miércoles, 4 de marzo de 2009

Nuevas rencillas

Llegaron sin anunciarse y me dijeron:

-Somos las nuevas rencillas.

Yo me puse nervioso. Las rencillas, de cualquier clase que sean, me sobresaltan siempre. Por eso nada dije.
-Siempre se habla de las viejas rencillas —continuaron ellas—. “Fulano mató a Mengano por viejas rencillas”; “Entre las dos mujeres había viejas rencillas”, etcétera. Nadie habla nunca de nosotras. Y sin embargo la gente también se mata por nuevas rencillas, y es muy frecuente que rencillas nuevas surjan entre dos mujeres.

Les pregunté en qué podía yo servirlas. Me contestaron:

-Informe a sus lectores que existimos. Si no lo hace, habrá entre usted y nosotras nuevas rencillas. 

Dejé pasar el tiempo sin cumplir la petición. Seguramente las rencillas nuevas son ahora viejas rencillas.

¡Hasta mañana!...

Sobredosis de Viagra

“... A fin de poder hacer el amor 12 horas seguidas, un ruso tomó una sobredosis de Viagra, y murió...”.

Ese hombre monomaníaco
pagó el desplante muy caro.
Consiguió un tremendo paro,
pero fue paro cardíaco.

martes, 3 de marzo de 2009

Gracias

De politica y cosas peores
 
Simpliciano, joven romántico y soñador, le dijo a Pirulina: “Te invito a disfrutar el véspero”. “A verlo” —pidió ella. El muchacho le explicó que el véspero era el atardecer, del cual gozarían en un paseo por el parque. A Pirulina le gustaban otros placeres de más sustancia y entidad, pero por no poner tristeza en el ánimo de su idealista amigo aceptó la inocente caminata. Iban, pues, por el parque cuando pasó un automóvil lleno de burlones jovenzuelos. Uno de ellos sacó la cabeza por la ventanilla y le gritó a Simpliciano: “¡Fóllatela!”. Al pobre muchacho le apenó tanto aquella procaz majadería que tomó por el brazo a Pirulina y de inmediato la llevó a su casa. “Siento mucho lo que sucedió —le dijo acongojado—. ¿Podré verte mañana?”. Contundente y lacónica respondió Pirulina: “No”. “¿Por qué no?” —se atribuló Simpliciano. Replica Pirulina: “Porque eres muy soberbio. No sabes admitir una buena sugerencia”...

Al final de esta columnejilla viene “La Triste Historia del Indejo que se Echó él Mismo de Cabeza”. En ella aprenderemos que a veces conviene pensar un poco antes de hablar...

“Señor Catón: Saludos, y quiero decirle que gracias a usted he tenido muchas mañanas felices en mi cama”. Al leer eso traje a la mente recuerdos olvidados y pensé: “¿Quién será ella?”. Pero seguí leyendo: “Mi esposo me lee su columna al empezar el día, y eso me alegra toda la mañana”. Díganme mis cuatro lectores si un recado así, que me fue entregado en propia mano por una gentilísima señora en la Feria del Libro del Palacio de Minería, no es para llenar de dicha el alma de cualquier escribidor. Presenté ahí mi más reciente obra: “La Otra Historia de México. Hidalgo e Iturbide. La gloria y el olvido”. ¿Cómo podré dar las gracias al público que abarrotó el hermoso Salón de Actos? Cuando salí a escena el auditorio me recibió con un aplauso que parecía eterno. Tuve dificultades para empezar a hablar, pues me emocionó el afecto de la gente. Y de otra generosidad supe también. Al día siguiente mis amigos del Grupo Editorial Planeta me invitaron a visitar sus oficinas, y me mostraron la puerta de cristal de la sala de consejo. Ahí, grabados con caracteres indelebles, se leen varios nombres. “Son —me dijeron— los de nuestros autores más leídos y más queridos”. Ahí García Márquez. Ahí Juan José Arreola. Ahí Ángeles Mastreta. Ahí Jorge Ibargüengoitia. Y ahí —¡oh sorpresa!— mi nombre, junto al de aquellos grandes. Abajito, claro, como debe ser, pero en su compañía. Con algunos hombres la vida es muy injusta, porque les da menos de lo que merecen. También conmigo la vida ha sido injusta, pues siempre me ha dado mucho más de lo que podría yo llegar a merecer. Le agradezco a la vida su injusticia...

Viene ahora “La Triste Historia del Indejo que se Echó él Mismo de Cabeza”. Aquel señor llegó a su casa en horas de la madrugada, tras de correrse con sus amigos una parranda homérica. Al llegar sintió un amago de hambre, y se guisó un par de huevos revueltos (scrambled eggs, para mis lectores del Hemisferio Norte). Luego se fue a la cama a dormir el intranquilo sueño de la borrachera. De él lo sacó su esposa horas después.

Tras de moverlo para que despertara le gritó con acento destemplado al tiempo que blandía ante él, amenazante, una tremenda cacerola: “¿Qué hiciste anoche, desdichado?”. Lleno de susto, aún medio dormido y alzando las dos manos para protegerse del cacerolazo que ya veía venir, el infeliz acertó a contestar: “¡Te juro que yo nomás bailé!”. “¡Ah! ¿También eso, cabrísimo grandón? —replica furiosa la mujer—. ¡Ya lo veremos luego! ¡Pero mira cómo dejaste la cacerola! ¡Le raspaste toda la capa de teflón!”...

FIN.

Las dos mitades (II)

Presente lo tengo Yo
 
Raras costumbres se ven en todas partes, y las tenemos todos. Hay incluso quienes tienen la rara costumbre de no tener una costumbre rara. Don Chalo tenía la extraña costumbre de comprarse una frazada cada año. La compraba tan pronto los primeros fríos del otoño caían sobre la región, y de un color diferente cada vez: este año, roja; el próximo, amarilla; el siguiente, azul...

Con esa frazada don Chalo se cubría por las noches en el menguado catre en que dormía su sueño de solterón empedernido. Luego, durante el día, se enredaba en ella cuando salía de su pequeña casa. A falta de otro abrigo andaba con su frazada, cosa que no era rara en esos lares, sino muy común. Tales frazadas eran cobija por la noche y chamarra, abrigo, chaqueta, suéter, bufanda y todo lo demás durante el día.

Pero ésa es otra historia. Volviendo a la mía diré que don Chalo tenía otra costumbre, a más de la de comprar cobija cada año. Esa otra costumbre consistía en vender la tal cobija tan pronto pasaba la temporada de los fríos. Pensaba que si la guardaba para volverla a usar en el invierno próximo la frazada se le iba a llenar de insectos perniciosos que le harían grandes agujeros (a la cobija, no a él); o formarían en ella sus nidos, y ahí se multiplicarían como en cómplice jungla protectora.

Movido por ese pensamiento que no dejaba de ser razonable, y aun prudente, don Chalo sacaba a la venta su frazada cuando las golondrinas anunciaban el regreso de la primavera con sus vuelos en torno de la torre del templo parroquial.

Realizaba la venta de la frazada a mitad de precio, desde luego. Consideraba que la otra mitad era una especie de alquiler que había pagado por el uso de la prenda. Si Mister Hertz inventó eso de “Rent-a-car”, don Chalo puede ser considerado el inventor de “Rent-a-blanket”, procedimiento que ciertamente tiene mérito, si bien se le analiza. Tiempo llegará en que nadie quiera ser propietario ya de nada, por las responsabilidades que el derecho de propiedad lleva consigo. “El que tiene tierra tiene guerra”, afirma un antiquísimo proverbio. Pero el que renta tierra vive en perpetua paz, pues puede salirse de ella al término del arrendamiento.

Lo mismo puede decirse del amor. Hay quienes piensan que rentado sale muchísimo más barato que cuando se quiere tener en propiedad. Yo no comparto ese criterio. Creo que el amor no se compra con dinero, sobre todo cuando el dinero es poco. Tampoco se puede rentar, opino yo. El amor se da, simplemente, o se recibe, y en ese dar y recibir no intervienen las cuestiones crematísticas, o sea las pertenecientes a la economía. El amor es gratuito o no es amor. 

Sin embargo éstas son divagaciones. Y en ellas se me ha ido el espacio. Sólo para eso sirven las divagaciones: para acabar espacios. Quien tenga poco espacio no debería divagar. Mañana continuaré la historia de don Chalo y su cobija, y la remataré. La historia y la cobija. 

(Seguirá).

La maestra del pueblo



Hay en el cementerio de Ábrego una tumba. Por las tardes, cuando el perfume de las flores que llaman maravillas se vuelve más intenso, de esa tumba sale una tenue voz que dice:

“Fui la maestra del pueblo. Los niños pensaban que yo sabía mucho, porque podía decirles que 9 por 7 son 63. Pero cuando me preguntaban por qué hay rosas que no son color de rosa, o por qué a veces llueve cuando hay sol, o por qué nos ponemos tristes al caer la tarde, no les podía contestar. Yo ya sabía que no sabía nada.

“Ahora lo sé todo. La muerte es la respuesta a todas las preguntas de la vida. Espero aquí una nueva vida, y entonces sabré la respuesta a todas las dudas de la muerte...”.

Así dice esta tumba del cementerio de Ábrego. Sus palabras van en el perfume de las maravillas, y se diluyen en la tristeza de la tarde.

¡Hasta mañana!...

Omar Bravo regresa al futbol mexicano

“... Omar Bravo regresa al futbol mexicano...”.

Fue al extranjero ese chavo,
y tuvo que regresar.
La gente dice que a Omar
no se le vio allá tan Bravo.                       

lunes, 2 de marzo de 2009

Pretexto

De politica y cosas peores

Facilisa tenía un cierto amigo, y lo recibía en el domicilio conyugal cuando su coronado esposo se ausentaba. Aquella tarde llegó el querido a refocilarse con la pecatriz, y ella lo llevó a la sala, pues ahí los amantes acostumbraban iniciar el trance erótico —foreplay se llama esto— antes de subir a la recámara a consumar su ilícita coición. Estaban en ese guacamoleo inicial —besos; abrazos; caricias encendidas cuya descripción no es para hacerse en una publicación decente—, cuando se oyó que un automóvil entraba en la cochera. Con toda calma le pregunta Facilisa a su galán: “Dime, Libidio: ¿alguna vez has vendido aspiradoras?”. “¿Aspiradoras? —se soprende el coime—. No. Nunca he vendido aspiradoras”. “Pues empieza ahora —le dice Facilisa—. Ahí viene mi marido”...

La nueva crisis está sirviendo de pretexto a algunos patrones inmorales para privar del empleo a sus trabajadores. Esa conducta va contra el sentido de humanidad que en tiempos como éste ha de prevalecer. Por encima de consideraciones utilitaristas debe privar ahora una solidaridad social que lleve a los fuertes a ayudar a los débiles a sortear las graves dificultades que una recesión económica suele traer consigo. Son días éstos de ganar un poco menos y ayudar un poco más. Con frecuencia perdemos de vista una noción elemental: a fin de cuentas o nos salvamos todos juntos o todos juntos nos vamos a perder.

No digo que esa frase merezca ser inscrita en bronce eterno o mármol duradero —tanto el mármol como el bronce han subido de precio últimamente—, pero sí pienso que en épocas como ésta debemos pensar en los demás...

Una linda chica llevó a su perrita con el veterinario, y le contó que el animalito no quería comer. Le dice el médico: “Tendré que revisarla bien. Desvístase, por favor”...

El señor y la señora fueron a cenar al restorán. Terminada la cena regresaron a su casa. En el camino ella se dio cuenta de que había dejado sus lentes en la mesa. “¡Cómo eres descuidada! —se enfurece el marido—. ¡Tardaré media hora en regresar! ¡No puedo creer que me hagas esto!”. Ella, confusa y apenada, se disculpaba una y otra vez; pero el señor, irritado, la siguió reprendiendo durante todo el tiempo que les tomó volver al restorán. Cuando llegaron, y la señora se disponía a bajar del automóvil, le dice el señor: “Y ya que estás en esto, recoge también mi celular”...

Burtonio, valiente explorador, iba por una región desconocida de África donde la mano del hombre jamás había puesto el pie. De pronto fue acometido por un elefante. Burtonio le disparó con su potente Magnum, pero falló el tiro. El elefante lo derribó, y lo iba a matar con un terrible pisotón. En eso apareció una banda de nativos que con sus gritos espantaron al formidable paquidermo, el cual huyó asustado. Burtonio se puso en pie, lleno de susto, y les dio las gracias a los aborígenes. “¡Me han salvado la vida, amigos míos!” —les dijo conmovido. Responde el que dirigía a los salvajes: “Teníamos que hacerlo. No nos gusta la carne molida”...

Don Languidio, señor de edad madura, hacía un viaje en automóvil, y llegó a un pequeño pueblo. Fue al único hotel que había en el lugar, y pidió una habitación. El botones lo condujo a su cuarto y le dijo en voz baja con tono de complicidad: “Señor: si usted quiere le puedo conseguir algo para que pase la noche más a gusto”. “Me parece excelente idea —responde don Languidio—. Tráeme una al tiempo”. El muchacho se desconcierta. “Hablo de chavas, señor, no de cheves”. “Yo también hablo de chavas —replica don Languidio—. Tráeme una al tiempo. Si me la traes helada no la podré calentar, y si me la traes caliente no la podré enfriar”...

FIN.

Las dos mitades

Presente lo tengo Yo

Tenía una rara costumbre aquel don Chalo: cada año estrenaba una cobija. No decía él “cobija”. Tampoco decía “frazada”. Decía “frezada”, que es muy antigua forma de decir, y muy castiza. Los sabios —que casi nunca lo son tanto— sonríen con burla cuando oyen a nuestros campesinos decir “ansina” en vez de “así”. Ignoran esos eruditos que el tal voquible es registrado por la Academia como “adverbio de modo, antiguo”, pero correcto, aunque pertenezca al lenguaje rústico.

Se compraba cada año, pues, don Chalo una frazada nueva. Esa costumbre de estrenar es muy mexicana. De ella derivan sabrosas costumbres y expresiones nuestras, como esa de “dar el remojo”, que consistía en pedir un pequeño regalo a quien estrenaba algo.

-¡Ah! Traes zapatos nuevos. ¡Dame el remojo!

Según he averiguado, la expresión nació en Oaxaca con motivo de esa preciosa fiesta que se llama Guelaguetza, nombre que significa “regalo” u “ofrenda”. Generalmente llueve el día en que ese gran festejo se celebra. Quienes a ella iban acostumbraban siempre —acostumbran todavía— estrenar algo en ese día, y como la lluvia los mojaba relacionaron la idea del estreno con la del remojo.

En Saltillo, recuerdo, había la costumbre de estrenar algo al término de la cuaresma. Estrenar cualquier cosa, pues los tiempos no eran muy holgados y todos vivíamos —con excepción de media docena de familias ricas— en una pobreza digna, tan digna que ni siquiera la advertíamos: éramos pobres, pero éramos ricos porque no sabíamos que éramos pobres. Las señoras estrenaban un chal en la misa del Domingo de Resurrección; los señores estrenaban sombrero, prenda entonces obligatoria en el atuendo masculino; los niños estrenábamos zapatos, y andábamos felices como niño con zapatos nuevos.


Así escribió López Velarde, que es el poeta a quien más amo, entre otras razones porque es el poeta que amó más.

Pues bien: guardadas todas las proporciones con la bella imagen del zacatecano, todo el pueblo donde vivía don Chalo se llenaba con el aroma del estreno de aquella frazada hecha con lana de borrego criollo, y que por tanto olía a borrego —y a borrega— desde lejos. Con ese material, con lana, se hacían entonces las prendas de abrigo. ¿Quedará alguien todavía que recuerde que cuando una chaqueta estaba guarnecida interiormente por una capa de lana, a ese forro se le llamaba “borrega”?


-Ponte la borrega —nos decían nuestras mamás en los días de mayor frío saltillero.

Supongo que todos andaríamos oliendo a chivo verriondo. Así olían también aquellas cobijas “de lana y lana” salidas de los telares del barrio —bravísimo barrio— del Águila de Oro.

Cuando compraba su frazada nueva aquel don Chalo hacía de la ocasión una solemnidad. Miraba y remiraba todas las que la tienda tenía en existencia; las pesaba y sopesaba; hacía que se las extendieran todas, y las revisaba con ojos de minucioso revisor. Ni el más grande especialista en control de calidad —esos del ISO 9000 ó 10000 ó 15000— ponen tanto cuidado en la inspección de un producto como ponía don Chalo en revisar su “frezada” antes de adquirirla.

Pero otra cosa hacía don Chalo.

(Continuará mañana).

John Dee



John Dee era dueño de la mejor biblioteca que en Europa había. Más de 10 mil libros tenía en ella, sagrados y profanos. (Solía decir que en los sagrados hallaba cosas muy profanas, y que en los profanos aprendía mucho acerca de lo que verdaderamente es sagrado).

A los 40 años de su edad John Dee conoció a una hermosa muchacha, y la desposó. Un mes tenía de casado con ella cuando lo visitó Erasmo, el cerebro más poderoso de su tiempo. Vio el de Rotterdam en la biblioteca de John Dee, y le pidió que le mostrara el libro en que había aprendido más. El filósofo llamó a su joven esposa, y dijo a Erasmo:

-Ella es mi mejor libro. Tiene la sabiduría de la mujer. Quiero decir que tiene la sabiduría de la vida. Por ella sé lo que los libros no pueden enseñar.

Erasmo oyó las palabras de John Dee, y pensó:

-He sido siempre hombre de libros. Ahora debo ser hombre de vida.

¡Hasta mañana!...

Una encuesta califica con 5.6 la labor de Agustín Carstens en Hacienda

“... Una encuesta califica con 5.6 la labor de Agustín Carstens en Hacienda...”.

Es interesante el caso,
lo digo sin retintín.
Aprobó don Agustín,
pero de puro panzazo.