas”. “Muy bien” -acepta don Chinguetas. Y volviéndose a la mujer le dice: “Adiós, doña Clorilia”...

Una señora consultó a un ginecólogo: “Doctor, mi hija tiene una enfermedad venérea, y dice que la contrajo en un inodoro público. ¿Es posible eso?”. Contesta el facultativo: “Sí es posible, señora, pero a condición de que su hija se haya sentado, y que el hombre que estuvo antes en el inodoro haya permanecido en él”...

Las palabras tienen extrañas resonancias que nos hacen pensar. Yo suelo pensar poco, por eso no había reparado en el hecho de que en inglés la palabra “arm” significa “brazo”, pero significa también “arma”. Es como si el brazo fuera un arma, y como si el arma fuera un tercer brazo. Para un norteamericano, en efecto, las armas de fuego son tan naturales como su propio cuerpo. Forman parte de su herencia cultural, de sus tradiciones y folclor. También son parte de su libertad. Por eso nuestros vecinos pueden comprar armas casi con la misma facilidad con que aquí compramos una lechuga o un pan. Tienen asociaciones —la NRA entre otras— encargadas de defender el derecho de los ciudadanos a poseer un arma. Charlton Heston puso más empeño en luchar por esa garantía que en ganar la carrera de “Ben-Hur”. Muchas de las armas que en Estados Unidos se venden y se compran vienen a parar a México. Nuestro gobierno pone el grito en el cielo, en la tierra y en todo lugar, y pide a los norteamericanos que restrinjan la venta de esas armas. Supina majadería es ésa. Plantear tal pedimento nos expone a que los vecinos nos pregunten, con razón, por qué no las detenemos en nuestra frontera, cuya mayúscula corrupción no sólo deja pasar esas mortales armas, sino también dejaría pasar el Gran Cañón del Colorado si alguien hallara el modo de traerlo. Antes que pretender corregirles la plana a los vecinos enmendemos nosotros nuestros propios yerros...

Pepito estudiaba en una escuela del antiguo y tradicional barrio El Gato Rojo. Llegó un nuevo maestro, y para congraciarse con los niños les dijo que era fanático de los Gatos Rojos, el equipo de futbol cuyo estadio se hallaba en aquel barrio. “¡Levanten la mano —pidió el mentor con sonorosa voz— todos los que sean hinchas de los Gatos Rojos!”. Todos los niños levantaron la mano llenos de entusiasmo, menos Pepito. “¿Tú no eres de los Gatos Rojos?” -preguntó con asombro el profesor. “No —respondió Pepito—. Yo voy con los Panteras Negras”. “¿Por qué? -se molestó el maestro. Explica el chiquillo: “Mi abuelo fue fanático de los Panteras Negras, y mi abuela también. Mi padre es fanático de los Panteras Negras, y mi mamá también. Por eso yo soy fanático de los Panteras Negras”. “Eso que dices no justifica nada —se amosca el profesor—. Si tu abuelo fuera un borracho y tu abuela una drogadicta; si tu padre fuera un ladrón y tu mamá una mujer de mala vida ¿acaso tú serías un ebrio drogadicto, un ratero, un hombre de mal vivir?”. “No —responde Pepito con una sonrisa—. Sería un hincha de los Gatos Rojos”...

Contaba una señora: “Mi marido es fanático del futbol. Cuando tiene un orgasmo grita: ‘¡Goool!’”. Y dice otra: “Mi marido es todavía más fanático. Cuando su equipo anota un gol tiene un orgasmo”...

FIN.

sábado, 28 de febrero de 2009

Ideologías

De politica y cosas peores
 
El marido le dijo a su mujer: “Me gustaría que cuando tuvieras un orgasmo me lo dijeras”. “No puedo” —responde ella. “¿Por qué no?” —se amosca el marido. Contesta la señora: “Porque me tienes prohibido que te hable a la oficina”...
 
El jefe de la cárcel para presos políticos de un país bananero llamó a los prisioneros y les informó: “Vamos a mandar la mitad de ustedes a Estados Unidos, y la otra mitad a Canadá!”. “¡Fantástico!” —exclamaron a coro los reclusos. Se vuelve el jefe a su ayudante y le ordena: “Trae la sierra eléctrica”...
 
En la noche de bodas el recién casado se asombró al ver que su flamante mujercita se presentaba ante él completamente al natural, en peletier, pero luciendo un pequeño sombrerito. “¡Qué hermosa eres! —le dijo con arrobo al contemplar sin veladuras los íntimos encantos de su amada—. Pero ¿por qué ese sombrerito?”. “Por pudor —responde ella—. Mi mamá me dijo que nunca me dejara ver por ti sin nada encima”...
 
Una señora le dijo a Babalucas que su marido había muerto. “¿Cómo puede estar muerto mi amigo?” —exclamó el badulaque, consternado. “Muerto está —confirmó la señora tristemente—. Muerto y sepultado”. “¿Muerto y sepultado? —se aflige Babalucas—. ¡Caramba, entonces la cosa estuvo peor!”...
 
Con esa misma forma de pensar yo me pregunto si acaso las ideologías en México están muertas y han sido sepultadas. Parece no haber ya ninguna distinción entre un panista, un priÍsta y un perredista, siendo que supuestamente representan el primero a la derecha; al centro el segundo, y el tercero a la posición de izquierda. Los políticos cambian ahora de partido como cambiar de calcetines, prenda la más idónea para ejemplificar esa pedestre conducta que en nuestros tiempos se ve con naturalidad. La mayoría de nuestros hombres públicos no tienen una ideología; tienen sólo ambiciones. Los mueve el apetito del dinero y el poder; no sienten la vocación del político verdadero, cuyo afán es servir a su comunidad con altruismo y ética. De esa tela ya no hay, decían nuestros abuelos para significar que algo bueno había desaparecido. Aquí han desaparecido las ideas. Al menos ésa es la idea que tengo...
 
Regresó Meñico del baño del restorán, y su compañero de mesa se asombró al ver que llevaba la entrepierna toda mojada. “¿Qué te pasó?” —le preguntó, azorado. Explica Meñico: “El oftalmólogo me puso lentes de aumento esta mañana. Ahora que fui al baño a hacer una necesidad menor saqué lo que tenía que sacar. Lo vi muy grande; dije: ‘Éste no es el mío’, y lo volví a guardar. Fue entonces cuando me mojé”...
 
Un muchacho estaba en vísperas de casarse. Buscó a un amigo suyo que recientemente había hecho lo mismo y le preguntó: “¿Cómo es el matrimonio?”. Responde el amigo: “Al principio es muy bonito. Pero luego sales de la iglesia y...” ...
 
Después del trance erótico en un motel de corta estancia le dice don Algón a su amiguita: “Todas las veces que hemos estado juntos las tengo registradas”. “¡Qué lindo detalle! —se emociona la muchacha—. ¿Las tiene registradas en su diario?”. “No —precisa don Algón—. En mi talonario de cheques”...
 
Pepito le pregunta a su papá: “Papi: ¿cuál es el sexo débil?”. Replica el señor con un hondo suspiro: “Nosotros los hombres, hijo; después de los 60”...
 
Cuando nació Picio, el hombre más feo del condado, los médicos le dijeron a sus padres: “Lo sentimos mucho. Hicimos todo lo que pudimos, pero el niño vivió”...
 
Le pregunta una señora a otra: “¿Por qué insistes siempre en ir con el doctor Pitoncio, habiendo tantos médicos?”. Contesta la otra: “Es que no sabes lo que usa en vez de termómetro”. (No le entendí)...
 
FIN.


CUENTOS POLÍTICOS

Paren al mundo, quiero bajarme…

Paren al mundo, quiero bajarme: me resisto a leer cada mañana la prensa para encontrarme con más fotografías de decapitados ni deseo saber cómo se dispara la cifra de acribillados pertenecientes a diversas bandas de mafiosos. No, sólo pienso en huir de las balaceras por medio de las cuales los envenenadores del mundo se disputan el mercado de estupefacientes; ya no quiero levantarme con más noticias relativas al asalto de gente humilde a la que despojan de su raya o su menguada quincena ni quiero cansarme de protestar por la ejecución de chamacos inocentes pertenecientes a familias de acaudalados mexicanos que han hecho su fortuna, en su mayoría, con el producto de su trabajo. Ya no me tranquiliza contemplar más fotografías de brigadas del Ejército patrullando las diversas ciudades de la república. Me sublevo al leer homilías dominicales de arzobispos que declaran “en esta santa casa, la casa de Dios se purifican las limosnas pagadas por los narcotraficantes…”. Me irritan cada vez más las fotografías de los líderes de los sindicatos oficiales, auténticos secuestradores de la nación, que ostentan relojes, cuyo precio es superior a 20 años de trabajo de sus agremiados ni resisto, asimismo, descubrir las mansiones de estos siniestros personajes en el extranjero, adquiridas con impuestos pagados por el dolorido pueblo de México.

Basta, todo está podrido. Los maestros de nuestros hijos se niegan a ser capacitados, los alumnos reprueban en un 90% los exámenes de admisión para ingresar en la Universidad Nacional, la prueba de que en las escuelas mexicanas se incuba la mediocridad y la dependencia.
La Iglesia no puede seguir sosteniendo que “es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos”, cuando la mayor parte de los ricos crean empresas, generan riqueza, empleos, divisas y prosperidad, por lo que tienen garantizado un lugar en el infierno…

Paren al mundo, quiero bajarme porque se utiliza a niños palestinos como escudos humanos durante los conflictos armados en contra del Estado de Israel, de la misma manera en que me resulta indigerible que los fanáticos musulmanes suicidas se rodeen el cuerpo con cartuchos de dinamita para hacerlos estallar en cualquiera de sus cinco rezos cotidianos. Me deprimen los crecientes porcentajes de desempleo al pensar en los padres de familia que carecen de ingresos para pagar colegiaturas, medicinas, hipoteca o renta de la casa habitación. No puedo dejar de pensar en los empresarios que tienen contratadas deudas en dólares y que asisten a la devaluación cotidiana de nuestra moneda, mal que se agrava desde que no llegan los ingresos por exportaciones programadas debido a la contracción de los mercados mundiales. Surgen por doquier fraudes bursátiles, inmensos desfalcos en los fondos de pensiones de los que depende el bienestar y la supervivencia de millones de personas de la tercera edad. Los empleos antes considerados indignos por los nacionales de ciertos países, hoy son nuevamente demandados como parte de la parálisis económica que genera a diario un mayor calentamiento social al propiciar el robo de famélico, estimular la xenofobia, incentivar la expansión de la industria del despojo, la del asalto con violencia, la del secuestro, libre de impuestos y de sanciones.

Un nuevo gobierno de la extrema ultraderecha en Israel denuncia la construcción de bombas atómicas en Irán y califica a este último gobierno como una auténtica amenaza nuclear para el Estado hebreo. Es claro que las diferencias en el Medio Oriente se resolverán mediante un voluminoso intercambio de artefactos nucleares, con lo cual no haremos sino regresar a la Edad de Piedra de llegar a escalar el conflicto a nivel planetario.

Los polos se descongelan con el sobrecalentamiento atmosférico, suben los niveles de los mares y de los océanos, bien pronto asistiremos a la desaparición de puertos y ciudades que quedarán sepultados bajo las aguas.
Continuarán los cambios climáticos, los incendios en zonas boscosas, lloverá cuando no debería llover, nevará cuando no debería nevar, surgirán huracanes cada vez más devastadores, se producirán inundaciones sin precedentes en la historia de la humanidad, nos acosarán la sequía y otros fenómenos meteorológicos como consecuencia de la veleidad de fenómenos como el Niño, surgirán enfermedades desconocidas por ingerir huevos o carne de animales engordados con hormonas o pescados alimentados con sustancias tóxicas derramadas irresponsablemente en los mares.

Paren al mundo, quiero bajarme: las guerras generadas por rivalidades y por ambiciones políticas religiosas o económicas; la invasión de narcotraficantes; la violencia y la delincuencia incontrolables; la ausencia de empleos; la quiebra de la moral y de la ética mundiales; la contaminación mundial en sus más diversas manifestaciones, me están llevando a la conclusión de que es necesario tomar unas vacaciones porque he llegado a la conclusión de que: estábamos.

domingo, 22 de febrero de 2009

El octavo

De politica y cosas peores
 
La lección trataba de los tiempos del verbo. Les pide a los niños la maestra: “-Díganme en qué tiempo está el verbo en la siguiente frase: ‘-Esto no debió haber sucedido’”. Responde sin vacilar Pepito: “-¡En preservativo imperfecto, maestra!”...
 
Himenia, madura señorita soltera, está en el consultorio del médico joven, simpático y apuesto. El doctor le pide que se desvista para revisarla. Poco después entra y le pregunta: “-¿Ya se desvistió, señorita Himenia?”. “-Sí, doctor —responde ella tímidamente—. ¿Y usted?”...
 
Un amigo encuentra en la calle a Babalucas. “-¡Quihubo Babalucas! —lo saluda con singular afecto—. ¡Tenía mucho tiempo de no verte! ¿A qué te dedicas ahora?”. Responde muy serio Babalucas: “-Compro huevos a 3 pesos cada uno, los echo en agua hirviendo y luego vendo huevos duros a 3 pesos cada uno”. El amigo se desconcierta. “-No entiendo —dice—. Compras huevos a 3 pesos, los haces duros y luego los vendes otra vez a 3 pesos. ¿Qué ganancia te queda”. “-¡Cómo que qué me queda! —exclama con energía Babalucas—. ¿Y luego el caldo?”...
 
En el bar un señor se molestó al ver que el sujeto sentado al lado suyo comenzaba a tomar del vaso en que él bebía. “-Perdone, caballero —dice el abusón—. Confundí su bebida con la mía”. Al rato el tipo empieza a fumarse el cigarro que el señor acababa de encender. “-Disculpe —repite—. Creí que era mi cigarro”. Cuando se levanta para irse toma el portafolios del señor. “-Perdone otra vez —se justifica cuando éste le reclama—. Pensé que era el mío”. “-¡Carajo! —estalla el señor—. ¡Qué bueno que no sabes dónde vivo, caón!”...
 
Empezaba a clarear la luz del día después de la agitada noche de bodas. El joven marido se aplicó al deliquio de la madrugada, el cual, según los entendidos es uno de los más deleitosos de cuantos puede haber. A la mitad del amoroso trance exclama extática su mujercita: “-¡Te amo, Enrique!”. “-Oye —se interrumpe el muchacho—. Yo no me llamo Enrique”. “-Ya lo sé —replica ella—. Pero pensé en el nombre porque este es el octavo”...No le entendí)...
 
Solsticia Sinpitier, madura señorita soltera, le dice al guapo joven en la fiesta: “-¿Qué edad me calcula?”. Responde el muchacho: “-A juzgar por el brillo de sus ojos, 26 años. Tomando en cuenta la tersura de su piel, 25. Viendo sus manos, 22…”. “-¡Caramba! —sonríe halagada la señorita Sinpitier—. ¡Qué amable!”. “-Espere —replica el joven—. Todavía no hago la suma...
 
Mr. Cuckold, señor americano de ya madura edad, aguardaba nerviosamente en la sala de espera de la maternidad. Llega una enfermera y le dice: “Su esposa dio a luz un hombrecito”. “¡Ah! —exclama muy orgulloso Mr. Cuckold—. ¡Eso les mostrará a mis amigos que puede haber nieve en mi tejado, pero en mi chimenea todavía hay fuego!”. “Pues haga limpiar la chimenea —le dice la enfermera—, porque el niño salió negrito”...
 
Iba una señora en una vagoneta. Con ella viajaban 12 niños. Inadvertidamente la conductora se pasó una señal de alto. La detiene un oficial de tránsito y le pregunta: “Señora: ¿no sabe cuándo se debe detener?”. Responde ella, confusa: “-Cuatro de ellos no son míos’’...
 
Pirulina tuvo una cita con Afrodisio Grandpitier, galán que gozaba de mucha fama por su fogosidad. Cuando regresó, su compañera de cuarto le pidió muy interesada: “Siéntate y cuéntame todos los detalles de tu cita con Afrodisio”. “No puedo” —respondió Pirulina—. “¿No puedes contarme lo que pasó?” —se extraña la amiga—. “No, —replica Pirulina con voz feble—. No puedo sentarme”...
 
FIN.

sábado, 21 de febrero de 2009

Partida secreta

De politica y cosas peores
 
Doña Facilisa fue a confesarse con el padre Arsilio. “Me acuso, padre —le dice— de que he engañado a mi marido”. Pregunta el buen sacerdote: “¿Cuántas veces”. Luego de un largo silencio inquiere Facilisa: “¿Tiene usted una calculadora”...
 
La linda maestra de Inglés le indica a Pepito: “Has terminado el primer curso. No tengo ya nada qué enseñarte”. Responde el precoz niño: “¿Puedo hacerle algunas sugerencias”...
 
La abuelita de Pirulina le daba sabios consejos. “Lo que debes hacer, hijita —le recomendaba--, es buscarte ya un hombre que te convenga”. “Lo estoy buscando, abuela —le asegura Pirulina--. Pero mientras tanto me divierto con hombres que no me convienen”...
 
Don Languidio tuvo trato de fornicio con una ávida muchacha que hacía comercio con su cuerpo. Al final del apurado trance le dice la codiciosa pecatriz a don Languidio, pensando en el dinero que éste le pagaba: “¿Cuándo lo haremos otra vez? Dígame el día”. Responde con voz feble el veterano: “Mejor te digo el año”...
 
Cosa de Perogrullo es señalar que la República es la cosa pública. Eso equivale a decir que pertenece a todos. Resulta contrasentido, entonces, que en una república haya partidas secretas. Es como si en un convento de trapenses hubiese una radiola. Ciertamente durante 70 años todo el erario estuvo a disposición del Presidente en turno, que tenía en el presupuesto nacional una enorme partida secreta de la cual podía disponer conforme a su voluntad omnímoda. Se supone, sin embargo, que la democracia ha de ser luz y pureza, pureza y luz, como el cristal de roca. Y se supone también que vivimos ya tiempos democráticos. La transparencia es entonces requisito sine qua non —y deje usted sine qua non: absolutamente indispensable— del buen manejo de los fondos públicos. Esa transparencia ha de extenderse a otros entes, como los sindicatos, que copiaron todos los vicios y corrupciones del aparato oficial, y los magnificaron. La democracia no ha llegado todavía a esas organizaciones. Mantienen sin cambio alguno la misma estructura que tenían en la época del PRI. Obligar por ley a los sempiternos líderes de esos sindicatos a rendir cuentas a sus agremiados es exigencia que ya no se puede postergar, y es también un paso muy importante en la urgente tarea de democratizar el sindicalismo mexicano, tan sujeto aún a las ataduras de antes...
 
¡Hoy! ¡Sí, hoy a las 6 de la tarde, en el Salón de Actos del Palacio de Minería, presentaré en la Feria del Libro mi más reciente obra: “La Otra Historia de México. Hidalgo e Iturbide: la gloria y el olvido”. Contaré anécdotas tan inverosímiles que parecen verdaderas; citaré datos estremecedores sobre los héroes que nos dieron Patria; diré cosas que siempre nos ocultó la mentirosa historia oficialista, y coincidiré contigo en el común amor a México, al que no puede dañar nunca la verdad. Te espero a ti, que perteneces al grupo de mis cuatro lectores queridísimos, para darte las gracias por tu afecto y tu amistad...
 
Desde lo alto del puente que cruzaba el río dos jactanciosos individuos estaban haciendo una necesidad menor. Dice uno de los presuntuosos tipos: “¡Qué frío está el río!”. Replica el otro: “Deja lo frío. ¡Qué hondo!”. (No le entendí)...
 
El viajero llegó a un país de Oriente, y el Primer Ministro le mostró cosas relacionadas con el sistema de justicia. Al visitante le llamó la atención ver una guillotina pequeñita, tan pequeña que cabía en una mano. “¿Por qué es tan pequeña esa guillotina
” —preguntó—. “La usamos para los violadores —explica el funcionario—. La Comisión de Derechos Humanos nos prohibió decapitarlos”... (Tampoco le entendí)...
 
FIN.