martes, 17 de marzo de 2009

San Kidunaia y su sobrina (II)

Presente lo tengo Yo

Esta casa no es una casa. Es un burdel. Las mujeres que en ella viven no pueden salir a la calle, pues son escándalo de las demás mujeres y ponen malos deseos en los hombres. La rara vez que salen —con el permiso del preboste— deben llevar un vestido amarillo, y caminar con la cabeza baja, sin mirar a nadie. Son rameras, y ser ramera es algo como ser leprosa.

A este burdel no vienen señores principales. Ellos tienen sus criadas, o las mujeres de sus campos, para gozar sobradamente los placeres que sus esposas les regatean porque les han dicho que hacer eso es pecado: sólo deben ceder a los deseos de sus maridos para quedar preñadas. A la mancebía llegan hombres de poco ver y de menor haber. Ahorran trabajosamente, céntimo a céntimo, hasta juntar el precio que las mujeres cobran por su cuerpo, y cuando están con ellas se muestran tímidos y cortos. Les dicen “señoras”. Las mujeres ríen a carcajadas al oírse llamar así.

Entre las rameras hay una que no parece ramera. Las demás son toscas y rudas; ella tiene modales de dama principal. Todas son feas; ella posee cierta hermosura que aquella mala vida no ha alcanzado a ajar. Las otras tienen la piel oscura: son campesinas que vivieron antes una vida de labores bajo el sol. Ella muestra tez blanca y cabellera rubia. Por eso le dicen Magdalena, porque tiene la misma traza de esa santa pecadora.

Un día las prostitutas, y su dueño y guardador, se sobresaltan al ver que frente a la puerta de la casa se ha detenido un jinete que monta un brioso corcel. El hombre es guapo. A las claras se ve que es también rico, y noble. Entra y le pide al rufián que le muestre a las mujeres que ahí tiene. Todas vienen, y el visitante dice:

-Quiero a ésa.

Es Magdalena. Con ella va a un cuarto de la casa. Cierra la puerta y dice a la muchacha:

-No estoy aquí por mí. Vengo porque mi rey te ama, y quiere que vayas con él. Yo soy el encargado de llevarte. Si vienes conmigo, mi soberano te dará su reino.

La muchacha, alelada, apenas alcanza a mover la cabeza para decir que sí. Sale con ella el noble hidalgo, le arroja al dueño una bolsa con monedas y le dice:

-Me la llevo.

Todo un día cabalgan y una noche. Ahora van por un bosque. El jinete detiene su caballo, se apea de él y ayuda a bajar a la muchacha. Le dice:

-¿No me conoces? Soy Kidunaia, tu tío.

Y le cuenta la historia. Ha sabido que el hombre con el que huyó la vendió a la mancebía después de deshonrarla. Al punto él abandonó su cueva. Consiguió con sus amigos de la juventud ropas, dineros y caballo, y fue a buscarla.

-Lo que te dije en el burdel es cierto —añade—. Mi rey te ama, y quiere que vayas con él.

Mi rey es Nuestro Padre Dios, y me mandó traerte. Si vienes conmigo te dará su reino.

La muchacha rompe en llanto y se echa a los pies de su tío para pedir perdón. A partir de ese día se entrega a la penitencia y la oración. Funda un cenobio en el que van a buscar paz otras mujeres como ella.

Kidunaia vuelve a su vida de ermitaño. Otra vez viste túrdigas y harapos; se alimenta con mendrugos que le dan. Cuando muere, una bandada de palomas blancas que nunca nadie ha visto alza el vuelo entre los árboles del bosque. Las buenas gentes de la aldea dicen que las palomas llevan en sus picos el alma del anacoreta, para elevarla al cielo.

Llegaron los dos sin anunciarse

Llegaron los dos sin anunciarse, y ellos mismos se presentaron.
-Yo soy Común —dijo el primero.
-Y yo Corriente —completó el segundo.
-Me da gusto conocer a Común y Corriente —dije yo—. ¿En qué puedo servirles?
Respondió Común:
-Informe a sus lectores que no hay nadie que sea común y corriente. Cada hombre y cada mujer son un ser único e irrepetible. Todos llevan en sí una cualidad que los hace distintos a los otros. La verdad es que no hay nada en el mundo que sea corriente, o común: todo es maravilloso y sorprendente. Si alguno dice que alguien es común y corriente, estará demostrando que él es alguien común y corriente.
Cumplo la encomienda en esta forma, Común y Corriente.

¡Hasta mañana!...

Viene a México Hillary Clinton

“... Viene a México Hillary Clinton...”.

Solo, libre en su redil,
y sin freno en el andar,
no quiero ni imaginar
lo que en su ausencia hará Bill.

lunes, 16 de marzo de 2009

Periplo

De politica y cosas peores

El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida (no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que prohíbe hacer el amor de pie porque eso tiene cierto parecido con el baile, vedado a los feligreses), fue como misionero a las islas de los Mares del Sur. Ahí su esposa se consiguió una criadita aborigen. La muchacha llegó a la casa con los enhiestos senos al aire, según era costumbre. La señora, que no los tenía tan enhiestos, juzgó que aquello era una intolerable falta a la moral, y le ordenó a la chica que se cubriera el pecho. Ella se lo cubrió, pero lo hizo con la tela que le cubría lo de abajo, de modo que aquella parte quedó muy a la vista, especialmente a la del reverendo. Su esposa le dijo: “Tendremos que enseñarle a esta muchacha la diferencia entre el bien del mal”. Respondió el pastor: “Tú encárgate de enseñarle el bien. De lo demás me encargo yo”. El mal, en efecto, tiene un cierto atractivo que no posee el bien. Se diría que el departamento de publicidad del diablo es mejor que el de su competencia. En las pastorelas infantiles todos los niños quieren ser el diablito, y nadie el ángel. Cuando en la prepa todavía se estudiaba Ética yo cursé la materia en el glorioso Ateneo Fuente, de Saltillo. Nuestro libro de texto tenía un sonoro nombre: se llamaba “El secreto del bien y del mal”. Su autor era, si la memoria no me engaña, José Romano Muñoz. En él aprendí que toda acción humana debe estar presidida por una teleología, es decir encaminarse a un fin valioso. Un acto no puede ser bueno si se hace para conseguir un fin malo.

Ha sido muy alabada la gira que López Obrador hizo por la República, gira en la cual llegó a todos los municipios donde se llevan a cabo elecciones. Antes de hacer el elogio del periplo habrá que ver cuál fue su causa última, es decir, su finalidad. Varios comentadores han dicho que López Obrador y algunos de sus cercanos consejeros están buscando que el presidente Calderón no termine su sexenio, y llegan incluso a hablar de su derrocamiento. Eso estaría peligrosamente cerca de la incitación al golpe de Estado. Un discurso así no cabe en un país que se halla en una transición democrática obtenida con muchos trabajos y muchos sacrificios. Al parecer hay quienes buscan lograr por medios ilegales lo que dentro de las instituciones no han podido conseguir. Si la gira de López Obrador fue un ejercicio democrático, bien vengan los elogios y alabanzas. Pero no puede merecer encomio lo que tienda a echar por la borda esa incipiente democracia para sustituirla por un caudillismo autoritario como el que sufren ya otras naciones de América Latina...

El urólogo le dice a su paciente después de examinarlo: “Le tengo dos noticias: una buena y una mala. La buena es que su parte de varón le va a crecer 8 pulgadas, y le va a engrosar 2”. “¡Fantástico! —se alegra el individuo—. ¿Y la mala noticia?”. Le informa con voz sombría el facultativo: “Es elefantiasis”...

Una muchacha conoció a un tipo de extraño aspecto que la invitó a pasear por el bosque. A la mitad del paseo ella sintió miedo. Le dice al hombre: “Me atemoriza la soledad del bosque”. Responde con tono siniestro el individuo: “Dímelo a mí, que voy a tener que regresarme solo”...

Viene ahora un cuento de color subido. Las personas que no gusten de leer cuentos de color subido sáltense hasta donde dice FIN...

Un comerciante salió de su tienda para ir al café con los amigos. Su esposa le gritó desde la puerta: “¡No me dejaste dinero para el gasto!”. Responde él: “A’i coge”. “Me parece muy bien —acepta ella—. ¿Cuánto cobro?”. “¡No te acomodes! —se enoja él—. A’i coge, de la caja”. (No le entendí)...

FIN.

Historia de San Kidunaia y su sobrina

Presente lo tengo Yo

Las vidas de los santos deben leerse con cuidado, pues en ellas se encuentran muchas ideas para pecar. En efecto, muchos santos y santas llevaron existencias tormentosas antes de arrepentirse, y sus confesiones —como las de San Agustín— son ricas en malos ejemplos.

Hoy, 16 de marzo, es el día de San Kidunaia. Su nombre verdadero era Abraham, pero en algunos santorales aparece como Kidunaia, para que nadie lo confunda con el Padre de los Creyentes. Su vida de santidad empezó con un escándalo. Si yo lo cuento nadie me lo va a creer, por eso dejo la palabra a su biógrafo más autorizado, fray Justo Pérez de Urbel, abad de Santa Cruz del Valle de los Caídos:

“... Mancebo ilustre y rico, Abraham celebraba sus bodas con una de las muchachas más hermosas y hacendadas de su tierra. Siete días duraron los regocijos: danzas, músicas, perfumes y banquetes.

Llegó el momento en que los dos jóvenes fueron introducidos por expertas manos en la habitación donde les esperaba el tálamo, cubierto de sedas y de rosas, iluminado y enjoyado. Abraham dejaba hacer. Su esposa le cogió del brazo y le llevó hasta el lecho. Ahí se sentaron ambos. Hubo un silencio agónico. De repente él se levanta, tira los anillos y las cadenas de oro y exclama: ‘Adiós, hermana; voy a seguir la voz de Dios; voy a asegurar la salvación de mi alma...’”.

Ese relato me hace pensar que algunos buscan la salvación de su alma sin pensar en el daño que hacen a otros. Tal es el tema de un precioso libro que he leído y releído. Se llama “Vita brevis”, y lo escribió Jostein Gaarder. En esa obra se narra el inmenso sufrimiento de la mujer con quien San Agustín tuvo un hijo, cuando el futuro santo la abandonó para buscar a Dios. En este caso mi simpatía no está con Agustín, sino con la mujer a quien abandonó. Tampoco mi simpatía está con Kidunaia, sino con la muchacha a la que dejó vestida y alborotada. Sobre todo alborotada.

El tal Abraham se convirtió en anacoreta. Fue a encerrarse en una cueva cuya entrada cerró con piedras, dejando sólo un agujero por el cual le pasaban un poco de pan y agua cada día. El diablo lo acometía de continuo con graves tentaciones que Kidunaia resistía orando y sometiendo su cuerpo a toda suerte de castigos. Finalmente el demonio se cansó, y lo dejó en paz. Grande fue entonces el dolor de Abraham, pues extrañaba mucho al diablo, y se aburría sin el trabajo de resistir sus tentaciones. Diosito entonces le mandó una linda distracción. Una sobrina de Kidunaia, muchacha en edad de merecer, quedó huérfana, y buscó la protección de su tío el anacoreta. Éste le hizo construir una celda junto a su cueva, y a través del agujero por donde recibía la comida la instruía en las verdades de la fe. Esas lecciones no duraron mucho: un día la muchacha ya no apareció. La gente de la cercana aldea le dio al ermitaño la triste novedad: su sobrina había escapado con un apuesto joven que seguramente le había dado a la muchacha otras lecciones cuando el tío estaba entregado a sus rezos y a sus sacrificios.

Otra vez la pena de Kundaia fue muy grande, casi tan grande como la que sintió cuando el diablo dejó de acometerlo. He aquí que el Señor le había encomendado un alma para su salvación, y él había dejado que se perdiera. Entonces Abraham tomó una decisión. De esa decisión, y del final que tuvo, hablaré mañana, pues el espacio de hoy ya se me terminó.

(Continuará).

Ésta es la verdadera historia del Patito Feo

La verdadera historia del Patito Feo es que el Patito Feo era en verdad patito feo. No era un cisne. Era un patito feo.

Creció, y no se convirtió en un cisne: se convirtió en un pato feo.

Sufría mucho el pato feo porque no era un cisne. Era un pato feo. Pero un día lo vio una patita fea, y se enamoró de él. Le dijo:

-¡Qué hermoso eres! ¡Ni un cisne es tan apuesto como tú!

El pato feo vio a la patita fea, y le pareció la criatura más bella de este mundo. Se casaron, y fueron muy felices. Tuvieron patitos feos, todos muy hermosos. Su vida estuvo llena de hermosuras.

Quien lee un cuento como éste debe pagar un precio. El precio consiste en oír la moraleja.

He aquí la moraleja: el amor todo lo vuelve bello; en el amor está el secreto de la vida, del bien, de la felicidad... En el amor están todos los secretos.

¡Hasta mañana!...


Ver: El otro cuento del Patito Feo

En San Francisco, California, hay una iglesia solamente para hombres gays

“... En San Francisco, California, hay una iglesia solamente para hombres gays...”.

Las ceremonias, sencillas,
se adaptan bien a su fe:
una mitad está en pie,
y la otra de rodillas.

domingo, 15 de marzo de 2009

Pudicia

De politica y cosas peores

Ella era muy tímida. Se llamaba Sensitiva, y tenía la modestia de esa flor que cierra sus pétalos cuando siente la cercanía de una mano. Su novio, Timoracio, sufría la misma timidez. Era apocado y ñoño. Pero el amor vence toda cortedad (o casi toda), y guía a los amantes hacia el bien deseado. “Amor magister est optimus”; el amor es el mejor maestro, escribió Plinio el Joven en sus Cartas (IX, 4,19,4). Se casaron los dos, y fueron a pasar su luna de miel en un lugar de moda. No hubo luna de miel, siento decirlo. El amor que unió sus almas no pudo unir sus cuerpos, pues la exagerada pudicia de los recién casados, y su invencible timidez, les impidieron consumar el desposorio. Al regresar a casa les contaron a sus respectivos padres lo que había sucedido: no había sucedido nada. Ellos, preocupados, llevaron a sus muchachos con un terapeuta sexual. El especialista, después de oírlos, les hizo una sencilla recomendación: “Tómense una copita o dos —les dijo—. Así vencerán la timidez que los cohíbe. Luego actúen con la misma naturalidad de los perritos”. Una semana después Sensitiva y Timoracio regresaron con el facultativo. Los dos lucían una radiante sonrisa de satisfacción. Habían logrado vencer su timidez, dijeron, y llevar a feliz término las nupcias. El terapeuta les preguntó con pícara sonrisa: “¿Se tomaron una copita o dos, y actuaron luego con la misma naturalidad de los perritos?”. “No —responde Timoracio—. Nos tomamos nueve copitas, o diez. Así nos dimos valor para salir a la calle y actuar con la misma naturalidad de los perritos”...

Babalucas era empleado público. Se presentó con él un extranjero, y Babalucas se dispuso a tomarle sus datos. Le preguntó: “¿Nombre?”. Responde el visitante: “Michael O’Brian”. “Decídase —le pide con enojo el tonto roque—. Un nombre u otro”...

En diferente ocasión Babalucas fue a una librería y preguntó al encargado: “¿Tienen algo de Hemingway?”. Contesta el librero: “Tenemos ‘El viejo y el mar’”. Se queda pensando Babalucas y dice luego: “Déme el mar”...

Empédocles Etílez entró en su casa a las 3 de la mañana, y bien borracho. Le grita su mujer hecha una furia: “¡Mira nomás a qué horas llegas!”. “¿Quién te dijo que llego? —respondió el temulento—. Vengo nomás por la guitarra”...

En el futbol todo el público abucheaba a un espectador. Una chica le preguntó a su acompañante: “¿Por qué lo abuchean?”. Responde él: “Le arrojó una botella al árbitro”. “¡Qué barbaridad! —exclama la muchacha—. ¿Y le pegó?”. “No —responde el otro—. Por eso lo abuchean”...

Dulcilí, romántica joven, le pregunta a su novio Libidiano: “Después de casada ¿me seguirás queriendo igual?”. “Hasta más —responde el salaz tipo—. Mi especialidad son las casadas”...

Una señora llamó a una agencia de colocaciones para pedir una niñera que le cuidara a su hijito aquella noche. Especificó: “La niñera debe saber karate, judo, kung fu, jiu jitsu, boxeo y tae kwan do”. “¿Tan rudo así es su hijito?” —inquiere con asombro el encargado. “Mi hijito es un ángel —contesta la señora—. Pero luego mi marido lleva a su casa a la niñera, por eso ella debe saber artes marciales”...

Doña Holofernes, esposa de don Poseidón, tenía la costumbre de revisar con un dedo a las gallinas, a fin de ver si tenían huevo. Una vez el perico de la casa andaba en el corral. La señora, algo corta de vista, lo confundió con una gallina, y se dispuso a hacerle el tacto esfinteral. “A mí con delicadeza, por favor —pide asustado el periquito—. Soy primerizo”...

Don Martiriano le dice a doña Jodoncia: “Debemos dos cuentas: la de la compañía de luz y la del médico. Sólo podemos pagar una. ¿Cuál de las dos pagamos?”. “La de la compañía de luz —responde sin dudar doña Jodoncia—. El médico ya no te puede apagar nada”...

FIN.

La vida. La telenovelera vida

Presente lo tengo Yo

No sé si esto que voy a contar hoy sucedió en verdad. Si sucedió, qué bueno. Si no, esperemos un poco, y ya veremos que sucederá.

Una muchacha y un muchacho están enamorados. Están enamorados el uno del otro, lo cual es todavía mejor. Son muy jóvenes, y en tiempos de juventud puede más la hormona que la neurona. Quiero decir que las cosas no se piensan: se hacen. Por eso suspiraba aquel filósofo: “¡Ah, si la juventud supiera!... ¡Ah, si la vejez pudiera!”.

Hacen sus cosas, pues, estos, enamorados, y a consecuencia de haberlas hecho ya no van a ser dos: van a ser tres. Él, asustado por aquella temprana responsabilidad, se va de la ciudad. Poco después nace la criatura. Para efectos del INEGI no ha habido cambio alguno: la población se ha mantenido estable.

La vida de la muchacha, sin embargo, cambia por completo. Debe ser madre y padre para su hijo, pues no tiene familia en la ciudad; no tiene a nadie. Busca trabajo y no lo encuentra. Desesperada va con el padre del muchacho. Es un señor de bien: está apenado por lo que hizo su hijo, y por lo que luego no fue capaz de hacer. Pero tampoco está en posibilidad de ayudar a la muchacha. Él mismo tiene problemas para sostener su casa.

Entonces el señor va a hablar con un amigo a fin de pedirle consejo. El amigo tiene su misma edad, y es viudo, sin hijos. Después de considerar el asunto, y tras informarse de la calidad de la muchacha (“Es decente —le ha dicho el señor—. El indecente es mi hijo”), el amigo propone una solución.

-Esa muchacha necesita un padre para su hijo —le dice al señor—. Yo, por mi parte, necesito una mujer. Si no tienes inconveniente habla con la joven y dile que estoy dispuesto a casarme con ella, si me acepta. La trataré como a una hija, y tu nieto tendrá dos abuelos: tú y yo.

El matrimonio se lleva a cabo. En aquel nuevo hogar reina la paz. Ella, en efecto, es como una hija para su marido, y él es como un abuelo para el niño. El otro abuelo visita al nieto cada día. Todo es felicidad.

Pasa un par de años, y el muchacho regresa a la ciudad. Se entera de lo sucedido y monta en cólera. Aquella mujer, dice a su padre, ha sido siempre suya. ¿Por qué él la entregó a otro hombre? Además aquel niño es su hijo.

-No es tu hijo —le dice con serenidad el señor—. Es hijo de mi amigo, cuyo apellido lleva, y es nieto mío. Los hijos no se hacen con la entrepierna, sino con el corazón. Tú no lo tuviste. Otro lo tuvo. Si vas a molestar a esa muchacha te van a matar.

-¿Quién me va a matar? —pregunta el muchacho, desafiante.

-Yo —responde el padre sin perder la serenidad—. Ya me avergonzaste una vez. Dos no me vas a avergonzar.

El muchacho se va de la ciudad jurando que nunca va a volver. “Así es mejor” —le dice su papá. Y cuando ve que su hijo ha subido al autobús se dirige con ánimo tranquilo a la casa de su amigo a ver, como todos los días, a su nieto.

No sé si esto que acabo de contar es cierto. A lo mejor no lo es. Pero las cosas no tienen que ser ciertas para ser verdad. La vida es un tema con infinitas variaciones. Quizás esto realmente sucedió. Si no, esperemos un poco. Alguna vez sucederá.

Historias de la creación del mundo

Imagino a un grupo de niños armando un rompecabezas.
Uno de esos niños se llama Copérnico.
Otro se llama Galileo.
Aquél es Mendel.
Éste se apellida Newton.
El de allá es Darwin.
El nombre de aquel otro es Einstein...
Como ellos hay muchos niños, muchos, ocupados
en armar ese rompecabezas.
Hasta ahora han conseguido armar sólo una pequeña parte.
El rompecabezas es muy grande. Sus piezas parecen infinitas.
Pero vendrán más niños.


¡Hasta mañana!...