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miércoles, 13 de febrero de 2013

Sí, pero no

De politica y cosas peores

Vehementino y su novia Dulcibel fueron a un día de campo. En las semanas anteriores habían estado practicando intensamente eso que en inglés se conoce como “necking” (dijo Groucho Marx: “Quien lo llamó así no sabe nada de anatomía”), y que en el español de México recibe el nombre de cachondeo, pichoneo o guacamoleo. Quiero decir que se habían acariciado mutuamente con encendido ardor, aunque sin llegar al último deliquio.

Aquel día, el de la jira campestre, ambos sintieron el urente llamado de la naturaleza. Le dijo Vehementino a Dulcibel: “Vayamos a aquel bosquecillo, y en la umbría soledad del soto consumemos nuestro amor”. “Tengo miedo —opuso ella—. La gente podría vernos, y además soy virgen, doncella, señorita. Me han dicho mis hermanas, mis primas, mis amigas, mis vecinas (de cuadra, de calle y de colonia), mis condiscípulas del colegio, mis colegas de profesión, mis compañeras de oficina, mis conocidas del gimnasio, mis correligionarias de partido y mis contemporáneas de generación que la primera vez duele un poco”. Prometió él: “Trataré de ser cuidadoso, delicado, caballeroso y tierno”. “Tampoco es para tanto —acotó Dulcibel—. Tú aviéntate”. Sugirió el galán: “Si experimentas algo de dolor haz como vaca: ‘Muuu’, y yo entenderé que debo sofrenar mis ímpetus.

En cambio si sientes placer, deleite, satisfacción o gusto, entona una canción. Así nadie se percatará de lo que estamos haciendo, y yo sabré cómo debo actuar, y qué tempo debo dar a mi interpretación: adagio, andante, moderato, allegro, vivace, presto o prestissimo”.

Porque es de saberse que Vehementino era músico: tocaba la ocarina. Fueron, pues, los dos al sitio convenido, y recostados sobre el de grama césped no desnudo —la frase es gongorina— dieron libre curso a su amor y a sus sentidos, los cinco, y algunos más de los muchos que en esos éxtasis suelen sobrevenir. En el momento culminante Dulcibel empezó a hacer: “Muuu… Muuu”. Ya iba Vehementino a disminuir la intensidad de su pasión, pero Dulcibel lo retuvo sobre sí al tiempo que hacía: ‘Muuu… Muuu… ¡Muuujer, si puedes tú con Dios hablar…!”. ¡Qué barbaridad, del leve dolor pasajero había pasado al intenso goce placentero! Por eso empezó a cantar esa canción. Se trata de “Perfidia”, del chiapaneco Alberto Domínguez Borras, autor de otra canción que igualmente dio la vuelta al mundo: “Frenesí”. El cuento que has narrado, columnista, debe entonces datarse por los años de la Segunda Guerra, pues “Perfidia” se estrenó en 1939, y en el 42 la popularizó Xavier Cugat.

¿Podremos nosotros ponerle fecha a la realización de las buenas, bonísimas intenciones que se plasmaron en el Pacto por México, o quedarán esos loables propósitos en letra si no muerta, por lo menos bastante desmayada? Y es que los dos principales partidos de la oposición, el PAN y el PRD, dan indicios de que la cordial aquiescencia que mostraron al principio ha empezado a dar paso a reticencias del tipo de: “Sí pero no”. Eso amenaza la integridad de dicho acuerdo, y su consumación. Ojalá los partidos digan mejor: “No pero sí”, y se pongan a trabajar en coordinación con el Gobierno y la ciudadanía para sacar adelante los importantes temas que se propusieron en bien de la nación…

Capronio, sujeto ruin y desalmado, fue de compras con su esposa. Le dice la señora: “Mañana es el cumpleaños de mamá.

Me gustaría que le regaláramos algún artículo eléctrico”. “¿Una silla?” –sugirió aviesamente el canalla…

Aquel escocés que se declaraba ateo estaba pescando en el hermoso lago cuando de pronto salió de entre las aguas un gigantesco monstruo marino que hizo volcar el bote. El hombre no sabía nadar, y para colmo la terrible bestia alargó el pescuezo y lo iba a tomar entre sus horribles fauces. Clamó con desesperación el infeliz: “¡Dios mío, sálvame!”. De lo alto se oyó una majestuosa voz: “¿No has dicho siempre que no crees en Mí?”. “¡No la jodas, Señor! —replicó el escocés—. ¡Hace un minuto tampoco creía en el monstruo de Loch Ness!”…

Don Frustracio, el esposo de doña Frigidia, le confió a un amigo: “Sospecho que finalmente anoche mi mujer sintió algo en el curso del acto del amor”. “¿Por qué lo crees?” –preguntó el otro. Contesta don Frustracio: “Dejó caer la lima de las uñas”…

FIN.

martes, 12 de febrero de 2013

La renuncia de Ratzinger

De politica y cosas peores

Don Languidio padecía debilidad crónica de la entrepierna. ¡Desdichado señor! ¡Un centilitro de las miríficas aguas de Saltillo habría bastado para hacer de él un poderoso másculo capaz de dar cumplida cuenta, en una misma noche, de todo un serrallo, gineceo o harén! Su esposa lo hizo ir a la consulta de un reconocido médico especialista en males de varón. Le dijo el facultativo: “Puedo practicarle una sencilla intervención quirúrgica que lo dejará convertido permanentemente en un poderoso garañón. La operación cuesta 5 mil dólares, pero doy una garantía. Lo que no doy son recibos”. “Hablaré acerca de esto con mi esposa” –dijo don Languidio. Al día siguiente llamó por teléfono al doctor: “Dice mi señora que con ese dinero mejor se va a ir una semana con sus amigas a Las Vegas”…

Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, vio a su suegra muy atareada buscando algo. “¿Qué busca, suegrita?” –le preguntó con melifluo tono más falso que busto de vedette. “Busco la escoba—respondió la suegra—. No la puedo hallar”. “Ya no busque —le dice, obsequioso, el tal Capronio—. Llévese mi coche”…

Benedicto XVI es un Papa extraordinario. Teólogo eminente, escritor notable, es una de las más altas voces de nuestro tiempo y nuestro mundo. Su labor trasciende el ámbito de lo meramente religioso.

Desde el momento mismo de su asunción al trono de San Pedro hubo de cargar una mortificadora cruz: la continua comparación que se hacía de él con su carismático predecesor, Juan Pablo, personaje brillantísimo, dueño de excepcionales prendas físicas y de maravillosas dotes para la comunicación. Ratzinger, en cambio, es un hombre más de estudio que de acción; no convoca multitudes; tiende más bien a la reflexión, y va por caminos de ortodoxia. Sus posturas conservadoras le han atraído ásperas críticas; se le ha juzgado retrógrado, inquisitorial. Sin embargo mantuvo intacto el depósito de la fe, y sus obras han enriquecido grandemente el acervo doctrinario de la Iglesia. Su mayor aportación, sin embargo, es la renuncia que en forma inesperada anunció ayer. Graves, gravísimos motivos debe haber tenido para hacer esa renunciación que lo pone en la lista de los muy pocos Papas que en el curso de la historia de la Iglesia han abdicado de su cargo. De inmediato se oyeron voces de reproche; se le comparó –otra vez- con Juan Pablo, quien pese a terribles quebrantos de salud, y a los achaques de la ancianidad, se mantuvo en su puesto hasta el final.

Recordamos con tristeza la figura de Karol Wojtyla en los últimos tiempos de su vida, doblegado por el peso de los años y de los sufrimientos físicos. Tuvo una penosa ancianidad, y fue difícil su paso hacia la muerte.

No sabemos los males, presentes o futuros, del cuerpo o de la mente, que llevaron a Benedicto a que en conciencia se preguntara si podía seguir conduciendo con eficacia y tino la nave de la Iglesia. Su postura, entonces, es de humildad. Por encima de su persona pone el bien de la milenaria institución que tiene a su cuidado. Numerosos católicos hemos estado en desacuerdo con algunas de las posturas asumidas por Joseph Ratzinger. Todos, sin embargo, habremos de reconocer la grandeza que hay en este rasgo de desprendimiento. Por diversos motivos he admirado al Papa Benedicto. Ahora lo admiro mucho más…

Pepito le propuso a Rosilita: “Juguemos al marido y la mujer”. “Ahora no —respondió la pequeña—. Me duele la cabeza”.

“¡Oye! —protestó Pepito—. ¡No le pongas tanto realismo al juego!”…

Astatrasio Garrajarra llegó al bar donde solía hacer sus libaciones y le pidió al cantinero un whisky doble. Le dijo que se lo sirviera aprisa, pues había dejado a su esposa en el auto, y la noche era tremendamente fría. El tabernero le sirvió la copa, y Garrajarra la bebió. Pero en seguida pidió otra, y otra, y otra, y otra más. El hombre de la cantina se preocupó, pues recordó que Astatrasio había dicho que su mujer estaba en el automóvil, y la temperatura era de bajo cero. Fue al estacionamiento y ¿qué vio? ¡A la mujer de Garrajarra en el asiento de atrás del coche, en ilícito consorcio adulterino con Afrodisio Pitongo, amigo cercano de Astatrasio! Regresó el cantinero y le dijo a éste: “Creo que deberías ir a ver lo que está sucediendo en tu automóvil”: Intrigado, Garrajarra fue al estacionamiento. Volvió poco después con una gran sonrisa. “¡Ah, ese Afrodisio! —dijo en tono de bula—. ¡Está tan borracho que cree que soy yo!”…

FIN.

viernes, 1 de febrero de 2013

¡No manches!

De politica y cosas peores

El odontólogo estaba en trance de fornicio con una lindísima paciente, y en ese momento irrumpió en el consultorio su mujer. Al día siguiente el periódico local publicó la noticia: “Dentista sorprendido por su esposa cuando llenaba la cavidad equivocada”…

Al terminar la comida don Chinguetas encendió un cigarrillo y le dio una ávida fumada. “¡Primero de febrero al fin! —dijo muy contento—. ¡Creo que mi propósito de Año Nuevo ya duró lo suficiente!”…

Babalucas se dispuso a gozar los deliquios de amor con Pirulina. Ella le musitó al oído: “¿No vas a usar alguna protección?”. Fue el badulaque y se puso su casco de futbol americano…

Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, le dijo a su mujer: “Creo que nunca podré olvidar el día en que te conocí”. “¡Ay!” –se emocionó ella, conmovida. “Pero seguiré intentándolo” –remató el canalla…

Tres excursionistas se vieron precisados a pernoctar en una cabaña que tenía una sola cama. Al día siguiente dos de ellos amanecieron con sus partes de varón adoloridas. El que había dormido en medio les comentó: “Tuve un extraño sueño. Toda la noche soñé que estaba esquiando”…

“No manches”, dicen los muchachos. Y no lo dicen por mala educación, sino por buena: la frase es eufemismo para disimular otra expresión más ruda: “No mames”. Tampoco ésta dicción es en verdad tan fuerte: la palabra “mamón” designa a aquel que aún está mamando la leche materna. Al pedirle a alguien que no mame se le está exhortando a no ser tan bobalicón o simple como un crío en lactancia todavía. Sucede, sin embargo, que esas palabras son equívocas, por su connotación sexual, y entonces se disfrazan recurriendo al circunloquio supradicho: “No manches”. Lo usó con tino López Obrador al referirse al dictamen de la Comisión Fiscalizadora del Instituto Federal Electoral según el cual AMLO fue el único candidato a la Presidencia que se excedió en sus gastos de campaña. Tal dictamen se antojó tan dudoso, extravagante, inverosímil, disparatado, absurdo, exótico, increíble, improbable y peregrino (no necesariamente en ese orden) que dio lugar no sólo a desatadas críticas, sino también a gran copia de chocarrerías, entre ellas la de López Obrador: “No manchen”. Quizá por eso el IFE reculó. Eso se oye muy feo. Diré mejor: ció. Eso nadie lo entenderá, ni yo. Diré más bien: se patraseó. Eso parece vulgarismo. Diré entonces: dio marcha atrás, retrocedió. Acordaron los consejeros, en efecto —y acordaron bien—, postergar una semana el debate sobre la eventual multa al Movimiento Progresista. Esperemos que tal aplazamiento favorezca los criterios de legalidad, equidad e imparcialidad que deben presidir las decisiones de ese Instituto tan cuestionado y puesto en solfa últimamente…

Sonó el timbre de la puerta, y la señora de la casa abrió. Quien llamaba era un compadre de su esposo. “Mi marido no está” –le informó al hombre. “Ya lo sé, comadrita —dijo el tipo—. Precisamente esperé a que se marchara. Es con usted con la que quiero hablar”. Ella, extrañada pero curiosa, lo invitó a pasar. En la sala le dijo el visitante, sin preámbulos: “Comadre: usted me gusta mucho. Le ofrezco 10 mil dólares si me deja gozar de sus encantos”. “¡Compadre! —exclamó ella—. ¡Es usted un grosero, un insolente, un atrevido! Los 10 mil dólares ¿serían en efectivo o en cheque?”. “Como usted quiera, comadrita —replicó el oferente— Se los puedo dar también en pagarés, letras de cambio, IOUs, cheques de viajero, títulos de la renta pública, acciones quirografarias o Bonos del Ahorro Nacional”. La mujer empezó a aducir la fe que a su marido había jurado al desposarlo; su virtud y decencia de casada; su nunca mancillado honor, pero mientras así moralizaba iba pensando en todo lo que podría comprarse con aquella cantidad. Suspiró entonces y dijo: “Que sea en efectivo, compadre, si me hace usted favor”. Fueron a la alcoba, pues, y ahí empezó a tener efecto aquella irregular concertación. El compadre, mientras se refocilaba cumplidamente, decía una y otra vez: “¡Dios mío! ¡Dios mío!”. Eso llamó mucho la atención de la señora, pues su marido lo único que solía decir en tales ocasiones era: “¡Mpf! ¡Mpf!”. Le preguntó al ilícito amador: “¿Por qué invoca usted, compadre, al Supremo Hacedor?”. Sin responder a la pregunta repitió el sujeto: “¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿De dónde voy a sacar los 10 mil dólares?”…

FIN.

lunes, 21 de enero de 2013

¿Verá Diosito el Super Bowl?

Presente lo tengo Yo
 
Inquietante pregunta
 
¿Verá Diosito el Super Bowl? Y si lo ve ¿a quién le irá?
 
Esas preguntas no son tan ociosas, tomando en cuenta lo que muchos dirán en los días previos al gran juego:
 
-Dios quiera que ganen éstos.
 
-Pídele a Diosito que ganen aquéllos.
 
El año pasado un aficionado con ideas sociales respondió cuando una reportera le preguntó si había rezado para que ganara su equipo:
 
“La idea de un Dios que interviene en los resultados del futbol es aberrante. Él tiene cosas más importantes en qué pensar. La noche del Super Bowl más de 20 millones de norteamericanos se fueron a dormir con hambre”.
 
(Ahora la pregunta sería ésta: si Diosito piensa en esos pobres ¿por qué no les mandó de perdido una hamburguesa o un hot-dog? Misterio teológico es ése, tan profundo que no lo quiero ni pensar).
 
Yogui Berra, el legendario catcher de los Yanquis, no era muy partidario de que en el curso del juego los peloteros hicieran manifestaciones relacionadas con la religión. Cuando un jugador latino dibujó con el bate una cruz junto al home plate antes de batear, Yogui borró ese signo con la mascota —así se llama el guante de los catchers— y luego le dijo al pelotero:
 
-Deja que Diosito se limite a ver el juego.
 
Tom Lasorda creyó siempre que Fernando Valenzuela alzaba los ojos al cielo en el momento de pichar a fin de poner en manos del Señor la eficacia de su lanzamiento. La verdad es que levantar la mirada así era un simple hábito de “El Toro”. Parecida costumbre tenía Hideo Nomo, pitcher japonés, también de los Dodgers, sólo que él volteaba hacia el center fielder en el momento del wind up. Más trabajoso todavía. Lasorda comentaba:
 
-Siempre he tenido suerte con los pitchers que miran hacia otro lado antes de hacer el lanzamiento.
 
¿Suerte? Quizás. ¿Intervención divina? No. A menos —en el caso del japonés— que Diosito esté en el center fielder.
 
Tiger Woods, todavía el mejor golfista del mundo, es hombre de religión. Cuando le preguntan acerca de su origen racial suele responder:
 
-Soy cablinasian, a Dios gracias.
 
Ese vocablo, “cablinasian”, está formado con las palabras inglesas “Caucasian”, “Black”, “Indian” y “Asian”. Woods quiere significar que entre sus ancestros los hay de raza blanca, negra, roja y amarilla. Ciertamente un espectro cromático tan newtoniano es para agradecerse.
 
“Dios no cree en nuestro Dios”, escribió Jules Renard, uno de mis autores favoritos. Debe ser cierto: nuestro Dios se parece demasiado al hombre. (Quizás la culpa la tuvo Miguel Ángel). Por eso no creo que el Señor verá el Super Bowl, y menos si los artistas del medio tiempo no son buenos. Claro, como dijo el padre Ripalda, Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar. También, entonces, estará en las tribunas del estadio, pero en su rigurosa calidad de espíritu omnipresente, no de interesado espectador, ni menos aún para inclinar el juego en favor de uno de los dos equipos.
 
Lo importante no es preguntarnos si Dios está de nuestro lado, sino preguntarnos si nosotros estamos del lado de Dios. En el caso concreto del próximo Super Bowl hay que dar a Dios lo que es de Dios, y a la NFL lo que es de la NFL.

Resistencia

“… Inician un movimiento de resistencia los maestros de Oaxaca…”

Pregunto con impaciencia
—mas con sentido común—
si alguna vez harán un
movimiento de asistencia.

martes, 15 de enero de 2013

La estatua y la polémica

De política y cosas peores.
 
“Siempre consigo que mi mujer grite en el acto del amor”. Así le dijo Capronio a un amigo. “¿Cómo le haces? –se interesó el otro. Contesta el ruin sujeto: “Le hablo por el celular y le digo que lo estoy haciendo”…
 
Pepito le comentó a Rosilita: “Ahora sé que Santa Claus realmente existe”. “¿Cómo lo averiguaste?” –preguntó la niña. Responde el tal Pepito: “En Navidad, antes de irnos a dormir, mis papis le dejaron a Santa un vaso de leche y unas galletitas. Yo pensé que Santa ya está grande para eso, y le dejé una cerveza. Al día siguiente vi que se había tomado la mitad. Si mi papa fuera Santa Claus se la habría tomado toda, y luego habría ido a la tienda de la esquina por un six”…
 
Aquella señora hubo de pasar por una oscura calle, y ahí la asaltó un canalla que empezó a saciar en ella sus bestiales instintos de: l-. Lujuria. 2-. Libídine. 3-. Lubricidad. 4-. Lascivia y 5-. Libidinosidad. Al parecer al maldito le gustaba mucho la letra ele. Cuando se sintió atacada la mujer empezó a gritar con desesperación: “¡Estoy siendo robada! ¡Estoy siendo robada!”. “¿Robada? –se burló entre acezos su asaltante-. Querrás decir que estás siendo violada”. “No —replicó ella—. Con eso que tienes estoy siendo robada”…
 
En tiempos de la Segunda Guerra un navío de la armada mexicana encalló en una playa del Pacífico, muy cerca de Ensenada. El capitán responsable fue juzgado por una corte de tres jueces. El primero pidió para él prisión perpetua. El segundo fue más severo: demandó que se le aplicara la pena capital. El tercer juez superó a los otros en crueldad. Exigió para el culpable un castigo tan terrible que mi pluma se resiste a describirlo.

Esa sentencia fue la que finalmente se aplicó. Para cumplir su condena el capitán debía ir todos los días a la playa y sentarse en una silla frente al barco en desgracia. La gente que llegaba y miraba al navío ahí varado preguntaba invariablemente: “¿Quién sería el grandísimo pendejo que hizo encallar ese barco?”. El capitán debía ponerse en pie y contestar: “Fui yo”…
 
De nueva cuenta hay escándalo y revuelo por la estatua de Heydar Aliyev, líder político de Azerbaiyán calificado de asesino y dictador, cuya efigie se puso en el Parque de la Amistad, de la Ciudad de México. Independientemente del juicio que de la Historia merezca ese tirano —¡pobre Historia; debe juzgar a tantos!— no debemos olvidar que este lío se originó porque un grupo de notables del Distrito Federal, señoras y señores que integran una Comisión de Monumentos, o algo así, autorizó en principio la aceptación de esa estatua por el Gobierno del DF, y su colocación en la vía pública.

Es cierto que después esas mismas notabilidades, asustadas por la reacción de los activistas, dieron marcha atrás apresuradamente, y anularon su primera decisión. Pero en su origen a esos conspicuos personajes se debe el espinoso problema del cual la campana salvó a Marcelo Ebrard y que ahora enfrenta Miguel Mancera. Yo pienso que mientras se decide el destino final del monumento las ilustres damas e ínclitos caballeros que sin ver lo que hacían autorizaron originalmente el adefesio deben ser condenados, igual que el capitán de barco, a sentarse junto a la imagen de Aliyev, y cuando alguien pregunte: “¿Quiénes serían los grandísimos insensatos que por no hacer bien su trabajo autorizaron en principio este esperpento?”, tales notables tendrán también que ponerse en pie y responder al unísono: “Fuimos nosotros”. Fiat justitia et pereat mundus. Hágase justicia, aunque se acabe el mundo…
 
Dos elegantes caballeros se conocieron en una fiesta. Le pregunta uno al otro: “¿A qué te dedicas?”. Responde el otro: “Vendo Viagra femenino”. “¿Viagra femenino? —se sorprende el primero—. No sabía que hubiera Viagra para la mujer”. “Sí lo hay —responde con una sonrisa el otro—. Vendo joyas”…
 
Jock McCock, hombre de procerosa estatura, lacertoso, entró en el bar. Caminaba penosamente con muletas, traía vendada la cabeza y llevaba un brazo en cabestrillo. “¿Qué te sucedió?” –le preguntó, azorado, el cantinero. Responde con feble voz McCock: “Tuve une pelea con Tiny Tin”. “¿Tiny Tin? —se asombró el de la taberna—. ¡Pero si Tiny Tin es un hombrecito flacucho y escuchimizado que no te llega a la cintura!”. “Es cierto —replicó McCock—. Pero tenía una pala, y me golpeó con ella”. Inquiere el tabernero: “Y tú ¿no tenías nada en la mano?”. “Sí —contesta Jock—. Tenía una bubis de la esposa de Tiny Tin, pero eso no sirve mucho para defenderse”… FIN

domingo, 13 de enero de 2013

Poca suerte

De Política y Cosas Peores

¿Por qué la hembra de la especie Mantis Religiosa le corta la cabeza al macho tras realizar el acto del amor? Porque es la única manera de evitar que inmediatamente después de terminar el acto se dé la vuelta y se ponga a roncar…
 
Ovonio Brandbolier, ya lo sabemos, es el hombre más perezoso del condado. Una mañana su esposa le preguntó: “¿Qué vas a hacer hoy?”. “Nada” —respondió lisa y llanamente el haragán. Le indica con acrimonia la señora: “Lo mismo hiciste ayer, y antier, y anteayer”. “Sí —reconoce Ovonio—. Pero no he terminado”. (El grandísimo poltrón no completaba en toda su vida un turno de 8 horas de trabajo)…
 
Himenia Camafría, madura señorita soltera, iba por un oscuro callejón, y le salió al paso un individuo que la amenazó con una navaja. “No se alarme —le dijo el asaltante—. Lo único que quiero de usted es su dinero”. “Dinero, dinero —repitió, mortificada, la señorita Himenia-. Todos los hombres son iguales. Lo único que les importa es el dinero”…
 
El director de publicidad de una empresa cigarrera quiso contrarrestar los efectos de la campaña de salud en que se advierte a los fumadores que el vicio de fumar puede ser causa de muerte. Para eso se propuso hallar a alguien que después de ser fumador toda su vida gozara de buena salud. Luego de mucho buscar encontró a un hombre de 80 años que tenía aspecto saludable a pesar de que se fumaba dos cajetillas de cigarros cada día. Le preguntó: “¿Quiere participar en un comercial de televisión? Le pagaremos bien”. “Sí —respondió el tipo—. Pero el comercial tendrán que filmarlo por la noche”. “¿Por qué?” —se extrañó el otro. Explica el individuo: “Porque hasta las 7 de la tarde dejo de toser”…
 
Casandro Malsinado tenía poca suerte. Un hado adverso lo perseguía de continuo. Cierta noche contrató los servicios de una mujer de la calle, daifa, zorra, buscona, ramera, perendeca o maturranga. En el motel ella le dijo: “Por favor, no en nuestra primera cita”…
 
La nietecita le preguntó a su abuela: “¿Cuántos años tienes, abue?”. Respondió la señora: “60”. “¿60? —exclamó la niñita con asombro—. ¡Caramba! ¿Y empezaste desde uno?”…
 
Le dijo un niño a otro: “Mi papá le gana a tu papá”. “¡Uh, qué chiste! —se burló el chiquillo—. ¡Mi mamá también le gana!”…
 
La esposa de don Languidio, senescente caballero, le comentó a una amiga: “Mi marido está tomando fósforo. Pero de nada le sirve: nunca prende”…
 
Otro señor se quejaba: “En el aspecto sexual mi matrimonio es un fracaso. Yo tomo Viagra. Mi mujer toma hierro. Y cuando yo estoy listo ella está oxidada”…
 
Capronio, sujeto ruin y desconsiderado, fue con su esposa y su suegra a Nueva York. “Yerno —le dijo la señora al tal Capronio—, me gustaría subir al Empire State”. “No lo haga, suegra –le aconsejó el majadero—. Podría ser atacada por aviones biplanos”. (¡Como el gorila King Kong en la película, le quería decir el desgraciado!)…
 
Babalucas, por su parte, viajó a Roma con su mujer. Al regresar un amigo le preguntó: “¿Vieron al Papa?”. “Claro que no —respondió el tontiloco—. El Papa es invisible”. “Baba —le apunta su señora—: la palabra es ‘infalible’”…
 
Dos políticos de pueblo fueron al cementerio a buscar nombres de muertos para ponerlos en el padrón electoral y simular en la próxima elección que habían votado por su partido. Llegaron a una lápida que decía: “Aquí yace Iñaki Arregorrigobarretecheurrindinagagorricochea”. Al ver lo largo de ese vascuence nombre uno de los políticos le dijo al otro: “Vamos a saltarnos a éste”. “¡Ah no! —protestó con vehemencia el compañero—. ¡Tiene tanto derecho a votar como los otros!”…
 
Los recién casados iban a pasar su primera noche en casa de los papás de ella, para tomar el avión al día siguiente. El cuarto de la chica estaba junto a la recámara de sus papás. Y sucedió que cuando quisieron hacer ciertas cositas la cama empezó a rechinar sonoramente. Apenada, la muchacha le propuso en voz baja a su flamante maridito que mejor fueran a un hotel cercano. Tomaron, pues, una valija para poner en ella algunos efectos personales. Al cerrarla se dieron cuenta de que la maleta no cerraba bien. En su cuarto los papás oyeron que su hija decía: “Déjame sentarme en ella”. Eso los incomodó, claro. Pero luego escucharon al novio decir: “Déjame sentarme en ella ahora yo”. Al oír tal cosa el señor se levantó apresuradamente de la cama y le dijo a su mujer: “¡Eso yo tengo qué verlo!”…
 
FIN.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Finanzas

De politica y cosas peores

Doña Morsona Z. Cea, mujer de carnes abundosas, casó en segundas nupcias —era felizmente viuda— con un joven soltero bastante menor que ella, y sin ninguna ciencia de la vida. Al empezar la noche de las bodas doña Morsona se quitó la faja, con lo cual su profusa humanidad quedó desparramada por todo el tálamo nupcial, como una enorme amiba que se difundiera. La exuberante novia le tendió una mano a su flamante maridito, que la veía asustado, y le pidió con sugestivo acento: “Impericio: dime alguna palabra que contenga amor”. Le dice él, vacilante: “Amor...fa”...

En cierta ocasión Mahatma Gandhi se topó con el gran jefe indio Standing Bull. El insigne pacifista llevaba su humilde vestimenta, un lienzo blanco que le cubría el cuerpo. El piel roja, por su parte, lucía su penacho de plumas. Al verse los dos hablaron al mismo tiempo. Se dijeron uno al otro: “Qué raro. No pareces indio”...

El encuestador le preguntó al empleado: “¿Desde cuándo trabaja usted aquí?”. Contesta el tipo: “Desde que el jefe me amenazó con despedirme si no trabajaba”...

La señora, desolada, le dice a su marido: “¡Capronio! ¡Un alacrán le picó a mi mamá en la cama!”. “No me lo explico —responde pensativo el vil sujeto—. Yo le puse cinco”...

Hay frases de supuesta sabiduría que causan mucho daño. Una de las más nocivas es la siguiente: “Hay que tener lo que se debe, aunque se deba lo que se tiene”. Por hacer caso a esa funesta frase muchos imprevisores se han endeudado hasta el pescuezo, si me es permitida la expresión. Hay veces, desde luego, en que debemos recurrir al crédito, pero hemos de hacerlo en forma prudente, de modo de estar seguros de poder cumplir el compromiso. Hay quienes contraen deudas sin saber siquiera si las podrán pagar. (¿Ya se te olvidó que me debes mil pesos?”. “No, pero dame un poco más de tiempo y se me olvidará”). Luego andan, como decía la gente de antes, con el alma en un hilo y el Jesús en la boca. Lo mismo que sucede en el ámbito doméstico pasa en la cosa pública. Los estados del País que no tengan saneadas sus finanzas se verán en grandísimos apuros, pues no transcurrirá mucho tiempo sin que a causa de la recesión vean mermadas sus participaciones federales y otras percepciones, y estarán en problemas para enfrentar sus obligaciones, cubrir su gasto corriente y hacer obra. Entonces será el llanto y el crujir de dientes. En algunos casos la situación llegará a ser tan grave que los deudores ni siquiera tendrán dientes qué crujir, y no dispondrán de lo necesario para ponerse placas. El acabose. Lo mejor es no deberle nada a nadie. Eso no sólo ayuda a la economía: también ayuda a dormir bien...

En España el verbo “joder” significa “practicar el coito”. Currito, muchacho madrileño, estaba en vísperas de ingresar al estado matrimonial. Había algunas cosas acerca de las cuales no tenía noticia cierta, de modo que sostuvo con su progenitor una conversación de hombre a hombre. “Padre —le preguntó—, ¿cada cuándo los casados hacen el amor?”. “Te diré, hijo —respondió don Odoacro, que así se llamaba el genitor—. Al principio lo haces todos los días, y hasta dos o tres veces en el mismo día. Parece que no te vas a cansar nunca. Después las cosas se aquietan algo, y entonces haces el amor dos veces por semana, o tres. Pasa el tiempo, y empiezas a hacerlo un día por semana. Después lo haces una vez al mes. Luego una vez por año, si acaso. Al último terminas por no hacerlo nunca”. Pregunta de nuevo el muchacho: “¿Cómo es ahora tu relación con mi madre?”. Responde el señor: “Todas las noches tenemos sexo oral”. “¿Sexo oral? —se asombra el muchacho—. ¿Y todas las noches?”. “Sí —confirma don Odoacro—. Ella se va a su cuarto mascullando con mal humor: ‘¡Joder!’. Yo digo también: ‘¡Joder!’, y me encierro en el mío”...

FIN.

jueves, 19 de febrero de 2009

Inseguridad

De politica y cosas peores
 
La tía soltera de Pepito, mujer poco agraciada, contemplaba extática la majestad del bosque. Con emoción le dice a su sobrino: “¡No te imaginas, Pepito, cuánto amo a la naturaleza!”. Exclama el niño, igualmente conmovido: “¡Qué buena eres, tía! ¡Después de lo que te hizo!”...
 
La novia de Capronio le dice por teléfono: “Me embarazaste, infame, y sé que no puedo esperar nada de ti. ¡Voy a tirarme al río desde el puente!”. “¡Caramba! ---exclama el desalmado con sincera admiración---. No sólo eres magnífica en la cama. ¡Además sabes portarte como amiga!”...
 
El señor le dice a su hijo al tiempo que lo abrazaba estrechamente: “¡Felicidades, hijo! ¡Algún día recordarás este día como uno de los más felices de tu vida!”. “Pero, papá —responde con desconcierto el chico—. Mañana es cuando me caso”. “Precisamente —confirma el señor—. Alguna vez recordarás el día de hoy como uno de los más felices de tu vida”...
 
Propongo esta definición para que forme parte del Nuevo Diccionario Mexicano: “Director de Comunicación Social: Funcionario que tiene como tarea principal negar o aclarar las indejadas que su jefe dice”. En efecto, muchos de nuestros hombres públicos suelen ser pródigos en decires y escasos en pensares. A sus palabras no acompaña siempre esa virtud de sonoroso nombre, la sindéresis, que es sinónimo de discreción. Un ejemplo. El Secretario de Turismo fue a Cancún y dijo que a los medios de comunicación debe achacarse la responsabilidad por la mala imagen que tiene México en el extranjero. De inmediato su oficina de prensa se apresuró a decir que el Secretario no había dicho lo que había dicho. Parece que el señor es de aquéllos que creen que los hechos violentos no suceden si no son mencionados. La administración calderonista está empeñada en convencernos de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Tal se diría que su lema es la frase que acostumbraba decir Pompín Iglesias, aquel inolvidable comediante: “No pasa nada; no pasa nada”. Sin embargo la terca realidad se obstina en contrariar esa aseveración. El principal problema de este país es hoy por hoy el de la inseguridad. Tratar de ocultar la situación, o negar sus efectos es un empeño absurdo, un imposible empeño. Por eso yo no soy empeño, porque no quiero que digan de mí que soy absurdo o imposible...
 
Don Senilio, octogenario caballero, contrajo matrimonio con Pompana, frondosa mujer de 40 años. El médico del señor recomendó que en la luna de miel los esposos durmieran en habitaciones separadas, pues un solo acto de coición podía costarle la vida al desposado. Había que tomar en cuenta su edad, y los exuberantes atributos de la novia. Así, los hijos del maduro contrayente le reservaron a su padre el cuarto 101 del hotel, y para su flamante esposa pidieron la habitación 150, que estaba al otro extremo del largo corredor. A la mañana siguiente de la noche nupcial los recién casados bajaron a desayunar a eso de las 5 de la tarde. Pompana lucía una sonrisa de oreja a oreja; se le veía rozagante y satisfecha. Don Senilio, en cambio, se miraba lánguido, agotado. Sus hijos le preguntaron con inquietud el motivo de su evidente lasitud. Responde con feble voz el desposado: “Anoche le cumplí cuatro veces a mi esposa, y otras tres veces hoy”. “¡Siete veces en total! —sumó uno de los hijos, que era contador público titulado—. ¡Con razón te ves cansado!”. Responde el veterano: “No fue eso lo que me cansó. Hubieran podido ser más veces. ¡Lo que me dejó agotado fue tanta vuelta que tuve que dar de un extremo a otro del corredor!”...
 
FIN.

jueves, 12 de febrero de 2009

Agobiado

De politica y cosas peores
 
Don Languidio, señor de edad madura, iba a tener trance de coición con mujer joven. Al empezar las acciones pregunta ella: “¿No va usted a usar preservativo?”.
 
“Perdóname, linda —responde con voz feble el añoso galán—. Si en su estado natural batallo, ¿te imaginas si le pongo un peso adicional?”...
 
Capronio le dice a su amigo señalándole a un señor que iba por la calle: “Odio a ese hombre. Pronunció unas palabras que me echaron a perder toda la vida”. “¿Qué palabras fueron ésas?
 
—se inquieta el amigo—. Contesta Capronio, rencoroso: “Los declaro marido y mujer”...
 
Rosibel le cuenta a Susiflor: “Don Algón es un grosero. Me dijo que si hacía el amor con él me regalaría este reloj”...
 
Mañana haré aquí una declaración que conmoverá a dos naciones: Argentina y México. ¡No se la pierdan mis cuatro lectores en ambos países!...
 
Por los pasillos y corrillos de Washington, D.C., se escucha una versión seguramente apócrifa acerca de algo que le habría sucedido a Barack Obama la primera noche que pasó en la Casa Blanca. Según ese relato, el nuevo Presidente de Estados Unidos no pudo conciliar el sueño aquella noche. Se sentía agobiado por la grave responsabilidad que sobre sus hombros había recaído, equiparable sólo a la de escribir una columna diaria para este prestigiadísimo periódico. Insomne, desvelado, salió Barack del lecho, vistió una bata y encaminó sus pasos por los desiertos corredores de la mansión presidencial. Llegó a la rotonda donde están los bustos de los más grandes presidentes norteamericanos. Fue al de George Washington y le dijo: “Nuestra política exterior está marcada por conflictos que no somos capaces de solucionar. Tú fuiste el primero en la paz, el primero en la guerra y el primero en el corazón de tus conciudadanos, aunque sólo el segundo en aquellito, pues contrajiste nupcias con mujer que había tenido ya función de estreno. Dime: ¿qué debo hacer?”.
 
Respondió el marmóreo busto del Padre de la Independencia: “Ve al Congreso”. Se dirigió en seguida Obama a la efigie de Thomas Jefferson, y díjole: “Nuestra política interior está marcada por el escepticismo. La gente no cree ya en nosotros. Dime: ¿qué debo hacer?”.
 
Responde la imagen del fundador del republicanismo: “Ve al pueblo”. A continuación fue Obama a donde estaba el busto de Abraham Lincoln, y le dijo: “Nuestra economía está marcada por la bancarrota. El desempleo cunde; las empresas van a la quiebra; se tambalea el dólar; caen los depósitos bancarios. Hay una grave recesión. Dime: ¿qué debo hacer?”.
 
Responde con sombrío acento el busto de Lincoln: “Ve al teatro”...
 
Me resisto a dar crédito a esa anécdota, que tiene todos los visos de lo inverosímil. En efecto, Obama goza de buen sueño, según ha declarado su señora esposa, y no es creíble que haya pasado toda una noche sin dormir. Aun así la narración ilustra las difíciles condiciones económicas que arrostra la nación vecina. Y si eso dice pan de huevo ¿qué dirá cemita de agua.
 
Quiero decir, si las finanzas de nuestros poderosísimos vecinos andan en la lona ¿cómo andarán las nuestras...
 
(Nota: Aprovecho la ocasión para aclarar que esa expresión: “andar en la lona”, no se refiere a la lona del ring de boxeo. Alude a la que tienen las llantas bajo la cubierta de caucho. Cuando esa cubierta se desgasta por el uso, entonces aparece la lona, y eso significa que la llanta está en las últimas. De ahí viene la frase que hoy utilicé: “Andar en la lona”. Gracias)...
 
El señor cura visitó la casa de Pepito, y supo que el niño tenía un perico llamado “Gallito”. Le dice con voz dulce: “Tu periquito luce en la cabeza esas plumitas rojas. ¿Por eso se llama ‘Gallito’”.
 
“No —responde el niño—. Se llama así porque tiene la costumbre de tirarse a las gallinas”...
 
FIN.

domingo, 8 de febrero de 2009

Veneno

De politica y cosas peores
 
Afrodisio Pitongo, concupiscente individuo proclive a la lubricidad y la libídine, fue con un cirujano plástico y le dijo: “Doctor: conocí a una hermosísima muchacha, y me casé con ella. Mi esposa presenta una particularidad muy rara: tiene tres senos”. “Ya veo —responde el facultativo—. ¿Quiere usted que le extirpe uno?”. Y contesta Pitongo: “No, doctor. Quiero que me implante una tercera mano”...
 
Simbad el Marino entró subrepticiamente en el serrallo del sultán, y tuvo trato de coición con una de las más bellas odaliscas del harén. Consumado aquel trance deleitoso se disponía ya a escapar cuando uno de los eunucos dio el grito de alarma con atiplada voz y modosos brinquitos de doncella.
 
Acudieron al punto los jenízaros que custodiaban el secluso gineceo; apresaron al audaz aventurero y lo llevaron a la presencia del sultán, que en ese momento juzgaba a los transgresores de la ley.
 
Le informan: “Este hombre se refociló con una de tus odaliscas”.
 
Dictaminó el sultán al punto: “Que en él se cumpla del talión la ley. Háganle ustedes a este bellaco lo mismo que él le hizo a mi odalisca”.
 
“¡Nunca! —se yergue Simbad con energía gallarda—. ¡Una y mil veces prefiero yo morir antes que someterme a tamaña indignidad! ¡Eso me deshonraría! ¡El peor de los baldones caería sobre mí! ¡He paseado por los siete mares —bueno, por seis, porque me falta el Caspio— el nunca tangido pendón de mi virilidad, y no voy a sufrir ahora esta vergüenza! Mejor matadme, privadme de la vida, o las dos cosas, pero lo otro ¡nunca!”.
 
“¡Calla, perro! —le ordena el jefe de los jenízaros, que eran todos esclavos negros de la Nubia, membrudos hombres de torosos músculos y estatura gigantea—.
 
Pide el sultán: “El que sigue”. Le presentaron a un hombre que había robado una manzana del huerto del visir. Y sentenció el riguroso juzgador: “Córtenle las manos. Azótenlo luego con el látigo de las siete colas hasta dejarlo desollado. Después métanlo en un perol de aceite hirviendo, y cuando muera echen sus maldecidos restos a los cerdos”.
 
A continuación le llevaron a un hombre que había jurado en falso. Decretó el sultán: “Córtenle la lengua. Luego ásenlo a fuego lento en la parrilla, la nueva, la que usamos para las barbecues. Cuando esté término medio sáquenle las entrañas, y ahórquenlo con ellas. Finalmente quémenlo en la pira, y que el simún esparza sus cenizas por todos los rumbos cardinales del desierto, de preferencia por el sur-poniente.
 
Cúmplanse las sentencias”.
 
Tomaron los jenízaros al ladrón, al perjuro y a Simbad, y se dispusieron a llevarlos al sitio donde cada uno recibiría su castigo. Tembloroso, les dice Simbad a los jenízaros: “No se les olvide, compañeros: yo soy el que únicamente debe ser follado”...
 
Capronio, individuo de mala ralea, se hallaba en el lecho de su última agonía. Sentada junto a él su esposa le enjugaba el perlino sudor que le cubría la frente. “Martiriana —empieza a decir el moribundo con voz feble—. Quiero pedirte perdón por todo el daño que en mi vida te hice. Siempre te maltraté; te humillé siempre. Jamás tuve una palabra de encomio o de cariño para ti. Aunque no necesariamente en ese orden fui aleve, brutal, cruel, déspota, encarnizado, fementido, grosero, hostigador, inicuo, jodedor, lesivo, malo, nefasto, odioso, protervo, querelloso, ruin, solapado, tosco, ultrajador, villano, xolo, yuguero y zafio (perdona si equivoqué el orden alfabético). Te mentí; falté a la fe que en el altar jurete; y por si todo eso fuera poco hice lo que jamás puede perdonar una mujer: nunca te compré un vestido. Fui el peor de los hombres para ti. ¡Perdóname!”. Y así diciendo Capronio rompió en llanto. “Calla, calla —le dice Martiriana con dulce y tierno acento—. No te atormentes más, esposo mío. Tranquilízate, y deja que el veneno haga su efecto”...
 
FIN.