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martes, 22 de enero de 2013

Una ‘cruzada’ de lo mismo

De politica y cosas peores

Libidiano, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, cortejó a una señora en el coche comedor del tren. Ella le advirtió: “Soy casada”. “Yo también” –respondió el labioso seductor. Tres martinis fueron suficientes para que la respetable dama olvidara su estado civil y acompañara a Libidiano a su cabina. En ella estaban, entregados a los prolegómenos de la refocilación, cuando acertó a entrar el inspector que recogía los boletos. Se azaró al ver a la pareja en aquella urente situación. “Está bien —lo tranquilizó Libidiano—.

Somos casados”… Declaró don Algón lleno de suficiencia: “Me gusta ser amable con mis inferiores”. Le preguntó su esposa: “¿Y dónde los encuentras?”…

La mamá de la novia les hizo un regalo a los recién casados: un juego de toallas marcadas “Ella” y “Eso”…

Decía un señor: “Mi esposa y yo discutimos todos los días por cuestiones de religión. Ella adora el dinero, y yo no se lo puedo dar”…

Le informó el detective a doña Otelia: “Seguí a su esposo ayer. Fue a un bar, y luego a un motel de paso”. “¡Me lo sospechaba! —bufó ella—. ¿Y por qué andaba el canalla en esos lugares?”. Responde el investigador privado: “La estaba siguiendo a usted”…

El experto en equipos de sonido se hizo de una nueva amiguita. Le advirtió ella: “De una vez te lo digo: no me gusta la alta fidelidad; practico más bien la alta frecuencia”…

Angustiado, Babalucas llamó por teléfono al hospital: “¡Manden una ambulancia! ¡Mi esposa está a punto de dar a luz!”. Quiso saber la persona encargada: “¿Es su primer hijo?”. “¡No! —se desespera Babalucas—. ¡Soy su esposo!”…

El galán le preguntó a la chica en el lobby bar del hotel: “¿Cuál es tu pasatiempo favorito?”. Respondió ella con una sonrisa: “Follar”. Aclaró él: “No me refiero a tu profesión”…

Lo primero: no me gusta el nombre. Dirán algunos que ese disgusto es prurito de necedad, meras ganas de joder; pero llamar “cruzada” a un programa de gobierno, aparte de lo grandilocuente del vocablo, hace que quien escuche el nombre evoque, aun en modo subliminal, conceptos que nada tienen que ver con lo civil. La palabra “cruzada”, obvio es decirlo, proviene de la palabra “cruz”. Da idea entonces de apostolado; de poderosos que acuden en auxilio de los débiles. Paternalismo otra vez; otra vez dádiva. Reconozco que en situaciones de emergencia, de extrema necesidad, esa ayuda, llámese o no cruzada, es indispensable. Hay veces en que se debe dar el pez porque no hay tiempo para enseñar a pescarlo. Ciertamente en muchas partes del país millones de mexicanos viven ahora en esa condición, y requieren apoyo inmediato a través de programas como Oportunidades y otros.

Pero la anunciada Cruzada Nacional contra el Hambre y la Pobreza parece ser más de lo mismo; repetición de acciones que desde hace muchos años se han llevado a cabo con diversos nombres, quizá menos sonoros que el de “cruzada”, pero con iguales contenidos y con absoluta ineficacia a fin de cuentas. El mejor medio de combatir la pobreza y su obligada derivación, el hambre, es el trabajo. Industrializar el sur y las demás regiones agobiadas por la necesidad sería el medio más apto para quitar de ellas el atraso en que sus habitantes viven. Para eso, sin embargo, es forzoso romper con algunos usos y costumbres que los demagogos quieren a toda costa preservar, aunque esas costumbres y esos usos propicien el alcoholismo, el ocio, el maltrato a las mujeres, el caciquismo autoritario y otros vicios y lacras que resultan de la marginación y el aislamiento. Liberar los recursos humanos y aprovechar en forma racional los naturales; abrirse a la modernidad; permitir que a esas regiones llegue la inversión nacional y extranjera; todo eso traería consigo la creación de fuentes de empleo, y eso a su vez liberaría a la población de sus ancestrales ataduras, y contribuiría a eliminar las desigualdades entre el México moderno, que mira hacia el futuro, y ese otro México propiedad de unos cuantos que mantienen a muchos mexicanos fuera de la corriente de la historia, apartados de los tiempos nuevos y de la realidad. Pero suspendo aquí mi comentario porque advierto que estoy muy encaboronado.

Mírenme: el rostro se me ha puesto color rojo; tengo la frente perlada de sudor; me laten las sienes, y el pulso se me ha acelerado. Voy a tomarme la presión, y luego iré a recostarme en una otomana que tengo. Se llama Daixa, y es originaria de Estambul. Con su permiso…

FIN.

domingo, 15 de marzo de 2009

Pudicia

De politica y cosas peores

Ella era muy tímida. Se llamaba Sensitiva, y tenía la modestia de esa flor que cierra sus pétalos cuando siente la cercanía de una mano. Su novio, Timoracio, sufría la misma timidez. Era apocado y ñoño. Pero el amor vence toda cortedad (o casi toda), y guía a los amantes hacia el bien deseado. “Amor magister est optimus”; el amor es el mejor maestro, escribió Plinio el Joven en sus Cartas (IX, 4,19,4). Se casaron los dos, y fueron a pasar su luna de miel en un lugar de moda. No hubo luna de miel, siento decirlo. El amor que unió sus almas no pudo unir sus cuerpos, pues la exagerada pudicia de los recién casados, y su invencible timidez, les impidieron consumar el desposorio. Al regresar a casa les contaron a sus respectivos padres lo que había sucedido: no había sucedido nada. Ellos, preocupados, llevaron a sus muchachos con un terapeuta sexual. El especialista, después de oírlos, les hizo una sencilla recomendación: “Tómense una copita o dos —les dijo—. Así vencerán la timidez que los cohíbe. Luego actúen con la misma naturalidad de los perritos”. Una semana después Sensitiva y Timoracio regresaron con el facultativo. Los dos lucían una radiante sonrisa de satisfacción. Habían logrado vencer su timidez, dijeron, y llevar a feliz término las nupcias. El terapeuta les preguntó con pícara sonrisa: “¿Se tomaron una copita o dos, y actuaron luego con la misma naturalidad de los perritos?”. “No —responde Timoracio—. Nos tomamos nueve copitas, o diez. Así nos dimos valor para salir a la calle y actuar con la misma naturalidad de los perritos”...

Babalucas era empleado público. Se presentó con él un extranjero, y Babalucas se dispuso a tomarle sus datos. Le preguntó: “¿Nombre?”. Responde el visitante: “Michael O’Brian”. “Decídase —le pide con enojo el tonto roque—. Un nombre u otro”...

En diferente ocasión Babalucas fue a una librería y preguntó al encargado: “¿Tienen algo de Hemingway?”. Contesta el librero: “Tenemos ‘El viejo y el mar’”. Se queda pensando Babalucas y dice luego: “Déme el mar”...

Empédocles Etílez entró en su casa a las 3 de la mañana, y bien borracho. Le grita su mujer hecha una furia: “¡Mira nomás a qué horas llegas!”. “¿Quién te dijo que llego? —respondió el temulento—. Vengo nomás por la guitarra”...

En el futbol todo el público abucheaba a un espectador. Una chica le preguntó a su acompañante: “¿Por qué lo abuchean?”. Responde él: “Le arrojó una botella al árbitro”. “¡Qué barbaridad! —exclama la muchacha—. ¿Y le pegó?”. “No —responde el otro—. Por eso lo abuchean”...

Dulcilí, romántica joven, le pregunta a su novio Libidiano: “Después de casada ¿me seguirás queriendo igual?”. “Hasta más —responde el salaz tipo—. Mi especialidad son las casadas”...

Una señora llamó a una agencia de colocaciones para pedir una niñera que le cuidara a su hijito aquella noche. Especificó: “La niñera debe saber karate, judo, kung fu, jiu jitsu, boxeo y tae kwan do”. “¿Tan rudo así es su hijito?” —inquiere con asombro el encargado. “Mi hijito es un ángel —contesta la señora—. Pero luego mi marido lleva a su casa a la niñera, por eso ella debe saber artes marciales”...

Doña Holofernes, esposa de don Poseidón, tenía la costumbre de revisar con un dedo a las gallinas, a fin de ver si tenían huevo. Una vez el perico de la casa andaba en el corral. La señora, algo corta de vista, lo confundió con una gallina, y se dispuso a hacerle el tacto esfinteral. “A mí con delicadeza, por favor —pide asustado el periquito—. Soy primerizo”...

Don Martiriano le dice a doña Jodoncia: “Debemos dos cuentas: la de la compañía de luz y la del médico. Sólo podemos pagar una. ¿Cuál de las dos pagamos?”. “La de la compañía de luz —responde sin dudar doña Jodoncia—. El médico ya no te puede apagar nada”...

FIN.